Hacia mediados de mayo de 1965, la figura del cura Camilo Torres Restrepo saltó del campus de la Universidad Nacional a una presencia pública más amplia. Formado en Lovaina (Bélgica), en 1959 había creado la primera facultad (más tarde, parte de la Facultad de Ciencias Humanas), junto con su pariente el ilustre Eduardo Umaña Luna y con Orlando Fals Borda, acompañados del sociólogo Carlos Escalante y de la antropóloga Virginia Gutiérrez de Pineda, quien hoy nos mira desde la faz de un billete de diez mil pesos.
Camilo, quien despertaba curiosidad desde sus días del Movimiento Universitario de Promoción Social (Muniproc), con sede en la UN y desplegado por varios barrios del sur de la capital, era capellán allí mismo y conversaba con los estudiantes, exhibiendo un fuerte carisma que proyectaba mediante planteamientos políticos, inusuales y atrevidos en un sacerdote de mediados del siglo XX. Ese carisma de cargo, según los tipos ideales de poder del destacado referente de sociología, el alemán Max Weber, se unía a una especie de carisma de nombre –tomando prestada la categoría por su tocayaje con Camilo Torres Tenorio, el Verbo de la Revolución en los días de la Independencia.
Además, la índole de sus opiniones en favor de cambiarle de rumbo a la sociedad colombiana contrastaba con su origen social, como hijo de Calixto Torres Umaña, famoso pediatra egresado de Harvard y gran catedrático, de una familia de linaje fuerte.
Relacionada con esta idea de su estrato social, se conoce una anécdota interesante: en momentos en que armaba audiencia en la plaza de Bolívar, Camilo se encontró con el dirigente sindical José Raquel Mercado, quien cuestionó al sacerdote por sus ideas supuestamente extremistas. Camilo le soltó entonces este fuetazo verbal: “Usted y yo tenemos algo en común, y es que ambos somos traidores de nuestras respectivas clases sociales”.
Considerado en el medio sindical como vendeobreros, José Raquel fue retenido por el M-19 el 15 de febrero de 1976, a los 10 años de la muerte de Camilo. Y el 19 de abril del mismo año, seis años después de las elecciones presidenciales que al parecer le robaron al general Gustavo Rojas Pinilla y episodio político que explica el surgimiento del Movimiento 19 de Abril (M-19), comandado por Jaime Bateman, el cadáver de Mercado apareció en la glorieta de la carrera 50 con calle 63 de Bogotá.
Camilo Torres en la calle
Una vez en el espacio público la figura de Camilo, se desató un indiscutible fervor en los sectores populares, agitación que lo llevó a presentarse sobre todo en universidades e instituciones de importancia. Así llegó hasta la casa de Voz Proletaria, periódico del partido comunista que antes se había llamado Voz de la Democracia y luego simplemente Voz. Allí, con cierta sorna, Camilo dijo que tal vez muchos de los presentes, no habituales en este espacio de la izquierda, se preguntarían en qué lugar de esa casa los camaradas comían niños, dados los estereotipos populares.
Dentro de una maratón de actos públicos, su presentación en la sede de la Universidad Libre de la carrera 6 con calle 8 culminó con Camilo en hombros por la calle y quien los pedía que cuidáramos a su señora madre, la inolvidable Isabelita. Por entonces, logramos que días después acudiera al ya desaparecido colegio Francisco de Miranda, donde cursábamos el último año de secundaria nocturna y cuya sede estaba en la carrera 15 con calle 15 de Bogotá. Fue una noche en que el colegio abrió sus puertas.
Allí le extendimos una invitación para que nos acompañara a bachillerarnos el 27 de noviembre (1965), acto que coincidía con el centenario del poeta José Asunción Silva. Por razones que poco a poco se extendían al conocimiento público, Camilo dijo que para esa fecha tal vez ya no podría. El equipo humano que acompañaba a Camilo sabía de su inminente ingreso al Ejército de Liberación Nacional (ELN).
