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En estos días se vive una transición muy tensa entre el gobierno saliente y el entrante por los insultos, las acusaciones sin pruebas y un empalme inexistente. En nuestra historia reciente, ¿recuerda una situación similar a la actual - por dar un límite temporal -, a partir del Frente Nacional (1958 – 1974) que, precisamente, se firmó para poner fin a la época que llevó al país a una violencia inimaginable, de matanzas entre liberales y conservadores?
En efecto, y entre otras cosas, el Frente Nacional trató de impedir, a toda costa, que los derrotados en las elecciones se sintieran amenazados. Los dos partidos que dominaban la política en esa época, Liberal y Conservador, finalmente entendieron que, cada uno, contaba con bases sociales grandes y estables; y, que, si estas tenían algo que temer de la victoria del adversario, se perpetuaría la violencia. Otro precedente más cercano, podría ser el episodio de Samper y Pastrana que se desarrolló en medio de gran hostilidad. Pero, aún así, Pastrana nunca dijo que “destriparía” a los liberales o a los samperistas y gobernó, en buena parte, con ellos. De hecho, hasta donde recuerdo, tampoco amenazó al presidente saliente. Por el contrario, cuando en medio de un debate de la campaña por la Presidencia entre Pastrana y su contendor samperista Horacio Serpa, le preguntaron a este si extraditaría al entonces presidente Samper, Serpa contestó que sí. Y Pastrana, contradictor acérrimo del mandatario, lo refutó y afirmó que nunca haría tal cosa.
El Frente Nacional, como se sabe, fue un pacto de pacificación que, si bien disminuyó la violencia política, también redujo la democracia porque repartió el poder de manera excluyente. En este sentido, ¿deberíamos alegrarnos de que hayan renacido las contradicciones ideológicas que se perdieron con los partidos tradicionales?
Sí, el Frente Nacional introdujo límites formales a la competencia política y creó una repartija del poder excluyente y clientelista, que terminó siendo detestada por sectores amplios de la población. Como sugiere su pregunta, las jeremiadas (lamentaciones exageradas) sobre la polarización no tienen en cuenta que si no hay opciones ni programas alternativos, la gente termina cansándose de la democracia. Así que estamos frente a dos peligros inversos: o un aplanamiento de las diferencias alrededor del centro, que produce el decaimiento de la democracia por vía de la aburrición y de la complicidad con medidas que van directamente contra la población (el dimitido primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, encarna, bien, ese espíritu tedioso, monótono y conservador); o el envenenamiento de la competencia hasta cuando, al menos, una o más fuerzas adoptan plenamente la lógica del odio contra el adversario. Ahí llegan, inevitablemente, Las Furias, para citar el título del libro del gran historiador estadounidense Arno Mayer (Princeton University Press, año 2000).
Estamos, entonces, ¿en el escenario de “la muerte” de los partidos tradicionales que subsisten solo por su apoyo o adhesión a los ganadores de turno, y que, en su lugar, llegaron los polos opuestos ideológicos encarnados en una ultraderecha trumpista y una izquierda fortalecida por su volumen de votos?
Sí, efectivamente, este es un cambio profundo del sistema político colombiano que corresponde a una fuerte tendencia global de debilitamiento o evaporación del centrismo tradicional, y de fortalecimiento de opciones más programáticas e ideológicas.
Ahora, situándonos en el presente marcado por el tránsito entre el único gobierno de izquierda que – bien o mal – ha administrado el país, y el de derecha extrema que ganó las elecciones, las tensiones y los insultos que se han proferido, ¿son explicables por las contradicciones ideológicas pero sin consecuencias de largo plazo? O ¿estamos abriendo las puertas a un nuevo ciclo de violencia inducida por el propio establecimiento político?
