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En tiempos de ruina moral, ¿para qué la memoria?

La energía memorística, aunque corrige algunos olvidos y exclusiones, resulta insuficiente para cultivar una ciudadanía realmente comprometida con la defensa de los DD. HH., el DIH y la no repetición. En este texto, una aproximación a lo que puede hacer falta.

María Emma Wills Obregón, especial para El Espectador

08 de abril de 2026 - 06:44 p. m.
Imágenes de personas desaparecidas durante la dictadura, en el Museo de la Memoria de Chile. . EFE/ Elvis González
Foto: EFE - ELVIS GONZÁLEZ
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Para quienes creemos que los Derechos Humanos (DD. HH.) y el Derecho Internacional Humanitario (DIH) condensan el esfuerzo de muchas generaciones para poner en cintura el poder y evitar abusos y arbitrariedades, estos tiempos recientes son de duelo. En diferentes rincones del mundo, distintos gobiernos violan los derechos de sus ciudadanos y emprenden en el plano internacional acciones que contravienen de manera flagrante el DIH.

En medio de ese duelo, nace la pregunta: ¿de qué ha servido hacer memoria de las atrocidades pasadas si en estos tiempos ellas se repiten sin ningún pudor y a ojos vista del mundo? Y peor aún: ¿de qué sirve trabajar por la memoria cuando quienes sobrevivieron a políticas de exterminio durante el Holocausto hoy aplican estrategias similares a las que ellos mismos padecieron y cometen —sin remordimiento— lo que la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre los Territorios Palestinos Ocupados en septiembre de 2025 declaró un genocidio?

La era de las víctimas

Desde hace ya unas décadas, organizaciones sociales emprenden, deliberada y conscientemente, trabajos de memoria que otorgan un papel central al testimonio de las víctimas. Este giro busca retar los olvidos y censuras que hacen parte de una historia santificada en museos y textos escolares orientada a inculcar historias patrias intachables.

En esas versiones higienizadas, las atrocidades cometidas en el proceso de formación de los Estado-nación modernos se borran. Por ejemplo, se hace caso omiso del arrasamiento de los pueblos originarios o de la esclavización de personas secuestradas en otros continentes.

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Los trabajos de la memoria se despliegan para impugnar esas omisiones y la construcción inmaculada del pasado. La incorporación de otras voces viene de la mano del reconocimiento de archivos y fuentes antes descartados: cartas abandonadas al fondo de un baúl, retratos borrosos que guardan un dolor, relatos orales resguardados de generación en generación, y otras prácticas culturales antes descreídas como fuentes.

En algunos casos, bajo la presión de los reclamos sociales, los Estados modifican sus políticas de memoria para incorporar lo que se había mantenido oculto e impulsan narrativas más incluyentes y complejas.

Sin embargo, esta energía memorística, aunque corrige algunos olvidos y exclusiones, resulta insuficiente para cultivar una ciudadanía realmente comprometida con la defensa de los DD. HH., el DIH y la no repetición.

La no repetición: más que un ejercicio de empatía

Los trabajos de memoria centrados en visibilizar los sufrimientos antes negados y brindar un lugar de honor a las luchas emprendidas por las víctimas, se enfrentan al menos a dos barreras que impiden su traducción en un compromiso firme con la tramitación de los conflictos en un marco de respeto de los DD. HH. y el DIH.

La primera tiene que ver con que, en diversos estudios sobre representaciones de la memoria, se ha encontrado que quienes escuchan los testimonios de las víctimas tienden a identificarse con los sufrimientos de grupos con los que guardan semejanzas: si soy una persona politizada, me conmueven sobre todo quienes adhieren a mi postura ideológica; si soy LGBTIQ+, me desgarra la suerte de quienes comparten mi orientación sexual o identidad de género; si provengo de la clase trabajadora, me indigno ante la persecución de mis compañeros; si soy afrodescendiente, sufro por y con quienes fueron sometidos a la esclavización. Pero el destino de las personas disímiles me deja indiferente.

Por eso, las solidaridades desatadas por los testimonios de personas o grupos con quienes nos identificamos por similitud refuerzan un “espíritu de cuerpo” y vienen acompañados en muchos casos del sentimiento de que ese sufrimiento que me conduele es irrepetible e incomparable, y me hace portador de la peor vejación y crimen jamás cometidos (como ocurre por ejemplo con las políticas de memoria que impulsa el Estado de Israel). Está lejos de provocar empatías cruzadas, ésas que emergen cuando el sufrimiento de personas con quienes no comparto características, me conmueve; esas mismas que sí brindan un piso firme para que prospere un compromiso sin excepciones con los DD.HH. y el DIH al reconocer la dignidad y humanidad de los distintos y de quienes se encuentran en orillas opuestas.