En septiembre de ese año, compartimos momentos como aquel en que, durante una huelga en Telecom a la que convocamos a Camilo, este llegó con sánguches para las operadoras de Larga Distancia en la carrera 13A entre calles 22 y 23, en cuya entrega se contó con un efectivo ascensor de cabuya que se instaló hasta el tercer piso, por la parte frontal del edificio.
Dentro del mismo episodio histórico de Telecom, resulta inolvidable el momento en que Camilo llegó al edificio Manuel Murillo Toro, sede del Ministerio de Comunicaciones (hoy MinTic), en cuyo sexto piso funcionaba la Central de Telégrafos, servicio incorporado a la estructura de Telecom desde 1964, cuando el gobierno de Guillermo León Valencia ordenó la fusión que nos hizo parte de este gran patrimonio del país, que dejaría de existir en junio de 2003 por decisión del presidente Álvaro Uribe Vélez. Pues, bien, de esa presencia de Camilo en la central mencionada se destaca que, en el instante del encuentro, nuestro intercambio de palabras se desarrolló a través de un cordón policial, porque este no permitía ingresar al salón, en pleno paro laboral, ni convenía salir porque no era posible el reingreso y se hacía necesario mantener nuestra presencia en las instalaciones.
Camilo y el pensamiento eclesiástico
Camilo Torres se desenvolvía en un medio amodorrado por una clase política ajena a las necesidades de la población. Dentro de esta clase ejercía (¿ejerce?) su influencia misionera la iglesia católica, cuyo máximo jerarca de entonces, el cardenal Luis Concha Córdoba, hijo del presidente José Vicente Concha (período 1914-1918), en su descalificación de Camilo soltó esta perla que lo ubica en la alta Edad Media: “No sé por qué el padre Camilo tiene esas posiciones. El gobierno está cumpliendo con la Constitución”, en una expresión de ideología gagá y abstraída de los abismos propios de la coexistencia de privilegios y marginamiento social.
Una mirada crítica a ese tiempo permite visualizar el claro desencuentro que se daba entre un establecimiento anclado al pasado –enemigo del cambio social– y quienes busca(ba)n hacer realidad la justicia social, cuadro de cosas que corresponde a la contradicción presente en los grandes acontecimientos de la historia, que Camilo Torres buscaba romper. Esta circunstancia le daba fuerza a una teología emergente, la Teología de la Liberación, difundida desde Brasil por el obispo Hélder Cámara, con una segunda voz americana, encarnada en el jerarca mexicano Sergio Méndez Arceo, de Cuernavaca. Esas voces se hicieron todavía más fuertes después de la muerte de Torres Restrepo, cuando salió a la luz en Colombia el grupo de los curas de Golconda, nombre que alude a una antigua ciudadela de la India (siglo XI), en Telangana.
A ese grupo pertenecieron, como figuras más destacadas, los sacerdotes Luis Currea, Noel Uribe y René García, más tarde conductor de un taxi en Bogotá, quienes oficiaban misas muy características y llenas de verdad, a las que acudían hasta camaradas y gente de avanzada, muchos de ellos abiertamente ateos. ¡Encuentros inevitables y de mucho contenido convergente, como se evidenció más tarde, durante el papado de Francisco!
En ese ambiente caldeado surge la figura del cura español Domingo Laín, quien en una reunión de estudiantes en la Nacional habla abiertamente de sus posiciones, hecho que lo somete a persecución del gobierno y lo empuja a enrolarse en el ELN. Lo demás, en relación con Laín, ahí está presente en la actualidad, ya que algún frente del grupo lleva su nombre desde hace bastante tiempo. En este punto, es claro que muchas cosas han cambiado en la naturaleza de los sublevados, como lo analiza Joe Broderick en una reciente entrevista de El Espectador.
