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12 Oct 2021 - 10:10 p. m.

Gustavo Petro y su historia en la guerrilla del M-19

El senador y candidato presidencial Gustavo Petro decidió narrar uno de los temas más controvertidos de su vida: su paso por la guerrilla del M-19, desmovilizada en 1990. Por qué ingresó a ese grupo, qué hacía y cómo llegaron a un acuerdo de paz. El relato hace parte de “Petro una vida, muchas vidas” (Editorial Planeta) y El Espectador presenta a continuación uno de sus apartes.

Gustavo Petro Urrego

Gustavo Petro, Una vida, muchas vidas
Gustavo Petro, Una vida, muchas vidas
Foto: Cortesía

* El Eme

Pío Quinto Jaimes me entregó los documentos donde se resumía la Conferencia del M-19, que no era otra cosa que el equivalente a un congreso de un partido político. En esta deliberación, relativamente democrática de los integrantes del grupo, estaban plasmadas las conductas políticas, las líneas teóricas y de acción del movimiento, hasta que se reuniera la próxima conferencia. Se trataba de la Quinta Conferencia. Lo primero que me sorprendió fue que estaba muy bien editada, y había un cuidado formal en la publicación, eso quería decir que en la sección de comunicaciones del M-19 había gente muy capaz. El documento me encantó: el M-19 articulaba los planteamientos socialistas de la izquierda tradicional de la época, pero iba mucho más allá para proponer algo que sigue pareciendo obvio pero que no lo es tanto: una democracia real para Colombia. Esa discusión entre socialismo y democracia recorrió todo el siglo XX, pues con la aparición del mundo soviético se socavó la idea democrática, incluso desoyendo a quienes habían creado esas teorías. La eliminación de la libertad individual marcó el fin del concepto democrático, que era un bien muy querido por las luchas obreras del mundo. Y en esta discusión, un tanto alejada de los centros del mundo, en un país llamado Colombia, el M-19 apostaba por la democracia. Porque ese fue siempre el objetivo: era un proyecto democrático, y así comenzó a denominarse la búsqueda de una alternativa para Colombia.

Esta era una concepción completamente diferente a la del ELN, las FARC, el Partido Comunista, o los diversos grupos de izquierda universitaria, que entablaban un diálogo con modelos como el soviético, el cubano o el chino, mientras que nosotros pensábamos en un proyecto propio nacionalista y democrático.

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Y allí, obviamente, esa apertura de conceptos que introdujo el M-19 nos provocaba temor a quienes estábamos en Zipaquirá, quizás porque era más fácil pensar en la idea del socialismo, y no de construir un pensamiento propio. El documento, sin embargo, nos atrajo y lo leímos. En ese momento, existía un protocolo que consistía en que quienes pretendían entrar al grupo debían leer primero este tipo de documentos con el ideario del M-19, para que una vez lo hicieran pudieran tomar la decisión de entrar o no al movimiento.

En 1978 el M-19 era un movimiento realmente urbano, y su forma de organización clandestina consistía en comandos, y algo que se llamaba “la compartimentación”: ningún comando sabía algo distinto de las demás personas de otros comandos; solo se ligaba con la organización a través del jefe del comando que integraba uno de mayor jerarquía, y así se construía una red de comandos jerarquizada. La información era mínima desde el punto de vista organizativo para quienes ingresábamos pre- viendo que, ante un golpe desde el Estado, nadie pudiera rastrear la cadena. Eso se lo habían aprendido a los Tupamaros uruguayos. A Germán Ávila y a mí, entonces, nos invitaron a integrar el primer comando de Zipaquirá.

Se decía el “primer” comando, pero en el municipio ya existían otros, aunque nosotros, desde luego, no los conocíamos. Para entonces, uno de los tres G, Gonzalo Galvis, se había ido a Inglaterra. Él me mandaba cartas por correo de cinco o seis folios escritos en letra pequeña, narrándome sus experiencias en Londres. Su familia, que vivía en Cajicá, se había aventurado

a migrar a otro país, como muchos colombianos que a finales de los setenta decidieron partir para, de alguna manera, buscar mejores opciones económicas y vivir casi en la clandestinidad en países europeos o en los Estados Unidos. Leía con mucha intensidad las peripecias de Gonzalo, porque además me traía el recuerdo de mi afición por los mapas y la cartografía, que había convertido en una forma de empapelar las paredes de mi cuarto.

