“Yo soy la misma Claudia. Los importantes son los cargos y son importantes no porque tengan poder, sino porque tienen influencia, una influencia en la vida de la gente. A mí me gusta parar en las panaderías de barrio y comer y montar en bicicleta, y soy una persona común y corriente, una familia cualquiera, y así ha sido mi vida siempre”.
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Es lo que cuenta la candidata presidencial Claudia López mientras maneja la “Filomena” sobre la carrera décima en Bogotá. En El Espectador, acompañamos a la aspirante durante un día de su campaña por la capital para palpar cómo recorrió de norte a sur la ciudad que la vio nacer, crecer en la política y morir de amor.
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Claudia no necesita alarmas; dice que es madrugadora y mala para trasnochar, por eso sobre las cinco de la mañana el calor del sol la levanta. No le puede faltar un café para empezar su jornada; admite tener un rito al momento de montarlo, aunque con los años le han recomendado cambiarlo por batidos verdes que intenta consumir más.
Después de desayunar, atiende llamadas de medios regionales desde su apartamento, en el segundo piso de un edificio de los años 50, justo enfrente del Parque de los Hippies. 18 años lleva habitando su hogar; lo compró en medio de una crisis, pues su novia de aquella época la había dejado literalmente “en la calle”, un hecho que la llevó a un edificio recién remodelado en los 2000, a un precio que no pudo ignorar. A pesar de haber vivido en casi todas las localidades, López ama vivir en Chapinero, porque asegura que es un “barrio de verdad”, aun con el ruido que está presente de jueves a sábado frente a su ventana. “Yo podría ahorrar y vivir en un barrio mejor. Pero no quiero, me gusta mi barrio”, cuenta.
En su agenda normal suele haber debates, eventos académicos o encuentros con gremios en la mañana. Ese día, salió desde su casa a un recorrido de 142 calles hacia el colegio Los Nogales, donde la esperaba un debate entre candidatos presidenciales, pero que tras la cancelación de los demás asistentes se convirtió en un conversatorio en el que Claudia habló de sus orígenes frente a casi 600 estudiantes de colegios públicos y privados de Bogotá. “Yo soy hija de una maestra, es tal vez el dato más importante de cualquier biografía”; esas fueron las primeras palabras de Claudia.
López se movió entre la tarima con los cuatro estudiantes que presentaban el evento y los pasillos que rodeaban a los otros 596 que estaban sentados en el auditorio improvisado en una cancha de baloncesto. Y a través de un discurso que duró cerca de dos horas, contó cómo pasó de estudiar biología en la Universidad Distrital a ser de las pocas estudiantes de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de su clase que se movía hacia el sur desde el Externado, e incluso decirles a los estudiantes que no conocían más allá de sus aulas en la calle 202 cómo en las zonas retiradas de Colombia: “Los niños tienen que caminar por horas para llegar a su escuela, solo cuentan con un maestro, en ocasiones no tienen luz o son seducidos por los grupos armados”. En ese instante, el auditorio donde se percibían ciertos susurros o sonidos de teléfonos quedó en silencio.
Al terminar, después de un largo aplauso por parte de los estudiantes, el camino de Claudia hacia la salida se vio interrumpido por una estampida de niños que le hacían preguntas sobre la salud, el futuro de las universidades e incluso el servicio militar obligatorio. López se quedó más de 30 minutos respondiendo cada duda, aceptando cada foto e incluso firmando un par de cuadernos. Entre los grupos de estudiantes, se escuchaba cómo decían “la voy a subir a mis historias”, tras conseguir una fotografía con ella o una sonrisa casi de admiración de algo que algún día quisieran ser; otros solo se reunían y hablaban a lo lejos, con el ánimo alto, pero la pena también. La mayoría coincidían en que hablar con Claudia les emocionaba, porque era “auténtica” y no los había dejado plantados.
En medio de sus saludos, fotos y respuestas, ella le pedía a Alejandro Palacio, su secretario privado, que le compartiera un poco de agua —en el termo de un litro estampado con el logo de “Northwestern Wildcats”, el nombre del equipo de la Universidad Northwestern donde estudió su doctorado; ella dice que tiene un termo de cada universidad que ha pisado en su vida—. Alejandro la acompañó en ese cargo durante sus últimos dos años de alcaldía. Desde allí, recuerda que la Claudia alcaldesa no difiere mucho de la Claudia candidata. En cada uno de sus recorridos, según Palacio, ella decía que no podía resolver los problemas de los 8 millones de bogotanos, pero si escuchaba a 100 en un día, podía intentar resolver 100 problemas ese día. Por eso, para su equipo es normal que Claudia extienda su agenda mientras saluda a quienes buscan en ella respuestas de por qué deberían confiar en esta mujer para la Presidencia.
