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William Ospina a candidatos: “Ábranle camino a propuestas de futuro, no a sus venganzas”

En esta entrevista el escritor analiza el estado de tensión y odio que reina en el país antes de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Hace un llamado a los candidatos Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda a no “vender miedo”, sino propuestas de cambio reales, y a los colombianos a participar con respeto.

Nelson Fredy Padilla

07 de junio de 2026 - 10:00 a. m.
William Ospina les pide a De la Espriella y Cepeda: “A los dos candidatos les toca volverse estadistas, aunque no lo sean, y la verdad es que no tenemos en estos momentos otra opción”.
Foto: Nicolás Achury González
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Acaban de reeditar, 30 años después, el libro “¿Dónde está la franja amarilla?” (Penguin), que fue su primer gran análisis sobre Colombia a partir de la responsabilidad de los partidos políticos. ¿Cómo analiza la situación hoy, en medio de tanta tensión, camino a elegir nuevo presidente en segunda vuelta?

Aunque aparentemente el bipartidismo desapareció, las costumbres del bipartidismo no han desaparecido. La principal de las cuales es la confrontación continua, la tendencia a hacernos creer a todos que aquí medio país tiene que odiar siempre al otro medio. Esa fue la peor lección que nos dieron los liberales y los conservadores y todavía no hemos podido escapar a ella. Mi ensayo era un esfuerzo por proponer la inclusión de la sociedad que nunca participó en el diseño del país para que entrara a ser protagonista de una nueva época de muchas transformaciones. (Vea la entrevista al columnista Ramiro Bejarano sobre De la Espriella y Cepeda).

¿El país cambió en tres décadas en favor de esa inclusión o no mucho?

Se prometen muchos cambios, pero en realidad se hacen pocos porque estamos todavía presos de lo peor que nos heredaron los liberales y los conservadores, que en la política es la mediocridad. Este es un país muy atrasado, muy mediocremente manejado y tendría que convertirse en un país de verdaderamente próspero. Pero la pelea entre los políticos no nos deja.

Ahora es un país fracturado por los seguidores de Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. ¿Seguimos igual o peor?

Me parece que aquí hay dos países que no encarnan, como pretenden los políticos, el bien y el mal, sino que aquí hay un país que en la mayor parte necesita dignidad y hay otro país que necesita prosperidad, que tiene adquirida una presencia, pero necesita prosperidad en un país que no tiene una economía legal grande, que no aprovecha sus recursos verdaderamente, donde el Estado verdaderamente no dignifica a la población y donde la política se dedica a confrontar. Y mientras sigamos creyendo que somos dos países en el sentido de que un país es enemigo del otro, no podremos superar esto. Les digo a los candidatos que están disputándose el favor de la ciudadanía que un verdadero estadista es el que sea capaz de interpretar a esos dos países y darle oportunidades de progreso a toda la sociedad que anhela vías de doble calzada, puertos, ferrocarriles. ¿Por qué insisten tanto en el odio cuando hay tantas cosas creativas para hacerse?

Usted publicó otro gran ensayo sobre Colombia, “Pa que se acabe la vaina” (Planeta, 2013), que es también una condensación de la historia política, de las violencias que nos han atravesado y de por qué no encontramos la paz. ¿Sigue vigente esa frustración?

Y publiqué hace un año un libro que se llama “No llegó el cambio y hacia atrás asustan” (Random House) en donde hago un balance semana a semana, a partir de columnas que publiqué en El Espectador, de cómo ha sido el gobierno de Gustavo Petro, de sus buenas intenciones, pero de la incapacidad de articular un proyecto de cambio como el que la ciudadanía estaba esperando hace cuatro años y que sigue esperando, porque no podemos hacer aquí lo que yo llamaría un socialismo limosnero; una solución que es repartir sin producir, endeudarnos para repartirle a la gente. Los ciudadanos necesitan plata en el bolsillo, pero el país tiene que producir lo suficiente para que se puedan mantener esos programas de asistencia, esas matrículas cero en las universidades, cosas que son todas necesarias pero que tienen que ser sostenibles, si no es una irresponsabilidad. El país está en condiciones de emprender una gran transformación histórica, de industrialización, de agroindustria, de productividad en todos los órdenes, pero no se puede hacer mientras sigamos pensando que el capitalismo es una maldición, que los empresarios son los demonios, porque eso es un contrasentido. La construcción de esa economía formal en grande sería preferible que la hiciera alguien con sensibilidad social, no alguien que quiera solamente ganancias.

