Publicidad

FILBO2022: Pros y contras de trabajar con China, según Luis Alberto Moreno

Este domingo se presenta en la Feria Internacional del Libro de Bogotá “¡Vamos!”, ensayos “para una América Latina más próspera”, obra del expresidente del Banco Interamericano de Desarrollo y exministro colombiano. Fragmento.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Luis Alberto Moreno * / Especial para El Espectador
23 de abril de 2022 - 04:25 p. m.
Luis Alberto Moreno fue ministro de Desarrollo Económico de Colombia, embajador de este país en Estados Unidos y presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) entre 2005 y 2020.
Luis Alberto Moreno fue ministro de Desarrollo Económico de Colombia, embajador de este país en Estados Unidos y presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) entre 2005 y 2020.
Foto: EFE - Julio Cesar Rivas
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Para algunos políticos latinoamericanos, sobre todo de la izquierda, China parece encarnar una fantasía que han mantenido durante años: un benefactor extranjero con tanto dinero como Estados unidos, pero sin su bagaje. Durante décadas, la unión Soviética trató de desempeñar ese papel; en fecha más reciente, en la década de 2000, lo hizo Venezuela cuando regó el continente con parte del dinero ingresado por medio de la venta de petróleo. Hoy es Pekín Y sin duda alguna lo ha aprovechado, al destinar dinero no solo al comercio, sino a inversiones de ladrillo y hormigón como embalses, puertos, redes eléctricas e incluso una estación espacial un tanto misteriosa en Argentina. (Prográmese en la FILBO2022 con los eventos recomendados por El Espectador).

Los proyectos chinos apenas exigen el tipo de criterios de gobierno o al menos la sensatez empresarial que suele exigirse en Occidente. Como dijo una vez el ecuatoriano Lenín Moreno, China «nos ha dado crédito sin hacer preguntas difíciles». De hecho, a veces parece que las inversiones de Pekín tienen motivos geopolíticos —es decir, afianzarse a largo plazo en la esfera de influencia histórica de Washington— más que la intención de obtener alguna ganancia no cabe duda de que, al hacerlo, Pekín ha propiciado algunos comportamientos inadecuados.

La última conversación telefónica que mantuve con Hugo Chávez antes de su muerte por cáncer en 2013 fue bastante civilizada. Chávez era casi siempre jovial y encantador en nuestras reuniones, a pesar de que sabía que yo era un firme detractor de sus acciones antidemocráticas y de su desastrosa gestión económica. Me preguntaba por mi familia y me obsequiaba con sus relatos sobre Simón Bolívar y la historia de Venezuela.

En esa conversación en particular, yo tenía un objetivo más serio: tratar de averiguar si podíamos establecer incluso las condiciones mínimas necesarias para que el BID pudiera apoyar algunos proyectos en Venezuela, en un momento en que el auge del petróleo estaba a punto de tocar a su fin y todos estábamos preocupados por la suerte del pueblo venezolano Chávez suspiró en tono lacónico «Mire, estaría encantado de trabajar con usted —dijo—, pero ya sabe que tengo todos estos bancos chinos».

De hecho, los bancos de desarrollo chinos llegaron a invertir más de sesenta mil millones de dólares en Venezuela. Al ignorar hasta las normas más básicas —y conceder préstamos que las instituciones con sede en Occidente, incluido el BID, jamás habrían soñado—, Pekín no solo propició el comportamiento destructivo de Chávez y de su sucesor, Nicolás Maduro, sino que además incurrió en enormes pérdidas.

Se trata de deudas que Caracas, casi con toda seguridad, nunca podrá pagar. He oído a funcionarios chinos decir en privado que ahora consideran un error toda su experiencia en Venezuela. Algunos estudios muestran que después de haberse pillado los dedos por esta y otras malas decisiones, así como por la desaceleración económica de la región, los préstamos soberanos de China a América Latina se han estancado en los últimos años.

Mi presidencia en el BID coincidió con el ascenso de China en la región. Pekín había presionado durante mucho tiempo para convertirse en miembro y accionista del banco, pero había encontrado resistencia por parte del Departamento del Tesoro y de otros entes. Eso empezó a cambiar cuando Hank Paulson, que conocía bien al país asiático, se convirtió en secretario del Tesoro de Bush en 2006. Le dije a Paulson que no tenía sentido excluir a los chinos, sino que sería mejor contar con ellos «desde dentro», es decir que participaran en instituciones como el BID y conforme a las reglas y normas desarrolladas por Occidente, en lugar de que trabajaran contra nosotros a través de sus acreedores. Paulson aceptó, y en 2009 el Gobierno chino se convirtió en miembro y accionista del banco.