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Decidimos, entonces, con Germán Ávila, tras leer la Quinta Conferencia, entrar al M-19. La escuela de Pío Quinto quedaba en una vereda cercana a Zipaquirá y comenzamos a visitarlo, pues, además de que era nuestro enlace, tenía unas hijas bellísimas que nos llamaban la atención. Pío Quinto se aseguró de enseñarnos algunas técnicas de chequeo y contra chequeo, provenientes de los mismos Tupamaros, como darle una vuelta a la manzana cuando fuéramos a ir a verlo para asegurarnos de que no nos siguieran y si lo hacían, encontrarnos de frente con el perseguidor. Solo una vez sospeché haberme topado con un agente encubierto del F2, aunque por supuesto no pueda asegurarlo, ya que el hombre desapareció de inmediato. Al llegar a la casa de Pío Quinto leíamos los documentos del M-19, discutíamos, y comenzábamos a planear actividades prácticas simples como pintar una consigna, dejar unos comunicados del M-19 de manera clandestina en algún baño, en algún salón de clase, en alguna esquina de la ciudad. Hacer algún tipo de actividad legal porque, y ese fue un poco el signo de los años siguientes; empezamos a tener una doble vida clandestina y legal.

En el M-19, no podía identificarme como me llamaba en la vida legal, entonces me pidieron que me pusiera un nombre, y el que encontré fue Aureliano, que me recordaba el Caribe, un poco algo de mí mismo y, por supuesto, a Cien años de soledad. Un Aureliano en Zipaquirá. Uno de los capítulos de su novela,

que es el de Fernanda del Carpio, pienso que refleja el mundo zipaquireño. En su estancia en el municipio, en los años cuarenta, García Márquez se había enamorado de una niña muy linda, de apellido Laverde; yo conocí su foto después. Ella moriría luego de una manera terrible; la asesinaron en una hacienda cerca de Bogotá. Si la menciono es porque, a mi modo de ver, ella fue la inspiración para Fernanda del Carpio.

En fin, además de que García Márquez había estudiado en Zipaquirá, y de que mi familia, también caribe, hubiera llegado allí, existía otra conexión que tenía que ver con la sal. La concesión Salinas era una empresa pública que en ese entonces industrializaba tanto la sal marina como la sal continental subterránea: Manaure, Cartagena y Zipaquirá estaban unidos simbólica- mente por la industrialización, y por la planta colombiana de soda, que después se llamó Alcalis. “Con la sal de Zipaquirá se ha bautizado la República” es uno de los lemas de la ciudad, pues allí llegaron los comuneros provenientes de Boyacá, Santander y Cundinamarca. Fue en ese territorio donde esperaron las Capitulaciones, en el puente del Común, muy cerca de Chía. Es, entonces, un pueblo libertador: el pueblo donde llegó el general Melo, el ejército libertador y sus artesanos democráticos a dar una batalla para defender a Bogotá de los ejércitos de los esclavistas y los importadores; aquel que vivió una gran insurrección por el asesinato de Gaitán; un pueblo anapista como mi madre, un pueblo que, poco a poco, comenzó a ofrecer sus casas para resguardar a los comandos del M-19.

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La tradición educativa de Zipaquirá, además, era plausible. De su colegio público, se habían graduado el nobel de Literatura, el presidente Santiago Pérez, la familia Hinestrosa, clave en el Externado, los Castro Caycedo, el maestro Guillermo Quevedo y Everth Bustamante, un hombre que, para finales de los años setenta, había alcanzado cierta altura política dentro del M-19.

* Fragmento de “Una vida, muchas vidas”, de Gustavo Petro, publicado por Editorial Planeta.

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