Ha criticado a Petro, aunque también le ha reconocido avances en incluir a los marginados.

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A mí eso me parece fundamental. Es que lo que hay que entender es que los dos países no son incompatibles; un país que necesita asistencia y un país que necesita negocios, entrar en contacto de verdad con el mundo. Solo un verdadero estadista es capaz de darle soluciones a esos dos países simultáneamente y no poner a medio país a pelear con el otro.

¿Alguno de los dos candidatos tiene perfil de estadista?

Bueno, a veces les toca volverse estadistas, aunque no lo sean, y la verdad es que no tenemos en estos momentos otra opción. Hay que pedirles a esos candidatos que sean capaces de interpretar este gran país en vez de insistir tanto en una polarización retórica enfermiza, que en un país frágil psicológicamente como el nuestro, puede dar comienzo a una cadena de violencias como las que ya hemos vivido en otros tiempos. Ser líder, sobre todo aquí, exige ser responsable y la primera responsabilidad es manejar un lenguaje incluyente, que le hable a todo el mundo y que no le hable solamente a un bando faccioso que quiere acabar con el otro. Ya Colombia debería estar cansada de eso. Eso dependerá del discurso de estos candidatos y de su capacidad de corregir para proponer cosas en las que el país entero se sienta interpretado y convocado, porque si siguen hablándole a sectas y si después siguen gobernando solamente para su bando y a los otros tratándolos como unos enemigos, no serán verdaderamente demócratas.

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“La política debe dejar de ser esa piedra candente que nos arrojamos los unos a los otros”, es el mensaje de William Ospina a los colombianos.
Foto: Nicolás Achury González

Dijo sensibilidad. ¿Cómo encontrarla? Porque uno ve al candidato del Gobierno intentando sostener ese poder por encima de todo y del otro lado la agresividad de un candidato diciendo que va a destripar a los de la izquierda y que si no gana por la razón lo hará por la fuerza.

La agresividad es de ambos bandos y se debe a la falta de grandeza para interpretar el país. Tenemos que dejar de cobrar deudas viejas, odios fríos como los llamaba Gonzalo España. La verdad es que aquí acabamos de pasar por una guerra en la que se cometieron atrocidades. En la guerra de independencia un día Bolívar fusiló a 800 españoles. Pero si pasamos solamente la lista de las atrocidades que se cometieron, si no se ve que cada líder político representa también la voluntad y las esperanzas de avanzar, lo único que hacemos es eternizar una discordia no solo dañina para nuestro presente, sino que malogra el nuestro futuro. Ya es hora de que nos hablen del futuro un poco más y menos del pasado. Y ya es hora de que se hable más de las fuerzas que tenemos para el presente. Colombia en 2026 no tiene una vía completa de doble calzada entre las dos principales ciudades. Eso muestra una mediocridad infinita en un país que necesita vías, puertos, trenes de alta velocidad, agroindustria, industria, y que necesita hacer todo eso con sensibilidad social y con sensibilidad por la naturaleza, porque no se trata de depredar y de arrasar con todo.

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Los electores también deben participar exigiendo esas soluciones, no atizando el fuego.

