Sentado en un avión de la Policía, Juan Fernando Cristo, el tercer ministro del Interior de Gustavo Petro, llama al alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán. Son las 6:30 de la mañana de un martes en el que cerca de dos mil indígenas avanzan desde Risaralda hacia la capital para exigirle apoyo al Gobierno. “Son 48 buses”, confirma Cristo. Es un tema que ya había hablado minutos antes con Martha Carvajalino, su homóloga de Agricultura. “Tomémonos un café y hablamos de ayer”, le propone luego al alcalde, haciendo referencia a un debate de control político por la crisis de agua en la ciudad. Sus días transcurren así: hilando diálogos y concertando entre los personajes de la política nacional, mientras trata de avanzar en las tres tareas que le asignó el jefe de Estado hace cinco meses: un acuerdo nacional, la implementación del Acuerdo de Paz de 2016 y la autonomía regional.
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A Cristo se le nota cómodo en su rol como ministro de la política. Es el mismo que había ocupado hace 10 años, cuando el presidente era Juan Manuel Santos. Es “un ministro reincidente”, como a él mismo le gusta llamarse. Hoy lo que está en juego para el gobierno es distinto: no es el futuro de una negociación con la guerrilla más antigua del país, sino el legado del primer gobierno de izquierda que, en medio de una lluvia de críticas por su gestión, busca quedarse, por lo menos, cuatro años más con la Casa de Nariño.
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Que haya tomado las riendas de la cartera del Interior del primer gobierno progresista del país fue un proceso que comenzó hace tiempo. De hecho, ese no fue el primer cargo que le ofreció la administración de Petro. Primero pensaron en él para asumir la Consejería para el Posconflicto. La implementación Acuerdo de Paz es un tema que lleva en las entrañas y sobre el que escribió, junto a Guillermo Rivera —actual embajador en Brasil—, el libro Disparos a la paz. Sin embargo, en ese momento, Cristo tenía otras prioridades: las elecciones regionales estaban cerca, y su atención estaba centrada en fortalecer su partido, En Marcha.
Una vez superados los comicios, la Casa de Nariño volvió a llamarlo. Esta vez con una propuesta diferente: convertirse en el ministro de la Política. Para entonces, Cristo llevaba varios años lejos de los círculos de poder. Había estado dedicado a su colectividad, a la consultoría, compartiendo con su familia e incluso escribió otro libro de cartas dedicado a su padre, Jorge Cristo Sahium, un líder liberal asesinado por el Eln. Tras varias llamadas, accedió a reunirse con el presidente Petro. Una reunión llevó a otra, y, así, terminó aceptando el cargo al frente del Ministerio del Interior, una decisión que contó con el respaldo del expresidente Santos. “Me pareció que lo podía ayudar”, anotó Cristo, quien se posesionó el 8 de julio de 2024, en reemplazo de Luis Fernando Velasco.
No le preocupó ser asociado con un proyecto de izquierda, un tema clave para alguien a quien muchos ven con aspiraciones presidenciales, como aquellas que tuvo en 2022. Según contó: “Yo no tenía esa preocupación; si la hubiera tenido, no lo hubiera hecho. Mi preocupación era llevar una vida tranquila”. “Yo no soy de izquierda”, añadió el ministro, una frase que detona malestares dentro del Pacto Histórico, que también ha dicho que al gabinete le falta representación ideológica. Su decisión de unirse al gobierno la resume así: “Si uno no estuviera de acuerdo con el espíritu reformista, no estaría en el gobierno”.
La más reciente explosión en el corazón político de ese gobierno al que ingresó llegó 12 horas antes de que Cristo abordara ese avión de la Policía con destino a Cartagena. Armando Benedetti, que llevaba 10 meses como embajador de Colombia ante la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), renunció a su cargo. Convertido ahora en asesor presidencial, Benedetti trajo consigo la sombra de sus múltiples escándalos y despertó inquietudes entre varios ministros, que le exigieron explicaciones al presidente. Sin embargo, a Cristo el tema pareciera no preocuparle, a pesar de que el exdiplomático, una persona a la que conoce hace más de 30 años, estará dedicado a asesorar temas relacionados con el Congreso, una función que claramente se pisaría con suya. “Él hará lo suyo y yo haré lo mío”, se limitó a decir mientras revolvía medio paquete de azúcar en su tinto antes de despegar.
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En la capital de Bolívar estuvo dos horas exactas. El tiempo justo para saludar a Dumek Turbay, quien llegó a la Alcaldía de Cartagena en 2023 con el respaldo de En Marcha, que perdió su personería jurídica en mayo de este año y cuya disputa aun continúa en las instancias judiciales; y dar un discurso sobre en el marco de un foro sobre la campaña “De qué trata la Trata”. “Hace siete años salí de la primera etapa del Ministerio del Interior y me preocupa la manera como ha avanzado el delito de trata en este tiempo”, comentó ante el auditorio. Su voz es tranquila y sus discursos van al punto, sin sumergirse en la retórica.
