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Evocación de Carlos Murcia

Con su estilo mordaz, el cronista Óscar Domínguez rinde tributo a Carlos Murcia Cadena, el legendario reportero político de El Espectador fallecido hace cinco años y de cuya sagacidad periodística también fue víctima.

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Óscar Domínguez Giraldo / Especial para El Espectador
28 de septiembre de 2012 - 11:21 a. m.
 Carlos Murcia Cadena fue reportero político de El Espectador. / Archivo
Carlos Murcia Cadena fue reportero político de El Espectador. / Archivo
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Así como el buen médico acompaña a sus pacientes hasta la tumba, en la despedida que le dimos al colega Carlos Murcia hace cinco años en la capilla del Gimnasio Moderno, estuvieron, silenciosas, muchas de sus fuentes de información, o gargantas profundas que llamamos en la jerga de los cargaladrillos.

Un poco tarde, conocimos algunas de las personalidades que nutrieron su corral de chivas. Murcia Cadena padeció en grado superlativo la concupiscencia de la chiva o noticia exclusiva. Con toda responsabilidad, claro.

Lució sus galones de reportero excelso sobre todo en El Espectador, su casa durante años. Muchos colegas padecimos su habilidad reporteril. Ahora que no está, le perdonamos los memos que recibimos de nuestros jefes por su culpa.

La de su muerte fue quizá la única chiva que no dio, por razones obvias. Es la ironía que acompaña a los reporteros de élite, como él, quien también cultivó la columna de opinión en la que tiraba línea. O sea que combinó con éxito la gabinetología, creación suya de cronista político estrella, y la murciología, o su concepción de lo que sucedía. Quería, cultivaba y respetaba por igual ambos géneros, que en la última etapa publicaban La Nación, de Neiva, y El Heraldo, de Barranquilla.

Su despedida en el Gimnasio fue con todos los juguetes. Como se lo merecía. El parte de misión cumplida con cinco admirado lo dieron su hijo Andrés Camilo y el obispo Libardo Ramírez, su paisano de Garzón. Ambos fueron certeros a la hora de resaltar sus merecimientos, ganados a puro pulso, no por la vía fácil de la colombianísima palanca, la lagartería o la genuflexión ante los césares de turno.

Estaba hecho para la fatiga diaria. Fue ajeno al periodismo de farándula, al coctel ligero, a los almuerzos eternos. Verlo en estos sitios donde los periodistas exhibimos el ego y la vanidad y nos arrebatamos la palabra para resaltar lo inteligentes que somos, era un imposible.

En sus palabras, su hijo Andrés lagrimeó y nos hizo lagrimear a más de uno. Tan sentida y certera fue la oración que le dedicó, muy cerca de su esposa, Martha, y de sus hijos Diana y Carlos, quien heredó su vena periodística con todos los honores. Hay guardián en la heredad.

“Mi mamá le hizo feliz la vida, lo divirtió con su alegría, lo protegió como a un niño, que fue lo que siempre fue y seguirá siendo para todos nosotros”, dijo su amigo-hijo Andrés.

Desde Nueva York, el presidente Uribe se liberó de los ojos de Angelina Jolie (una boca con mujer), y del Chanel No. 5 de la Secretaria de Estado, Condoleeza Rice, para hacerle llegar a Martha, su compañera de todos los insomnios, al murciato en pleno, sus condolencias.

Sus talentosos paisanos opitas, que hacen nube en los medios bogotanos, también marcaron tarjeta en la despedida. Lo mismo otros colegas que admiramos sus condiciones personales y profesionales. No decía como periodista lo que no pudiera sostener como caballero, y perdón por la metáfora nada original.

La vieja guardia de El Espectador, donde trabajó una treintena de años, estaba allí, encabezada por doña Ana María Busquets de Cano, el Maestro José Salgar, el solitario Héctor Osuna - quien comulgó para tener siempre afilada su inteligente pluma que pinta y escribe-, el eterno Mike Forero. Y paro ahí para no alargar el chico.

Su colega y competidor de El Tiempo, Gabriel Gutiérrez (también recogido por el silencio), salió de su silencio para reconocer que Carlos fue un “rival leal” en todo momento.

No permitió que el ejercicio del periodismo empañara nunca la amistad.

De nuevo le decimos adiós recordando con Khalil Gibran que “la vida y la muerte son una, lo mismo que son uno el río y el mar”.

Claro que partiendo primero, el opita volvió a chiviar. Ya sabe cómo es la muerte que a veces se viene “tan callando”, como en el verso de Manrique.

Buen viaje, don Charles.
 

Por Óscar Domínguez Giraldo / Especial para El Espectador

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