La gente y los políticos no se pueden dedicar solamente a pelear entre ellos. Eso es vergonzoso, indigno e irrespetuoso. La gente debería no solamente debería entusiasmarse con lo que representan, sino exigirles que sean un poquito grandes en sus aspiraciones, en sus propuestas, que sean generosos, que no estén dispuestos a sacrificar otra generación por sus apetitos y que entiendan que hay que corregir los errores. Hay quienes hablan de que el Estado tiene que imponer todo el peso de la ley y la gente sobre la que más cae el peso de la ley es la que nunca fue protegida por la ley. Entonces hay que ver cómo ha sido la historia y al Estado también hay que corregirlo, así como la manera de hacer política. Antes es gracia que aquí no estemos a merced del caos. Dejen de pelear tanto y propongan cosas que verdaderamente nos engrandezcan a todos.

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¿Qué es lo que debemos haber aprendido de las épocas de Gaitán y de Laureano para pasar la página?

La principal causa de la violencia colombiana ha sido la falta de una economía en grande. Tenemos que dejar de agachar la cabeza y de ser solamente humildes y sumisos tributarios del gran mercado mundial. Tenemos que tener grandeza y una capacidad nueva para asumir un momento histórico en que el poderío de los Estados Unidos vacila y crece el poder de los de los países asiáticos. Y crear una industria en grande es no estar a merced de las economías ilegales; campesinos a merced de la coca, las clases medias a merced del emprendimiento ilegal y los jóvenes a merced del sicariato y del microtráfico.

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A propósito de Estados Unidos, parecemos seguir a merced de lo que diga Washington, que ya escogió como candidato a De la Espriella.

De todas maneras, los EE. UU. respetan a los países que tienen autonomía, que tienen grandeza y que no se le enfrentan de una manera gratuita e infantil. Porque es que uno tiene que saber qué fuerza tiene antes de empezar a pelear con el dragón.

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¿Qué opina de que en la campaña de De la Espriella esté el nieto de Laureano Gómez, Enrique Gómez? ¿Eso dice algo de nuestra historia?

En toda política hay nietos de todo el mundo. Tienen derecho a participar en la política. Los nietos de Marco Fidel Suárez, los nietos de Guillermo León Valencia, los nietos de los viejos dirigentes comunistas. El problema no es quién. El problema es qué es lo que propone. Si aquí llega alguien que es hijo de la familia más aristocrática de Colombia, pero propone las soluciones que el país verdaderamente requiere y no viene a agravar una situación, nadie tiene derecho a decirle que no lo haga.

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¿Qué opina de quienes ven en De la Espriella el retorno a los peores tiempos de la mafia y del paramilitarismo?

Aquí todo es posible. Lo que pasa es que tratan de mostrarnos al país como un par de bandos satánicos. Alguien podrá intentar resumir el país diciendo que esta es la perpetuación de la lucha entre las guerrillas y los paramilitares y que la ciudadanía está apoyando la mitad a unos y la otra mitad a otros. ¿No puede estar solamente la voluntad de unas guerrillas, de unos paramilitares o de unas viejas élites que también eran mafiosas a su manera? Necesitamos una actitud distinta. Hay gente que tiene un pasado turbio, que estuvo vinculada a la guerra en un bando o en el otro, pero debe tener posibilidad de participar en democracia y corregir las cosas.

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¿Para eso hay que seguir con los procesos de paz? Ya se cumplen diez años de la desmovilización de las Farc.

Aquí se hizo un proceso de paz que pretendía no ser una operación de tierra arrasada contra el adversario, sino de convertir al adversario en un socio para la transformación del país. Tal vez ese fue un gran error del proceso de paz. Que no se propuso tanto convertir a las guerrillas en socios de un proyecto de transformación del país, sino desmovilizar y dejarlas desamparadas a su suerte. Eso no es una paz verdadera y ahora se instrumentaliza para volverse herramienta de un bando político contra otro.

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Tuvimos Comisión de la Verdad, tenemos justicia transicional. ¿Qué más se puede hacer apara que esa paz sea más amplia?