Yo tomaría muy en serio los insultos y las amenazas. Claro, no siempre existe la intención de llevarlos a cabo. Como en ajedrez, “la amenaza es más fuerte que su ejecución”. Pero su proliferación actual demuestra, precisamente, un espíritu que debería estar en el eje del debate público y que se puede resumir en una fórmula imperativa: “témanme”. Con respecto a un posible siguiente ciclo de violencia, no quiero ser ave de mal agüero. Ojalá que no. Pero creo que estamos en una situación de peligro agudo. Por ejemplo, en la última década corta, el país se ha llenado de grupos irregulares y la experiencia histórica, en Colombia y en otros países, nos indica que, inevitablemente, los odios civiles se articulan con los materiales explosivos preexistentes.
Puntualmente, ¿cuál es su opinión sobre la reciente situación creada por la suspensión del empalme sobre los asuntos oficiales en curso? ¿Es un acto estratégico y publicitario? ¿Tendrá consecuencias o es un capítulo pasajero?
Creo que es más bien pasajero, pero sugiere que contamos, en el país, con dos fuerzas que representan electorados imponentes que ni siquiera pueden llevar a cabo una operación rutinaria, esa sí en esencia técnica, de transferencia del poder.
¿Calificaría a los dirigentes de las dos fuerzas, por igual, como prepotentes, incapaces de llegar a mínimos acuerdos o hay diferencias sustanciales que impiden la conversación?
Lo que sucede es que la lógica del odio puede envenenar cualquier operación por simple que parezca.
La desobediencia civil anunciada por el excandidato presidencial Iván Cepeda frente a futuras acciones del gobierno entrante, ¿es, en su criterio, legítima y democrática o pone al país al borde de un “golpe de Estado”, como han dicho los partidarios de la administración De la Espriella?
No veo en qué sentido la desobediencia civil ponga al país al borde de un golpe de Estado. Claramente, es legítima y democrática. La democracia no consiste en quedarse en casa durmiendo. Ahora bien, como instrumento de oposición, su valoración ya es tarea de políticos prácticos. Una operación de esa naturaleza, si en realidad va a involucrar al electorado y a las bases sociales de la izquierda, debe tener objetivos claros y evaluables.
La posición pública del presidente saliente, Gustavo Petro, de dudar del triunfo de De la Espriella por la supuesta manipulación tecnológica, desde el exterior, de los resultados que ingresaban al sistema electoral el día de las votaciones, ¿es contraria a la democracia o califica como antidemocrática?
Todo depende de la evidencia que presente para comprobar la denuncia. No se mina, alegremente, la institucionalidad electoral. Si el presidente saliente cuenta con pruebas, no solo tiene el derecho sino, también, la obligación de presentarlas. Lamentablemente, hasta donde sé, no lo ha hecho.
Las recientes denuncias de Petro en contra del sistema electoral y de sus resultados, pueden ser su forma de defenderse ante el futuro negro que le auguran quienes van a asumir el poder. En este caso, ¿su actitud y afirmaciones son aceptables?
Humanamente, su actitud es más que comprensible porque enfrenta amenazas brutales y un esfuerzo de criminalización miserable. Pero su respuesta no puede ser la de formular denuncias tan delicadas que no tienen sustento, al menos, hasta este momento.
Del otro lado, la estrategia del presidente electo y su equipo de acusar, de manera generalizada, de “corrupto” a todo el gobierno saliente, y de anunciar la casi sustitución de las funciones de fiscales y jueces, ¿es admisible dado el momento político?
Las denuncias tienen sentido si son específicas y verosímiles. Se necesitan ambas características, no una sola, para tomarlas en serio. Las acusaciones generalizadas pueden aumentar la verosimilitud (siempre se puede encontrar a algún transgresor), pero a costa de llevar, casi a cero, su especificidad. Naturalmente, las denuncias temerarias deben ser rechazadas, con energía. Entre otras cosas, porque de lo contrario (si no se exige el sustento), el acusador escala sus ataques. Por desgracia, no hay un libreto o una fórmula general para hacerlo de manera apropiada. Y recuerde que ese - el de las acusaciones generalizadas -, ha sido uno de los grandes campos de juego de la extrema derecha global.
El propio presidente Petro ha sido blanco de innumerables denuncias como presunto culpable de cometer delitos; y se le ha amenazado por parte, entre otros, del asesor del mandatario electo, Carlos Alonso Lucio, de ser llevado a un cárcel y de ser candidato a la extradición. ¿Qué piensa usted de esta situación particular que enfrenta quien próximamente quedará expuesto a su suerte y sin mayor protección?