Fue algo más bien simbólico; al principio solo detentaba el 0,004 por ciento del capital y se convirtió en el tercer miembro de Asia oriental del BID después de Japón y Corea del Sur, que se habían incorporado en 1976 y 2005 no obstante, la medida causó un gran revuelo y algunos en Washington, incluidos ciertos republicanos, me acusarían durante años de ser «partidario de China».

En realidad, siempre fui consciente de los pros y contras de entablar relaciones con Pekín Le gustara o no a Washington, China empezaba a tener una influencia enorme en la región, en parte porque Estados unidos estaba distraído con sus guerras en Oriente Próximo y la crisis financiera mundial y no les prestaba suficiente atención a nuestros países. Los estados que eran miembros accionistas del BID, incluso aquellos muy alineados con Estados unidos como Colombia y Chile, querían que los chinos tuvieran una silla en la mesa para propiciar un acercamiento.

Decidimos mantener los ojos bien abiertos e invitar a Pekín a participar. Esta decisión daría lugar, un decenio más tarde, a uno de los momentos más polémicos de mi paso por el BID. Las reuniones anuales del banco tienen lugar en una ciudad diferente cada año, y decidimos que la de 2019 se celebrara en Chengdu (China), un reconocimiento más del creciente peso de China en la región en los diez años transcurridos desde que se convirtiera en accionista.

Pero en enero, dos meses antes del encuentro, la situación cambió de manera radical Como resultado de un nuevo fraude electoral en Venezuela, muchos gobiernos, entre ellos los de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Perú y Estados Unidos, reconocieron como presidente legítimo del país al líder de la oposición, Juan Guaidó, y no a Maduro.

Los accionistas del BID también decidieron reconocer a Guaidó. Pensé que era importante apoyar cualquier esfuerzo para restablecer la democracia en Venezuela, y que eso nos permitiría prestarle una ayuda más inmediata al país en caso de que Maduro fuera derrocado. Esta decisión también implicó que Guaidó podría nombrar al representante de Venezuela ante el banco —se decantó por el conocido economista de Harvard Ricardo Hausmann— que iba a asistir a la cumbre en China no obstante, esto le planteó un dilema a Pekín, que aún mantenía estrechas relaciones con Maduro.

Al final, optó por no aceptar en la conferencia a ninguna delegación venezolana, ni de Maduro ni de Guaidó, una decisión que al parecer pretendía eludir la polémica, pero que terminó por no satisfacer a nadie. Me pareció una decisión desatinada y carente de visión por parte de los dirigentes chinos no estaban en sintonía con casi nadie en el hemisferio occidental.

De hecho, incluso el canadiense Justin Trudeau, que no es un ideólogo de derechas, había decidido apoyar a Guaidó. Así se lo manifesté a los líderes chinos en conversaciones privadas mientras tratábamos de salvar la reunión. Tengo la sensación de que los funcionarios de rango medio con los que tratamos directamente podrían haber estado de acuerdo con nosotros, y quizá hasta dispuestos a transigir o a dar marcha atrás, si la decisión hubiera dependido de ellos.

Sin embargo, aunque nunca pude confirmarlo, parecía que sus jefes, altos miembros del Partido Comunista, veían esta controversia (en mi opinión, de manera errónea) no como una cuestión de América Latina, sino ante todo como un enfrentamiento entre Washington y Pekín. Por esa razón, los chinos no se mostraron dispuestos a echarse atrás no tuvimos más remedio que cancelar la reunión y trasladarla a otro lugar; al final, se celebró más adelante, ese mismo año, en Guayaquil.

Y si bien es cierto que, con el paso del tiempo, Maduro sobrevivió al desafío de Guaidó y permaneció en el poder, considero que cualquier rédito que China obtuviera por mantener sus lazos con Venezuela se vio superado con creces por el daño que sufrió su reputación en otros lugares de la región por apoyar un régimen antidemocrático.

Muchos dijeron que esta alianza mostraba la verdadera cara de Pekín. Al cabo de tantos años de crecimiento, es evidente que China entiende mejor ahora que antes a América Latina, pero aún no está claro cuál será el papel de los valores e intereses chinos en una región como la nuestra, que aprecia la democracia, la libertad política y la libertad individual.

* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Debate. El libro se presentará en la FILBO 2022 este domingo 24 de abril, a las 3:00 p.m., en la sala de eventos E.

Por Luis Alberto Moreno * / Especial para El Espectador

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.