Después de atender hasta el último estudiante, Claudia se tomó de nuevo un gran sorbo de agua y se sentó con el equipo de El Espectador a conversar. En su mano izquierda le suenan dos manillas; la primera es un “segundo anillo de matrimonio”, una pulsera que también tiene su esposa Angélica Lozano, la cual les dio un chamán en una de las dos ceremonias que tuvieron al momento de casarse. La otra pulsera se la dio su amiga y exgerente de campaña, Nadia Rangel; según dice, es para atraer “buenas energías y espantar los malos espíritus”.
Y en la derecha tiene un reloj que le combina con su pañoleta rosada de ese día. A pesar de que este es el estilo que se le ve casi todos los días de la campaña, cuando empezó la campaña era muy distinto. Al salirse del partido Alianza Verde e iniciar la recolección de firmas de su movimiento “Imparables”, dejó atrás la camisa blanca y pañoleta que la caracterizó durante años para tener un estilo más casual, que asegura tenía más sentido al recorrer todo el país, y lo trajo de sus días estudiando en el exterior. Un hecho que su esposa adoraba, pero su equipo rechazó con vehemencia y la hizo volver a su simbólica pañoleta.
A diferencia de otros candidatos, que son escoltados por congresistas, concejales, diputados y otros políticos, a López solo la acompaña su equipo de prensa o su secretario privado, además de su esquema de seguridad. Ni su esposa Angélica Lozano, ni su tutorado Julián Sastoque o su amiga Catherine Juvinao pueden acompañarla tras la directriz de su partido. Pero, para ella, “aunque no puedan aparecer en público, ellos ahí siguen”.
Sobre el mediodía, Claudia regresa a su casa para almorzar e incluso tomar una siesta —después de que le cancelaran una entrevista— antes de empezar la segunda jornada del día. Sus tardes suelen ser de volanteos o recorridos en “Filomena” por Bogotá, una ciudad que conoce de pe a pa. Sus recorridos los hace en una van marca Suzuki de los 90’s readaptada para ser eléctrica por uno de sus mejores amigos es su acompañante en todos los eventos de la capital, que le pidió prestados unos días y terminaron siendo tres meses de campaña.
La siguiente parada en su recorrido fue la famosa Iglesia del 20 de Julio, a un par de cuadras del portal que lleva su mismo nombre y donde en un par de meses inaugurarán el TransMiCable de San Cristóbal, uno de los legados de la alcaldía de Claudia. Allí la esperaban un grupo de voluntarios pagos que repartían los volantes de la campaña para su estrategia de convencer a los indecisos charlando con ella.
Al llegar, varios miraban con asombro sin saber si era o no la candidata; de a poco las personas formaron un tumulto que la rodeaba para pedirle fotos y contarle sus problemas. Entre los que abrazaban y conversaban con la candidata, la prioridad no eran sus visiones de país como en la mañana; en el sur, el tema era el problema de cada uno de sus habitantes y la ruta en que Claudia podría ayudarles a solucionarlos, no solo como presidenta, sino también como candidata.
Margot Hernández vino junto a su hermana y su hija al evento. Le emociona que Claudia pueda ser la primera mujer presidenta y cree que va a llegar a organizar la salud y la vivienda. Además, la describe como alguien sincera, “porque cuando ella estuvo en la alcaldía cumplió, es firme y echada pa’lante”. Margot ronda los setenta años; acompaña a Claudia desde que era alcaldesa de la ciudad; de hecho, le prestó la fachada de su casa para poner una gran pancarta sobre la primera de mayo.
Carlos Morales tiene 42 años; también va a votar por López porque dice que le “encantan sus propuestas para transformar a Colombia”. Siente en Claudia una persona fuerte, sincera y que le genera mucha confianza. Como Margot y Carlos, fueron decenas de personas las que se acercaron a conversar con la candidata. De hecho, un habitante de calle y reciclador, del que no conocimos su nombre, estuvo presente en todo el evento, mirando a lo lejos hasta que decidió acercarse a darle las gracias, pues dice que ella lo “ayudó mucho durante su alcaldía”. Varios comerciantes que se arrimaron a saludarla y recordaron que López visitaba el sector durante su administración.
A pesar de estos tumultos, algunos que pasaban alrededor decían que preferían alejarse, pues estaban con otro candidato o indecisos, pero no quisieron visitar la mesita donde la candidata intentaba terminar la indecisión de algunos votantes.
Después de dos horas de volanteo, Claudia luce igual que a las nueve de la mañana, con la misma energía, la misma sonrisa y las mismas ganas de seguir caminando, e invitó a los simpatizantes que quedaban a una panadería dos cuadras abajo. En ese momento caminó rápido hacia el lugar, con veinte personas detrás de ella, y al cruzar las calles, los taxistas le pitaban y le levantaban el pulgar en señal de apoyo; algunos comerciantes del sector la paraban para saludarla y retrasaron su camino a la panadería un par de minutos.