Es una amenaza destructiva y no le augura nada bueno a nuestro país. Si la alternación en el poder conduce a que el presidente saliente sea atacado sin límites, nadie va a querer aceptarla. ¿Y por qué extradición? ¿La intención es crear una trampa judicial y presentarlo como narcotraficante? No tiene la menor base, deteriora de manera profunda nuestra institucionalidad y generará, inevitablemente, una desestabilización significativa. Parece un típico caso de “los pájaros tirándoles a las escopetas”. Además, es obvio que Lucio no habla con base en ninguna prueba, sino a partir de odios acumulados y con la intención de ejecutar un programa extremista consistente en criminalizar, forzadamente, a la que pronto será la oposición política. Propósitos como este, tienen el potencial de meter al país en una dinámica de confrontaciones sin límites. No tenemos que leer ningún manual para saber cómo termina ese tipo de acciones. Lo hemos vivido en carne propia.
Si el futuro expresidente Petro le pidiera un consejo al respecto, ¿qué le diría? ¿Le aconsejaría que viajara temporalmente fuera del país, que pidiera asilo político o que permaneciera aquí, para ejercer la oposición?
Ante todo, le diría que se dedicara a defender su obra de gobierno, que tiene aspectos muy positivos; que procurara mantenerse allí, cortando otro tipo de declaraciones. Y sí, de todas maneras, creo que sería prudente que saliera del país, dadas las amenazas que se están profiriendo contra él. Por desgracia, creo que hay que tomarlas muy en serio.
Ya que lo ha mencionado, la caracterización como atacante, del grupo que entrará a dirigir a Colombia por cuatro años prometiendo solucionar todos los problemas del país en tres meses -, ¿es original o parte de un “libreto” de la ultraderecha global que ha descalificado a sus contrarios políticos, de manera idéntica, en países como Estados Unidos, Brasil, Argentina y Chile, entre otros?
Sí hay un libreto general aunque también existen fuertes variaciones dependiendo de cada proyecto político. Por ejemplo, Keiko Fujimori que pertenece a esa corriente, pudo hacer un empalme no destructivo, con el gobierno saliente del Perú. A esas variaciones del libreto global de la extrema derecha, también se le incorporan elementos nacionales e, incluso, regionales y locales que se le van añadiendo a cada receta.
¿Cómo ve y cuál es su pronóstico sobre el surgimiento de una ultraderecha nacionalista, populista y autocrática aparentemente distinta de las fuerzas conservadoras que le dieron un poder inmenso a Álvaro Uribe en este siglo? O ¿se trata de la reedición del uribismo 2002, pero adaptado a la era trumpista del 2026?
Esta pregunta es muy interesante. Diría que esta es una versión 2.0 diferente, y en muchos sentidos innovadora de la extrema derecha colombiana. La de Uribe, se forjó en tiempos de Bush cuando el orden global liberal estaba en pie. En ese contexto, el expresidente proponía una suerte de unidad nacional, de la que él sería la bisagra y en la cual él manejaría todos los factores de poder, los que estaban “adentro” y los que estaban “afuera”. Incluso, la retórica de la seguridad democrática, al menos en el papel, estaba construida sobre una visión de respeto a la oposición legal, y de guerra sin cuartel contra la guerrilla. Claro: quedaba abierta la puerta a dinámicas homicidas, acusando a civiles de ser cómplices de la subversión.
Y, ¿cómo define, entonces, a De la Espriella?
De la Espriella, por su parte, está diciendo en todos los tonos: nada de unidad, sino destripamiento y criminalización de los opositores. De ahí el reproche, a propósito, muy bien pensado, que le envió Tomás Uribe en un trino. Los factores “de afuera” también parecen tener más margen que antes. Por esas y otras razones, mejor no mirar por encima del hombro la retórica de “los nunca”. Pese a todo lo que tiene de contraevidente, también contiene elementos importantes que descuidaríamos, a costa de nuestra propia fortuna. Hay muchas cosas nuevas que se están desarrollando a toda velocidad.