No creo en la paz de acuerdos con guerreros. La única paz verdadera hay que hacerla con la ciudadanía. Hacer la paz por allá y después venir a ofrecerla a la sociedad es un error. La paz se construye con la gente. Quienes tienen que ser los verdaderos protagonistas de la paz son los ciudadanos pacíficos que quieren trabajar, que quieren sostener a sus familias. Y aquí casi siempre solo se le brindan oportunidades a los que tuvieron un arma en la mano. Esas negociaciones ya pasaron de moda. La única manera de construir una paz verdadera es construir una economía de la que todo el mundo participe. Algo semejante a lo que hizo Franklin Delano Roosevelt en EE. UU. a partir de 1933.

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"Más importante que el triunfo de un bando o del otro es que podamos ser amigos todos. Y eso no significa pensar igual, sino convivir en nuestras diferencias", opina William Ospina.
Foto: Nicolás Achury González

¿Para usted la “paz total” de este gobierno es un fracaso?

La llamaría el intento de alcanzar la paz mediante una negociación, ya no con guerrillas con causa política, sino con negociantes. Y creo que una paz con delincuentes es imposible por el camino de la negociación. Cuando hay un gran negocio, como el negocio de la droga, un jefe depone las armas e inmediatamente llega otro a gerenciar la empresa. Es una ingenuidad pensar que uno puede negociar con bandas criminales. Hay que construir una economía fuerte que convierta esas economías ilegales en cosas marginales y no en fenómenos centrales. La falta de una economía fuerte hace que Colombia esté viviendo, en parte, del contrabando, del narcotráfico, de la delincuencia.

El candidato Cepeda dice que continuará con la “paz total” y sus detractores dicen por ese camino vamos a ser otra Venezuela. ¿Qué opina?

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No le aconsejaría seguir con el proyecto de paz total como una mera negociación con élites guerreras de cualquier clase. La única manera de hacer la paz verdadera es hacer transformaciones históricas, las que prometió Petro y todavía no ha cumplido. Se necesita un líder que emprenda una transformación económica del país, pero en grande, no se trata de remiendos a la vieja red ferroviaria oxidada; es crear una red de ferrocarriles modernos y aquí hay con qué hacerlos. Es increíble que cuando aquí se habla de trenes se habla de algo que fue posible hace un siglo y que hoy nos dicen los políticos que no son capaces de hacer. Yo he hablado con Jorge Iván González, que fue director del Departamento Nacional de Planeación y que con su equipo diseñó un plan de desarrollo que a mí me parece muy valioso y al que el presidente Petro desdeñó de una manera irresponsable e irrespetuosa. Uno no puede convertir el cambio solamente en un eslogan, en un estribillo de los discursos, gobernando en pequeño y a la defensiva, enfrentándose con unos y con otros, descalificando al empresariado. Colombia necesita ese cambio que tiene que tener componentes reales de grandeza.

Pero más que grandeza, la prioridad parece ser el odio. ¿Ve riesgo de otra guerra civil en Colombia?

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Siempre, porque Colombia fue un país educado en las guerras civiles del siglo XIX, que culminaron con la Guerra de los Mil Días y la muerte del 5% de la población colombiana de su tiempo, porque después las violencias continuaron a lo largo del siglo XX y fueron los políticos los que atizaron esa hoguera hasta hoy. Hace falta un cambio de mentalidad en grande y lo que más atenta contra ese cambio de mentalidad es ese discurso faccioso y pequeñito del odio. Hay que odiar a alguien y hay que echarle la culpa a ese alguien de todo lo que pasa.

Aparte de pedirles responsabilidad a los políticos, ¿cuál es su convocatoria a los colombianos?

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Que la idea de que medio país tiene que odiar al otro medio es absurda. Que las transformaciones que hay que hacer en Colombia requieren de la participación de todo el mundo. Medio país contra medio país es el peor escenario, es un escenario de tristeza, de sufrimiento para mucha gente. Y a nuestros líderes les insisto: tengan la grandeza de interpretar al país entero y de dejar de segmentarlo, ábranle camino a sus propuestas de futuro y no a sus venganzas.

