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La polarización es una estrategia de movilización política que reduce a la sociedad y sus conflictos en una contienda binaria para ganar elecciones. En sociedades funcionales, se agita en campaña, enfrenta a los electores en torno a una disputa y se disipa después de cada elección, cuando gobernar obliga a incorporar los intereses de quienes perdieron. La estrategia es conocida: polarizar para ganar, pero después abrir el juego para gobernar. El problema es que en Colombia no se sigue ese ciclo.
La polarización nuestra es sostenida y, como la definen McCoy y Somer, perniciosa. La polarización perniciosa sigue un proceso establecido: arranca con la activación política basada en identidades; pasa por la construcción de bloques que agrupan demandas en un eje común; se sirve del conflicto para promover desconfianza y hostilidad; traba un contraste moral con el adversario para quitarle su legitimidad; y desemboca en el auto-reforzamiento en el que cada acción de un lado confirma los temores del otro.
El eje de división puede derivarse de referentes religiosos, étnicos, raciales, sociales, ideológicos o culturales. La polarización colombiana, en este momento de nuestra historia política, se estructura en torno a la división izquierda/derecha. Estos bloques, que se excluyen mutuamente, convierten a los dos polos en enemigos acérrimos, lo que erosiona las bases de la convivencia. Ser de izquierda o de derecha se ha vuelto una etiqueta totalizante, usada tanto por “ellos” para estigmatizar a los malos como por “nosotros” para identificar a los buenos. Los bloques no son solo manifestación de un desacuerdo ideológico intenso, sino una forma de división artificial que amenaza la democracia y reduce de manera radical la complejidad social.
Que todas nuestras diferencias se encuadren en una sola división (izquierda/derecha) es un pésimo síntoma: la simplificación anula la complejidad inherente a nuestra naturaleza humana y nuestra vida social. La polarización perniciosa es síntoma y causa de un desequilibrio profundo en la sociedad colombiana. Una dinámica destructiva que conduce a la anulación del otro y, eventualmente, a la insularidad del individuo en la sociedad.
De la polarización a la insularidad
El Edelman Trust Institute alertó que para 2026 la polarización en el mundo se incrementaba y que el resentimiento de quienes se sienten excluidos por “otros” condiciona cada vez más las respuestas sociales y políticas. El riesgo mayor –hoy un peligro manifiesto– es que los grupos tienden a la insularidad, es decir, a la renuencia en confiar en el otro si este es diferente. La insularidad aumenta las barreras sociales, alimenta el miedo y debilita las instituciones compartidas. Según el Índice de confianza presentado por Edelman, Colombia está entre las sociedades que registran mayores niveles de desconfianza, y nuestro comportamiento político confirma la consolidación de los polos y la fragmentación en la toma de decisiones, alejada cada vez más del interés público. Tendemos a prácticas cada vez más insulares.
Nuestra política es virulenta porque es simple: se basa en la oposición al otro y no por una aproximación a la complejidad social. La solución implica introducir matices, utilizar los grises para describir situaciones complejas y reconocer que nuestros problemas no tienen salidas simples. Pasa por reintroducir complejidad a la política, invalidar a los salvadores vociferantes, enriquecer el debate y reconocer que todos tenemos anclajes diversos que nos conectan con personas que no piensan igual.
Cuando se introducen otras capas a los problemas sociales, descubrimos que quienes comparten nuestra posición son mucho más diversos de lo que creíamos. En asuntos sociales pesa más la condición humana que la postura ideológica. La humanización de la política arranca por complejizar lo que los políticos han simplificado para conseguir votos.
Las élites políticas (de derecha e izquierda) se dedican a generar y sostener la polarización porque la necesitan: es su mecanismo de movilización más efectivo, basado en el miedo y el odio al enemigo. En el proceso anulan la parte más valiosa de la política: la identificación colectiva de problemas que deben importar en el manejo de lo público y la estructuración de soluciones informadas y pragmáticas. Valga aclarar que esta es una lectura general y que no todos los políticos se comportan de la misma manera.
Polarización como causa y síntoma
No hay nada malo en que exista el espectro de derecha a izquierda, podría ser muestra de profundidad y madurez política. El problema surge cuando múltiples diferencias y problemas sociales se encuadran en una sola etiqueta, haciendo desaparecer otros ejes que igualmente generan división y unión en Colombia: raza, sexo, género, edad, clase, religión o cultura.
La lógica binaria – izquierda contra derecha – anula la complejidad humana. Reconocer otros ejes, otros intereses, otras alineaciones permitiría recuperar identidades compartidas (y cruzadas), delinear escisiones diversas y transversales, y tejer una idea de sociedad que no puede simplificarse en izquierda o derecha.
Si como votantes lográramos identificar esas coincidencias con el “otro” diferente, entenderíamos que ningún campo tiene la solución mágica y exigiríamos a las élites políticas marcos de cooperación para brindar soluciones reales.
La polarización tiende a instalarse como constante porque es causa y síntoma del deterioro democrático.
Como causa, bloquea el funcionamiento institucional, reduce la cooperación y genera percepciones de enemistad difíciles de desmontar; además de la parálisis institucional, erosiona normas democráticas y da pie a soluciones autoritarias.
Como síntoma, refleja la coexistencia de visiones –aparentemente– encontradas de democracia, por ejemplo: visión liberal (frenos y contrapesos, independencia y separación de poderes, representación y procedimientos) y visión popular (mayorías, participación directa y acceso real de ciudadanos no privilegiados). El resultado es una fractura democrática y un conflicto sobre las reglas del juego. Que la polarización sea causa y síntoma produce un efecto de auto-estabilización que hace más difícil contrarrestarla.
¿Qué podemos hacer?
La solución a la polarización no es andar por el centro, sin posición. Es el respeto a la diferencia, la inclusión institucional, la moderación política que reconoce que las soluciones requieren concertación, y la recuperación de identidades complejas y diversas que promueven la integración social. Debemos construir agendas temáticas transversales sobre temas como seguridad, salud o empleo y aceptar en las que la solución no tiene color político obvio y en las que personas de izquierda y derecha sufren los problemas. El cometido es difícil y complejo: promover el pluralismo y la diferenciación, pero buscar cohesión y reconocimiento mutuo.
Nuestra crisis política se deriva, en parte, de la pobre tarea que realizan los mecanismos sociales dispuestos para mediar entre la diferencia y la unidad. Los partidos políticos y otras agremiaciones plurales que deberían articular diferencias hacen poco por respaldar la cohesión normativa, la integración social y el reconocimiento equilibrado de quién puede ser visto como contrario en un conflicto específico. En vez de procesar la diferencia y encontrar puntos de articulación desde el respeto, todo es reducido al antagonismo.
La despolarización arranca con nosotros. Debemos tomar conciencia de nuestro estado, dejar de ver el mundo en categorías dicotómicas, defender las reglas de juego, fomentar identidades múltiples, exigir moderación a las élites, demandar cooperación interpartidista y la utilización de mecanismos que obliguen a concertar para responder a los problemas complejos de nuestras comunidades, preocuparnos por el otro, y, finalmente, exigir a los gobernantes rendición de cuentas accesible y transparente.