Una de las tantas frases de consuelo que tuvo que soportar Gustavo Larrea en noviembre pasado, cuando el presidente Rafael Correa lo destituyó como ministro del Interior, fue que el “sistema Correa no perdona”. Él no respondió. Simplemente, miró hacia adelante. Sabía desde mucho tiempo atrás, años, que su amigo y copartidario no tomaba decisiones por amiguismos y que era radical, tajante. “Jamás le ha tumbado el pulso en público”, solía comentar Larrea, sobre todo en diciembre de 2006, cuando el mandatario de los ecuatorianos degradó a su ministra de Relaciones Exteriores, Lorena Escudero.
Dos meses después de que lo hubieran removido de su cargo, Larrea volvió al gobierno de Correa como ministro coordinador de Seguridad Interna y Externa, es decir, sería el encargado de concertar las políticas y las acciones de seguridad del Estado. Dicen que desde su pública humillación anduvo conspirando, buscando adeptos, y como aseguró el ex presidente Lucio Gutiérrez, “comprando votos para vengarse del actual mandatario y desestabilizar el Gobierno”.
Sus declaraciones al aceptar el nuevo ministerio, sin embargo, no tocaron las de Gutiérrez. Larrea simplemente dijo: “El Presidente tomó una decisión, yo la respeté. No polemicé, porque soy respetuoso de las decisiones que el Presidente toma, y seguí en mi sitial de lucha. Correa tiene todo el derecho de cambiar su Gabinete cuando lo considere necesario. Por lo tanto, yo dejé de se Ministro de Estado pero no me alejé en ningún momento de la militancia en el Movimiento PAIS..., trabajando como ciudadano. Más allá de las acciones del Gobierno, yo soy un militante de una organización política que pelea por una transformación, y por convicción me mantendré en esta lucha”.
Los desencuentros del presidente y su ministro más leal se iniciaron con una llamada telefónica, el 22 de noviembre de 2007. Larrea viajaba desde Puertoviejo hacia Manta, donde participaría en una ceremonia fúnebre, cuando escuchó la voz de Javier Ponce, asesor personal de Rafael Correa, que le remitía un mensaje del Presidente según el cual le había aceptado su renuncia. Minutos más tarde, en una rueda de prensa, Correa dijo que aceptaba la renuncia de Larrea porque el Ministerio de Gobierno proporcionó una información “totalmente errónea” sobre la paralización de la producción petrolera en la provincia de Orellana.
Larrea le había informado al Presidente que la situación estaba controlada. No era cierto, como tampoco lo era que no se hubiera producido una toma de las instalaciones petroleras. Al final de su discurso, Correa dijo que abriría una investigación para que se supiera quiénes habían sido los responsables del paro. “El caos en la provincia, por ahora, continúa”, dijo. Entonces calificó a Larrea de patriota. “Creo que sus subalternos le fallaron. Sin embargo, no podemos depender de una información errónea. Ojalá nos pueda seguir colaborando en otras instancias del Gobierno, pues sabemos de su valía como ciudadano”.
Mientras Larrea “conspiraba”, su antiguo amigo y correligionario llegaba a la conclusión de que se había apresurado en su decisión de noviembre. Correa necesitaba a Larrea, sobre todo para concertar con los políticos de la oposición. De algo le tenía que servir su experiencia como intermediario de conflictos. Por lo bajo, algunos analistas sostendrían luego que sus relaciones con distintas facciones subversivas latinoamericanas también le serían de gran utilidad al Presidente, y que por ello lo había llamado de nuevo.
El domingo, casi sobre la medianoche, cuando el general Óscar Naranjo lo involucró con las Farc (según archivos hallados en los computadores de Raúl Reyes, donde éste habría escrito: “Atendimos visita del ministro de Seguridad de Ecuador, Gustavo Larrea, en adelante Juan, quien a nombre del presidente Correa, trajo saludos para el camarada Manuel”), Larrea respondió a través de su asesor de comunicaciones que “lo dicho es una mentira, ellos (Colombia) tratan de tapar lo que hicieron y lo vamos a aclarar”. La mano derecha de Rafael Correa estaba de vuelta, tal vez, y pese a lo que dijeron los opositores, porque en realidad nunca se había marchado.
Su trayectoria
Estudió en la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas, y en la Universidad Central del Ecuador en la Escuela de Sociología. Desde 1994, y hasta 1996, fue diputado del Congreso Nacional y presidente de la Comisión de Asuntos Internacionales y presidente del Parlamento Latinoamericano. En 1997 y 2006 se desempeñó como subsecretario del Ministerio de Gobierno.
Además, fue director regional para los países andinos de la Asociación Latinoamericana para los Derechos Humanos (Aldhu), desde 1997 hasta 2004. Ha participado en varios cursos y seminarios de economía petrolera, comunicación, gerencia empresarial, diversidad, identidad y antropología. Se ha desempeñado en el sector académico y fue consultor de la Corporación Macac, Esquel, Unesco y PNUD, dentro de la campaña de alfabetización Monseñor Leonidas Proaño.