¿Cómo llevar a las Colombias, la del centro y la de la periferia, a que se respeten y piensen en el bien común?

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Cada colombiano tiene que aprender a ver en el otro a un aliado posible y no a un enemigo eterno. ¿Cómo es posible que aquí no se hablen por tener opiniones políticas distintas? ¿Como es posible que solo les guste hablar con los que piensan igual a ellos? No solo se puede hablar con el espejo. Colombia tiene que ser capaz de dialogar, de conversar alegremente. También es necesario que la política deje de ser esa piedra candente que nos arrojamos los unos a los otros y sea un esfuerzo de convivencia y de respeto. Si los candidatos nos vendieran menos miedo y más alegría, tal vez votaríamos con más entusiasmo. Más importante que el triunfo de un bando o del otro es que podamos ser amigos todos. Y eso no significa pensar igual, sino convivir en nuestras diferencias.

En las elecciones presidenciales pasadas a usted lo criticaron mucho por haber escogido a Rodolfo Hernández.

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Yo no pertenezco a ningún bando. En cada caso pienso, dudo, opino. Borges decía que la duda es una de las formas de la inteligencia. Hay gente que ya pertenece a este bando, como las barras bravas, y entonces, juegue bien o mal, yo estoy con ellos. Un buen escritor tiene el deber de tener un criterio propio, de equivocarse y no equivocarse porque el rebaño se lo ordenó. Yo creí en las propuestas de cambio que hizo Petro y en las que hizo Rodolfo, y pensé que a Rodolfo le iba a ser más fácil hacer esos cambios.

¿Cepeda puede hacer los cambios que siguen pendientes?

Me parece que el candidato Cepeda no está hablando de cambios, está hablando más de continuidad. Corremos el riesgo de que se vuelva un mero continuista de un proceso que no ha sido verdaderamente exitoso, que ha sido esforzado y que ha tenido buenas intenciones, pero que no ha podido quitar los diques que impiden que el país progrese en grande.

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¿Está más cerca de la propuesta de De la Espriella?

No, para nada. Yo no estoy tomando partido en este momento. Siento que con el discurso de ambos no hay futuro para Colombia, pero creo que aquí es posible formular un discurso que no sacrifique el desarrollo, la prosperidad, la transformación histórica. Los candidatos deben corregir muchas cosas. Voy a estar atento a cómo actúan y, si siguen atizando el fuego de la discordia, me parece que estarán haciendo el peor de los papeles: satisfaciendo sus egos, pero no ayudándole al país.

Ayudarle también a medio país de víctimas de la violencia. William Ospina y su familia son desplazados por la violencia hacia Cali.

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Aquí todo el mundo de alguna manera es víctima de la violencia por una razón o por otra, pero yo creo que no debemos eternizar la condición de víctimas. Ese también es un error. Hay que convertir a las personas no en víctimas eternas, necesitadas de asistencia, sino abrir oportunidades para que todo el mundo se vuelva protagonista de una historia nueva que ya no victimice a la gente.

Me gustó su último poemario titulado “Canción para los peces de la Luna”. Hay un verso que traigo a esta charla: “¿Qué puerta abrir para pasar el miedo?”.

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Solo lo formulé como pregunta. Pero si ahora nos vendieran menos miedo y más alegría, tal vez votaríamos con más entusiasmo.

Aludiendo a otro de sus libros, ¿no es tarde para el hombre colombiano?

El ser humano está en peligro en todas partes, pero tiene que ser él quien encuentre la solución y el camino. A mí me gustan mucho los versos del poeta Hölderlin que dicen: “donde hay peligro / crece lo que nos salva”.

Por Nelson Fredy Padilla

Periodista desde 1989, magíster en escrituras creativas, autor de cinco libros, catedrático de periodismo y literatura desde 1995, y profesor de la maestría de escrituras creativas de la Universidad Nacional, del Instituto de Prensa de la SIP y de la Escuela Global de Dejusticia.@NelsonFredyPadinpadilla@elespectador.com
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