“Que nos presenten otra selección Colombia como esta”, dice Paloma Valencia mientras señala a quienes han sido su primera línea de escuderos en los últimos meses: David Luna, Enrique Peñalosa, Mauricio Cárdenas, Aníbal Gaviria, Juan Carlos Pinzón, Juan Manuel Galán… Y cómo no, su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo.
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La candidata del Centro Democrático tiene claro su objetivo de llegar a la Presidencia, a pesar de que, como ella bien señala, las mediciones no le favorecen. “No estamos para ganar encuestas, estamos para ganar elecciones”, les dice a sus seguidores, a su equipo de campaña y al propio Oviedo, con quien traza línea de forma constante.
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Antes de iniciar su jornada, la primera preocupación de sus días está en casa: su hija Amapola, quien entre la dualidad de la victoria y la derrota, ya comprende la magnitud del camino que emprende su madre cada mañana. Ella se pregunta por el futuro y su tiempo en caso que después de las presidenciales su mamá llegue a la Casa de Nariño. Nunca hay palabras para una respuesta concreta.
El primer mensaje a leer es, por supuesto, de quien ella considera su padre, el expresidente Álvaro Uribe. No hay paso que Paloma dé sin que su mentor político esté al tanto. Tal es el punto que en su casa resalta un cuadro del exmandatario emulando al Sagrado Corazón de Jesús.
La agenda es frenética y los momentos de silencio suelen ser escasos. El celular nunca deja de sonar, aunque algunos mensajes se pueden dejar pasar. Eso sí, los de Amapola son prioritarios. Con unos asesores repasa agenda; con otros revisa prensa; otros le ayudan con su imagen. En su camioneta atiende compromisos y entrevistas; responde mensajes, vuelve a trazar línea con Uribe, y de paso, ultima detalles de los debates de cada jornada o de los discursos. Otra llamada infaltable es con Gabriel Vallejo, director del Centro Democrático; una más con su gerente María del Rosario Guerra y en su mayoría está acompañada de Ruby Chagüi, una de sus principales asesoras, y de Nicolás Umaña, otra ficha clave en su organigrama de campaña.
Todas las salidas, sin excepción, tienen detrás una carga religiosa simbólica y están encomendadas a la Virgen de Guadalupe. Antes del arranque de esos discursos frente a las masas agradece a Dios por este camino a la Presidencia y los resultados de la campaña. No se deja amilanar por las noticias y, por el contrario, siempre tiene un as bajo la manga para responder en caso que el titular sea adverso.
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Mientras se dirige a sus destinos pregunta por los asistentes, el espacio y el ambiente. No deja detalles sin verificar. Todo debe salir perfecto. Repasa una y otra vez algunas frases. Y cuando se baja de su carro, Valencia emprende la marcha en medio de un puñado de acompañantes, quienes le van marcando su ruta. El saludo nunca falta y la sonrisa nunca sobra.
La candidata disfruta del contacto con la gente. Siempre se rodea de multitudes y por eso en el último evento de campaña en el que la acompañó El Espectador ingresó por el pasillo central del Movistar Arena. Mientras la música sonaba –una base de la canción We Will Rock You de la banda británica Queen–, la candidata estrechaba las manos de sus seguidores y en algunos casos, incluso, daba varios abrazos. A la distancia extendía un saludo a las cámaras. Los segundos pasaban mientras su robusto equipo de seguridad abría el camino a una tarima al compás de vítores y tambores. De la mano tenía a su hija y a su lado, su esposo, Tomás.
A cada paso que da analiza el escenario. Mira las gradas y descifra el orden de ubicación de los grupos de asistentes. En un extremo de la Arena los simpatizantes de la denominada “derecha popular”; al otro un centenar de invitados que con sombrero dejan ver su origen llanero; al fondo un masa que resalta por su distintivo verde fosforescente y que son de los hermanos Uscátegüi (líderes políticos del Centro Democrático). Ahí mismo ubica a las familias de sus amigos. Saluda a Gloria Pachón de Galán y al expresidente César Gaviria (Partido Liberal); lanza un beso a la distancia para la familia de Cárdenas, de Pinzón y de otro Gaviria –el exgobernador de Antioquia, Aníbal–.
Una vez sube a la tarima canta “Paloma Valencia a la Presidencia”, ese jingle que ya tararea de memoria y que conoce de principio a fin. Esa rutina ya la tiene aprendida, pues es la que ha seguido durante los últimos dos meses en las plazas. Invita a los hombres a votar por ella. Convoca sectores de varios partidos, muchos de los que ya le han acompañado en esta ruta presidencial. Se limita cuando de hablar sobre el presidente Gustavo Petro se trata, pues, considera que es mejor exponer sus propuestas, aunque una que otra pulla no falta. A Iván Cepeda también le lanza e, incluso, a Abelardo de la Espriella. Este último es quien más recelo genera entre sus multitudes.
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En su discurso ha priorizado hablar de unidad. Con Juan Daniel Oviedo la línea ya es clara: ambos buscan ese confuso espectro que se denomina como centro. La seguridad democrática también ocupa un lugar en esa agenda; pero, además, habla de la mujer. Exalta el rol femenino y convoca a más de ese 51 % de la población que representan las mujeres aptas para votar, según la Registraduría, para que confíen en su proyecto político y pueda llegar a la Presidencia, aunque en las encuestas ya pierde terreno. Además, pide a los hombres que, así como encomiendan a sus hijos a una mujer, lo hagan con el país en las urnas.
