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Ciro Gómez Ardila
Ph.D., profesor de Inalde Business School
Me comentaba un amigo en estos días que no había votado, decepcionado como estaba por la corrupción rampante: no encontraba sentido a votar. “¿Para qué?”, me preguntaba. Se unía así al grupo de los desencantados con nuestro sistema político, entre los que destacan aquellos que sin más contemplación exclaman que “en Colombia no hay democracia”.
Quizá no les falten razones para su, llamémoslo, escepticismo. Si miramos en una dirección vemos funcionarios millonarios que incumplen su juramento y usan el poder que les otorgan sus conciudadanos para su beneficio personal, directivos que usan sus empresas para robar al Estado y grupúsculos que pululan a su alrededor tratando de sacar provecho. Y si vemos en la otra dirección es aún más grave: se nos presentan las consecuencias humanas de ese crimen en forma de pobreza, dolor y abandono. Las imágenes que presenciamos todos los días en las calles o en las noticias son un grito constante a nuestra conciencia: ¿cómo es posible que esto pase hoy y aquí? ¿Cómo permitimos que un ser humano deba vivir así? Dos caras de una misma moneda que nos llaman al pesimismo y el desengaño.
Pero quedarnos en ese estado no parece ser lo más justo con quienes se han sacrificado para que tengamos lo que hoy tenemos. Como otros antes, Newton repite la idea de que no es que fuera tan grande, sino que estaba parado en hombros de gigantes. Y esta frase se aplica con igual justicia al genio y a nosotros. Si estamos donde estamos es porque estamos en hombros de gigantes. ¿Qué gigantes? Todos los que nos precedieron, que lucharon por un mundo mejor: filósofos, científicos, revolucionarios, escritores, héroes conocidos y desconocidos. ¿Acaso podemos creer sensatamente que no vivimos mejor y con más libertad que la mayoría de nuestros antepasados? ¿Acaso podemos creer que no tenemos nada que agradecer? ¿Puede haber algo más alejado del agradecimiento que el desprecio o la indiferencia?
Discusiones semánticas aparte, ¿qué es lo que entiendo por democracia en nuestro país? Creo que una característica muy importante es, siguiendo a Popper, el cambio de gobernante sin derramamiento de sangre. Esto puede parecer poca cosa y se puede alegar que “son los mismos con las mismas”, pero lo cierto es que “los mismos” es distinto de “el mismo” (o “la misma”). Un país que por años y años tenga el mismo gobernante, por bueno que este sea, es menos democrático que uno en el que haya transición en el poder.
Una segunda característica, muy importante también, es la libertad de prensa, la posibilidad de opinar distinto, la oportunidad de criticar, incluso al gobernante, sin que en ello uno se juegue la vida. Hay casos de lo contrario, muchos, muy lamentablemente, y no hay que dejar de luchar para que eso no vuelva a ocurrir, para que las persecuciones por las ideas se acaben. Pero son justamente estos perseguidos y asesinados por sus ideas, por defender una posición distinta, por elevar una crítica o desatapar un entuerto, los que nos deben animar a no bajar la guardia o caer en el desánimo. El peor homenaje que se les puede hacer es no seguir luchando por una sociedad más democrática.
Una tercera característica es la separación de poderes y muy especialmente una justicia independiente que se sustente en “todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario”, “todos somos iguales ante la ley” y “todo ser humano tiene unos derechos inalienables”. Sí, es cierto, parecen frases gastadas, lugares comunes, incluso conceptos vacíos. Pero me temo que eso obedece no tanto a que en la práctica no se lleven a cabo, como a que estamos tan acostumbrados a vivir con ellas que nos parece que no existen.
Una democracia debe buscar el bien común, y cuando se vive en un país marcado por la desigualdad es natural que dudemos de nuestra democracia. Pero no creo que nos hagan bien quienes, como caballito de batalla, aducen sus deficiencias para desprestigiarla; de tanto atacarla, podemos perderla. Opino, al contrario, que debemos valorarla, sentirnos agradecidos y hasta maravillarnos de que podamos vivir en sociedad bajo las normas en que vivimos; no para bajar la guardia, sentirnos complacidos y desconocer sus muchas mejoras posibles, sino para defenderla con la conciencia clara de lo mucho que falta por hacer para sentirnos más orgullosos de ella.
A mi amigo le hice las reflexiones anteriores y lo impulsé a buscar juiciosamente la mejor opción para votar, la mejor forma de participar. Le pedí que dejara el desánimo porque mucho de lo que tiene y disfruta se lo debe a esta democracia que tenemos, imperfecta, pero democracia.