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A la limitación de las empatías unilaterales, se suma otra: la memoria permite comprender la singularidad del sufrimiento de cada grupo, pero no los engranajes que hicieron posibles esas atrocidades: Puedo conmoverme con la suerte de quienes fueron sometidos a la trata esclavista, o de quienes murieron o sobrevivieron a los campos de exterminio nazi pero cada una de esas conmociones emocionales, por separado, difícilmente me permite comprender las circunstancias que permitieron que semejantes atrocidades ocurrieran. Gracias a cada testimonio, lloro, me indigno y me solidarizo con las víctimas pero soy incapaz de identificar los engranajes que llevaron a la ocurrencia de estos oprobios. Y si no puedo identificar los engranajes, difícilmente puedo oponerme a ellos y resistir a sus protagonistas antes de que adquieran momentum y acumulen el poder necesario para imponerse.

Por eso, el “nunca más” o la no repetición, lo queramos o no, depende de la posibilidad de cultivar empatías cruzadas hacia víctimas de distintas condiciones, así como de una comprensión lúcida de los engranajes que hicieron posible la comisión de las atrocidades.

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Los engranajes culturales: los estereotipos como preludio de las violaciones masivas

Los engranajes son mecanismos que, una vez se ponen en movimiento, se refuerzan mutuamente y adquieren su propia tracción. Se identifican no caso por caso, sino mediante la comparación y la búsqueda de “parecidos de familia” entre procesos que desembocan en situaciones similares, sean ellos genocidios, politicidios, masacres reiteradas o regímenes de corte autoritario o abiertamente fascista. Suelen combinar dimensiones culturales, sociales, económicas y políticas.

En este texto me interesa subrayar las culturales, en particular las que hacen referencia a los discursos. Distintas investigaciones históricas señalan por ejemplo el papel crucial que han jugado las palabras en eventos trágicos, en particular las que asignan ciertos atributos a los actores en conflicto. Por ejemplo, desde el poder nazi, se llamó “parásitos” a los judíos y se preparó así el terreno para la “solución final”; en Ruanda, a los tutsis se les asimiló a “cucarachas” antes del genocidio; en las dictaduras, tan obsesionadas con la limpieza y el cuerpo social sano, se tildó a los comunistas de “cáncer” que carcome a la nación; en Israel, el gobierno de Netanyahu se refiere a los palestinos como “bestias salvajes” y en EE. UU., Trump acusa a todos los inmigrantes de ser violadores y llevar “genes malos” a su país.

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En cada uno de estos casos, los círculos de poder, con los micrófonos a su disposición, se encargan de poner a circular las etiquetas vejatorias, que luego replican los medios y se cuelan en el lenguaje de la vida cotidiana para terminar configurando un sentido común que todo lo justifica. Ese lenguaje incorporado en la vida cotidiana se transforma entonces en emociones como el odio, el desprecio o el miedo agudo, y autoriza el trato indigno de esos “otros” vistos como no humanos.

Resistir al engranaje

El lenguaje nos arrastra sin que nos percatemos.

Hoy, en un ambiente de guerras internacionales y polarizaciones tóxicas, nos deslizamos con una facilidad impresionante hacia esos lenguajes y hablamos en términos generalizantes y estereotípicos. Estados Unidos por ejemplo se condensa en la representación de una nación imperialista, racista y codiciosa, como sin lugar a dudas lo es Trump, su entorno y algunos de los sectores que lo apoyan. Pero esta representación olvida que el actual presidente obtuvo el 49,8 % de los votos y su contendiente alcanzó el 48,3 %, y que no pocos estadounidenses toman las calles para protestar contra el presidente y sus escuadrones armados antimigratorios. O Israel se transforma en un pueblo homogéneo y compacto olvidando la oposición de judíos, incluidos rabinos, a las políticas sionistas y coloniales del Estado y del gobierno de Netanyahu. O Irán, un país de 90 millones de personas constituido por distintas etnias y religiones, termina reducido a ser la nación de los ayatolás, borrando el esfuerzo valiente de tantas personas que han salido a las calles para protestar contra el régimen. Aquí en Colombia, algunos candidatos atizan los odios y, a través del lenguaje que usan para referirse a sus opositores, reviven un conflicto armado que queremos superar.

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Las grandes tragedias se repiten, las nuestras y las de otros, y se repiten porque no somos capaces de identificar el veneno oculto en los discursos y las similitudes existentes entre distintos procesos. La memoria, imprescindible pero insuficiente, necesita, para alcanzar toda su potencia, cultivar las empatías cruzadas que nos permiten sentirnos parte de una comunidad humana que no admite excepciones. Debe además acompañarse de un esfuerzo de reflexión pública sobre las condiciones históricas que llevan a la ocurrencia de crímenes que hasta hace poco repugnaban a una consciencia humanitaria que ahora, desafortunadamente, se encuentra bajo fuego.

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Por María Emma Wills Obregón, especial para El Espectador

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