¿Qué quiere decir con “no mirar por encima la retórica de los nunca”? ¿Cuáles desarrollos riesgosos para los ciudadanos puede contener?
La retórica de” los nunca” es contraevidente porque el gabinete y el personal que rodea al presidente, está compuesto por varios de quienes han ocupado cargos en el Estado durante mucho tiempo y, también, por miembros de distintas élites. Pero, al mismo tiempo, no debemos olvidar que hay otras élites que están quedando por fuera. Y que, aparte de ello, hay cambios significativos en las formas de construir el poder político con las cuales, al final, habrá perdedores y ganadores. Solamente si estamos atentos a ese fenómeno, vamos a poder entender cómo va a evolucionar el gobierno que comienza.
En cuanto a las anunciadas medidas de la administración entrante relacionadas con la creación de bloques urbanos para enfrentar a los delincuentes comunes, y la reactivación de los cuerpos antidisturbios de Policía, tipo ESMAD, para controlar las protestas sociales, ¿cuál es su criterio sobre ese énfasis en las soluciones de fuerza y represión del nuevo gobierno?
Además de lo que usted indica, también se ha propuesto la flexibilización de los permisos para el porte de armas por parte de los civiles. Como el presidente electo no tiene ni equipo ni propuestas específicas en muchas materias, estos anuncios se deben tomar, más bien, como un conjunto de señales públicas que apuntan en una dirección clara: desplegar una gran ofensiva represiva y abrirle la puerta a la privatización de la seguridad. Creo que estos son los dos pilares básicos de la nueva orientación. Si la intención manifiesta de construir megacárceles prospera, entonces también habrá un tercer elemento: ir construyendo un Estado carcelario, como en Estados Unidos o El Salvador. Naturalmente, es necesario esperar a que esas señales se decanten en propuestas gubernamentales concretas para valorarlas. Pero, por el momento, sobre el tapete están la represión, la privatización de la seguridad y, quizás, la orientación hacia un Estado carcelario. Todo lo demás, hace parte de un espectáculo de juegos artificiales.
Concretamente, ¿teme usted, como otros analistas sociales, que la creación de “bloques de seguridad urbana” o ciudadana, terminen en la nefasta experiencia de nuestro pasado con las llamadas Convivir o grupos de seguridad de hace 3 décadas que terminaron fusionándose – en varios casos - con las bandas paramilitares?
Esa es una propuesta absolutamente nefasta, además, con un agravante: cuando se aprobaron las Convivir, se comprometieron - en contraprestación a las mismas – a darles a los ciudadanos garantías de control político e institucional sobre esas agrupaciones. La propuesta actual, de creación de bloques urbanos de seguridad, parecería que intenta evadir cualquier evaluación externa.
“La libertad de prensa, para voces críticas, se encogerá en Colombia”
Anuncios sobre restricciones y modificaciones de fondo del nuevo gobierno, en materias de religión, educación, familia, etc., ¿clasifican en la categoría de los llamados fenómenos del revisionismo y negacionismo de los derechos adquiridos por poblaciones de minorías?
Para mí, es claro que vamos hacia un deterioro significativo en materia de derechos. Es muy importante entender que estamos viviendo un fenómeno global (de extremismo de derecha) que corresponde a un programa que varía de país a país, pero que tiene elementos comunes. Como una partitura que cada músico interpreta de manera diferente. Por ejemplo, Trump ha ido desmontando, muy agresivamente, muchos derechos de las mujeres en Estados Unidos. Lo pudo hacer en poco tiempo. La libertad de prensa - para voces críticas, que es la que cuenta -, también se encogerá en Colombia. De hecho, ya lo podrían estar haciendo, no por medios institucionales, sino por el matoneo, el acoso, el miedo, etc.
Precisamente, el presidente entrante anunció, pocos días antes de la elección y en una entrevista con Noticias Caracol (TV), que tiene en mente a un grupo de “13 periodistas” a los que califica de “activistas políticos”.
Esa es una actitud claramente amenazante.