Epílogo, epígonos y memoria
A comienzos de febrero de hace 60 años, el sindicato de base de Telecom organizó un cursillo de sociología a cargo del profesor Hésper Pérez, de la UN. Allí, hoy hace seis décadas, el 15 de febrero –fecha que coincide con el natalicio de Galileo y los primeros 15 años de Lucho Garzón, alcalde mayor de Bogotá (2004-2007), persona muy cercana a los Torres Restrepo–, recibimos la noticia de la muerte de Camilo en Patio Cemento, municipio de El Carmen de Chucurí, en un combate que no se ha debido presentar. La comandancia del Ejército en la región estaba a cargo del entonces coronel Álvaro Valencia Tovar, con quien Camilo había hecho amistad desde cuando ambos participaban en programas sociales. Por tanto, en lo personal, el fin de Camilo fue algo doloroso para el militar.
Pocos días antes se conocieron algunos pormenores del ingreso de Camilo al ELN, conforme lo registró la revista Voto Nacional, dirigida por el igualmente sacerdote y sociólogo Efraín Gaitán Orjuela (1929-2011), a comienzos de enero, cuando el grupo armado conmemoraba su primer año de existencia, estrenado con la toma de Simacota, en el mismo departamento. De este impactante hecho periodístico se desprendieron muchos problemas para el sacerdote claretiano, trasladado –como castigo de la Curia– al Chocó, donde desarrolló una formidable actividad comunitaria hasta su muerte, arrollado por una motocicleta.
La desaparición de Camilo constituyó un gran golpe en lo personal para muchos seguidores, que repartíamos en la calle el periódico Frente Unido. A pocos días de nuestro ingreso algo tardío a la UN, era notoria la ausencia de quien se la jugó entera al decidir su ingreso a la organización insurrecta, preferencia para él ante las continuas amenazas que recibía.
A pocos días de la muerte de Camilo, en la Universidad encontramos un ambiente que marca nuestro paso por el mundo en lo académico, lo intelectual, lo político y lo familiar, pues en ese espacio universitario nació lo que define el nacimiento de un entorno más íntimo, con hijos y nietos que hoy nos acompañan.
En los días que siguieron a nuestra condición de primíparos, se desarrolló un trabajo notable con la creación de los Comandos Camilistas, en los que compartíamos clase con el compañero Víctor Cubides, convertido más tarde en miembro del ELN, hoy como integrante de su comando central, el Coce, con el nombre de “Aureliano Carbonell”. Este trabajo de los comandos tuvo un antecedente en el comienzo del semestre 01 de 1966, cuando Armando Correa, del Consejo Estudiantil y quien tiempo después murió en la guerrilla, encabezó una gigantesca marcha que se desplazó desde la Universidad hasta el Cementerio Central, en el entierro simbólico de Camilo.
Los curas en el ELN
Hacia 1969 ingresan los sacerdotes españoles José Antonio Jiménez Comín y Manuel Pérez, quien hasta su muerte será comandante del movimiento fundado por Fabio Vásquez Castaño, Ricardo Lara Parada y Víctor Medina Morón. Asimismo, seguirá el mismo camino el médico Julio César Cortés Bolívar, fundador de la revista Bisturí, de la Facultad, miembro directivo de la Fundación Universitaria Nacional (FUN) y tío paterno del periodista Julio Cortés Monroy, cuyo padre, Carlos, también fue un destacado dirigente estudiantil y médico de la Nacho.
Otros líderes de la principal universidad del país llegarían a las filas del movimiento insurgente, cuya presencia allí generó fuertes discusiones que la cúpula del ELN no supo manejar y dio lugar a muchos fusilamientos.
Sobre los restos de Camilo
Por estos días, el Instituto de Medicina Legal estudia los que podrían ser los despojos mortales de Camilo Torres Restrepo. De ser así, reclamamos el derecho moral de tenerlo en los predios de la Universidad Nacional de Colombia, su casa y nuestro orgullo. Sin embargo, surgen dudas por cuanto, según el general Valencia Tovar, en 2007, los restos habrían sido entregados a Fernando Torres Restrepo, psiquiatra hermano de Camilo, quien falleció en Estados Unidos luego de vivir por largo tiempo en Argentina.