En un local de menos de 75 metros cuadrados, su equipo y simpatizantes que no sumaban las empezaron a llenar las cuatro sillas de cada mesa de la panadería. Mientras los meseros repartían en cada mesa cuatro roscones de bocadillo y cuatro cafés con azúcar a un lado, Claudia al fondo conversaba con algunos ciudadanos a fondo y hablaban de visitar más localidades. Al preguntarle si tendrían un cierre de campaña ese fin de semana —al igual que las demás campañas—, ella solo respondió “aquí no hay cierres, seguimos hasta el final”. De hecho, los días siguientes los pasó recorriendo otras localidades como Encativá junto a su mamá, María del Carmen Hernández.
El final de la noche lo marcó “Filomena”. El paso hacia la van lo marcó Claudia, que puso a correr a sus escoltas, pues llegaba tarde a un live que hace todos los miércoles en la noche en sus redes sociales. Al montarse a la pequeña van de color morado con su cara y la de su vice Leonardo en el vidrio panorámico; un señor junto a su esposa la abordaron para conversar sobre la elección y ella intentaba convencerlos de que “en primera uno vota por el que le gusta y en segunda por el que le toca”.
Al arrancar, el trancón del portal del 20 de Julio atrapa a la camioneta; sin embargo, la conductora elegida demuestra cómo conoce la ciudad y toma un atajo para llegar a la carrera décima, por encima de lo que dice el Waze. En los semáforos de la vía, varias personas pasan y se sorprenden; a su vez, algunos tienen cara de preguntarse si es o no es Claudia López la que conduce. Algunos lo descifran y la saludan desde sus carros o motos; incluso un conductor de TransMilenio le pita y todos los usuarios miran con cara de asombro a la van.
Claudia se fija demasiado en los detalles. Cuando una persona le limpia el parabrisas, López le detalla que si lo va a limpiar, lo haga bien, pues algunas de las esquinas habían quedado con jabón y le imposibilitaban ver; el señor lo hace y ella le entrega COP 2.000. Dice que andar en “Filomena” es caro, no por la gasolina, sino porque siempre debe andar con efectivo y ya se acostumbró a pagar todo con transferencias o sus tarjetas.
En el camino, se sincera, cree que lo más importante en una campaña es el trato con la ciudadanía, porque asegura que la “gente así como agradece la cercanía, el buen trato, la resiente un montón cualquier maltrato”, que puede ser desde ignorar a alguien o no saludarlos bien, desde ella hasta alguien de su equipo. En los 40 minutos en que se dirige a su apartamento en Hippies, aprovecha para contar cómo conoció a Leonardo Huerta el año pasado y lo convirtió en su fórmula vicepresidencial. “Esto no es un matrimonio arreglado como el de Paloma y Oviedo, ni por conveniencia. Entonces, la cosa realmente fluye”, comenta.
Habla mucho de Angélica y cada vez que menciona su nombre, una sonrisa asoma a su boca. Asegura que “todos los días está más enamorada” de ella y que, a pesar de que no sabe dónde estará en 15 años, lo único que tiene claro es que estarán juntas.
“Angélica es lo mejor del mundo y ella es super generosa. Ella me dice: ‘Yo soy tu sistema de cuidado personal’. Y es así. Está pendiente de todo, de que me haya tomado los remedios, las vitaminas, de que sí coma a tiempo, de que no la embarre... Está pendiente con todo el mundo en la campaña, que todo el mundo esté bien, que esté tranquilo. Ella es increíble, realmente es una compañera de vida muy generosa, muy bella y esto le gusta y sabe. Entonces, además da consejos muy pertinentes”, así describe la candidata a su esposa con la que lleva 12 años.
A pesar de estar 10 horas moviéndose por la ciudad, se le nota enérgica y siempre sonriendo; asegura que cuenta con buena salud y que no se siente cansada. Recuerda que la única vez que se enfermó durante la campaña fue tras conocer los resultados del ocho de marzo, donde incluso se quedó sin voz y tuvo que descansar un par de días. En estas mismas semanas vivió una de sus mayores tusas, pues su esposa no logró un cuarto periodo en el Senado, un hecho que asegura le dio más duro que a la misma Angélica.
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Se nota que Claudia disfruta la campaña; se divierte en cada uno de los destinos que visita, donde la agenda es la misma, sea en “Filomena” en Bogotá, caminando el centro de Risaralda con Leonardo o nadando en el río Orinoco. De hecho, es la segunda candidata que más recorrió ciudades en los primeros tres meses de campaña, y en busca de sus firmas, después de cinco años sin salir mucho de la capital del país, se embarcó en un viaje por los 32 departamentos.
Sus noches las pasa reunida con su equipo o haciendo contenido para las redes sociales, por eso el regreso a su casa se quedó corto para que nos cuente todas las historias de campaña que le impactaron, los lugares que conoció, pero sí nos dice que recorrer las calles de cada ciudad del país le “enseña un montón, porque la sabiduría de la gente es muy peculiar”.
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