Tampoco deja de lado repasar sus últimos cuatro años en el Congreso. Habla de la reforma pensional y de cómo le puso un freno en su aprobación. Habla de educación y cómo con David Luna lograron “rescatar al Icetex”. Se aferra a esos resultados y remarca que ella y su partido fueron los únicos “firmes” en la oposición al actual mandatario desde el arranque de su administración... Y bajo esa consigna reprocha a quienes “aparecieron a última hora”: un dardo directo a De la Espriella, que vivió entre Estados Unidos e Italia gran parte de este periodo.
El calor de las emociones aumenta y en sus momentos de mayor éxtasis suele emular a Uribe: micrófono en una mano –que suele cambiar de forma constante– mientras su otro brazo busca agitar a las masas. La voz también tiene una leve entonación que busca ese acento paisa del exmandatario. En todo momento mueve su pelo; largo y que por lo general está suelto.
Siempre da espacio para escuchar las ovaciones. También le da espacio a los suyos. Pide vítores para Oviedo, para Galán, para Luna y, en general, para todos los que participaron en la llamada La Gran Consulta; así haya ya una ficha menos. Habla de la victoria y de reponerse ante la adversidad y de remontar en esta ruta presidencial en el tiempo que queda de campaña…
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Y cuando entrega el micrófono, busca el puño de Oviedo, ese mismo que es uno más de los logos de su campaña y que simboliza, según sus asesores, unidad y fortaleza. Sus discursos acaban, siempre, con la frase “Soy Paloma Valencia. Quiero ser la primera mujer presidenta de Colombia”. El convencimiento de victoria es total, algunos hablan incluso de primera vuelta. Y a pesar de señalar muchas adversidades y escenarios en contra, Valencia apunta en llevar nuevamente al uribismo al poder y en marcar un hito en la política de Colombia.
Cuando finaliza la salida en público evalúa todos los escenarios. Las celebraciones son cortas. Eso sí, siempre hay un choque de puños –y algunos abrazos– con asistentes y colaboradores. El retiro triunfal es con Oviedo, su “llanta de repuesto”, como él mismo se ha catalogado. Tras bambalinas estrecha nuevamente entre sus brazos a Amapola y le sonríe. Los aplausos le acompañan y mientras se diluyen, rumbo a su camioneta, pregunta por el resultado de este evento. Hay respuestas positivas y convencimiento de victoria. Aún así, Valencia ya tiene puesto el ojo en el siguiente punto de su agenda y busca, dentro de lo posible, ser puntual.
Mientras toma rumbo a su casa, para seguir con su agenda, en la calle los asistentes aplauden. Algunos replican de nuevo la canción de la dupla Valencia-Oviedo, y otros tantos buscan algún recuerdo. Las gorras amarillas, azules, rojas, negras, rosadas y beige abundan en las multitudes; manillas de los mismos colores también pasan de mano en mano, mientras esas masas se dispersan. También se siguen repartiendo volantes, afiches y todo tipo de alusivos con los que pueda seguir masificando su propuesta.
Las reuniones no paran. Y aunque el cierre de campaña podría prestarse, en algunos casos, para dar un respiro a una semana de las urnas, asegura que “no es momento de quitar el pie del acelerador”. Ese día su siguiente parada fue la Ciudad de Panamá, en un lujoso hotel, con María Corina Machado. Valencia calificó a la líder de la oposición venezolana como una “heroína” y en respuesta le respaldó en este camino señalando que coinciden en el punto de “hacerlo por nuestros hijos para entregarles naciones en las que puedan crecer con oportunidades”.
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Estuvo acompañada de María Claudia Tarazona, viuda del asesinado Miguel Uribe Turbay, y con quien antes de la muerte del congresista existía una buena relación. Esos lazos se han fortalecido con el paso de los meses a tal punto que Tarazona prefirió apoyarla en su intención presidencial y no a Miguel Uribe Londoño, padre de su difunto esposo. Y en la foto también aparece Amapola, que nunca se le despegó.
Era un domingo familiar, aunque con la particularidad de tener que comparecer ante más de 12.000 personas. La extensa jornada sigue. En la noche hay una llamada más con Uribe y Vallejo. Se hace un balance de la jornada y hay que mirar qué pasó por otras orillas. En ese balance se lee el tablero político y se toman decisiones. Aunque se percibe positivismo en el ambiente, aún no es suficiente y se ajusta el equipo antes de ir a las urnas.
La estrategia también cambia y se deciden por sumar un nuevo rostro que marque la agenda y los pasos clave de la campaña. Danny Quirós, que asesoró a Laura Fernández, presidenta de Costa Rica, aterriza para fortalecer un camino ya labrado por Luis Duque, hasta ahora principal estratega. Ya no habrá debates, tampoco grandes eventos –que además lo impide la ley– y las salidas en medios serán limitadas. No se quieren exponer, aunque tampoco será de total hermetismo.
Al acabar con todos los eventos y citas en su mano derecha permanece un teléfono. Sigue atendiendo mensajes y, claro está, consulta la cuenta de X de Petro, pues al presidente le suele replicar de forma inmediata. Al final, no deja de ser una de las principales caras de la oposición y sus labores como senadora aún no culminan. Baja el telón de la noche proyectando, una vez más, su deseo de ser presidenta de Colombia y de marcar un antes y un después en la política nacional.
En esta última semana su meta será seguir capitalizando el “voto de opinión”, a los indecisos y por qué no, ganar más terreno en el centro, sectores con los que cree, podría dar la vuelta a los resultados de las últimas encuestas que pusieron tanto a Iván Cepeda como a Abelardo de la Espriella en esa puja final por las llaves de la Casa de Nariño.
Vea aquí la entrevista completa con la candidata:
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