De regreso en el avión estudia la ponencia positiva del Sistema General de Participaciones (SGP) que, para ese momento, estaba a solo un debate de convertirse en ley de la República. Hoy ya está en conciliación. Esa última discusión en la plenaria de la Cámara pintaba ser sencilla: el acto legislativo pasó de manera unánime en la Comisión Primera, donde Cristo hizo presencia hasta el último momento. “Esta ha sido una buena semana”, trinó ese día. El articulado, que busca aumentar las transferencias a las regiones, fue la tercera victoria que sumó Petro en el Congreso en cuestión de 36 horas. Ese martes, el Senado eligió a Miguel Polo como nuevo magistrado de la Corte Constitucional con 57 votos, respaldando la candidatura promovida por el Ejecutivo; y el lunes, la Comisión Séptima de la Cámara dio luz verde, en primer debate, a la reforma a la salud. Esta racha de triunfos, especialmente el logrado en el alto tribunal, refleja la capacidad del Gobierno, en manos del ministro de la política, de repotenciar sus estrategias para construir mayorías, incluso en un Senado que ha sido un obstáculo recurrente durante los últimos dos años.
Su labor, sin embargo, no ha estado desprovista de críticas. Su aterrizaje en “el gobierno del cambio” ha sido cuestionado incluso por miembros del Pacto, como Isabel Zuleta, quien ha calificado como “pésima” su gestión y argumenta que Cristo y su partido tienen su propia agenda. Recientemente, reprochó que uno de los legisladores de En Marcha fuera quien promovió el debate de moción de censura contra el ministro de Comercio, Luis Carlos Reyes.
A las once de la mañana, el ministro ya estaba de regreso en Bogotá. Su primera llamada al tener señal fue a su viceministro general, Gustavo García, para preguntarle por el ambiente en el Capitolio. La segunda, a Ariel Ávila, quien preside la Comisión Primera del Senado, donde comenzó el debate de la reforma política. Una hora más tarde, Cristo ya estaba sentado al lado del senador de la Alianza Verde. Ese día, le dieron luz verde al proyecto, negando la proposición de archivo. Unos días después, superó el primer debate. El futuro del acto legislativo no le preocupa, pues como dicen algunos en el Capitolio, “una primera vuelta no se le niega a nadie”.
El Congreso de la República es una de las tres vértices del triángulo en el que se mueve a diario, junto con La Giralda, sede del Ministerio del Interior, y la Casa de Nariño. En esos pasillos, a los que llegó por primera vez en 1998 como senador, pone en práctica sus reveses para continuar destrabando el ambicioso paquete de reformas del “gobierno del cambio”. Afirma que la fórmula que le permite construir confianza entre los distintos sectores, y que incluso llevó a la senadora del Centro Democrático Paloma Valencia a firmar la presentación de la jurisdicción agraria, a pesar de los fantasmas iniciales relacionados con la expropiación exprés, es la misma que utilizó hace una década: “escuchar mucho, hablar con franqueza y dejar claro hasta dónde se puede llegar”.
Su tarea, como la de sus antecesores (Velasco y Alfonso Prada), es lograr que los acuerdos que construye resistan las pruebas a las que a menudo los somete el propio presidente, quien no duda en lanzar pullas a figuras específicas desde su cuenta de X. En la primera mitad del gobierno Petro, el Ejecutivo y el Legislativo han mantenido una relación tensa, la cual se agravó luego de que Efraín Cepeda quedara elegido como presidente del Congreso y, como parte de las comisiones económicas, liderara la negación histórica del monto propuesto por la Casa de Nariño para el presupuesto nacional. Hoy, el primer mandatario incluso señala al conservador en sus discursos públicos de querer sabotearlo para arruinar las posibilidades de la izquierda en 2026. Ahora Cristo deberá jugársela para lograr que, antes de que acabe el año, se dé la discusión de la ley de financiamiento, con la que cual se busca subsanar un hueco de $12 billones en el PGN, a pesar de que los legisladores no han querido firmar la ponencia positiva.
Sin embargo, Cristo insiste en que “el presidente escucha a sus pares más de lo que la gente cree”. Afirma que, con el tiempo, ha llegado a la conclusión de que “los presidentes se van ensordeciendo”. Como ministro del Interior, ha intentado establecer comunicación con los expresidentes Álvaro Uribe y César Gaviria, quien además lidera el Partido Liberal, colectividad en la que Cristo militó gran parte de su vida. Sin embargo, ambos le han hecho saber, a través de mensajes, que aunque no es algo personal, no tienen interés en dialogar con este gobierno.
“A la gente se le olvida, pero yo he estado mucho más tiempo en la oposición que en el gobierno”, dice al recordar la época en la que fue senador y Uribe Vélez presidente. Aunque tuvieron puntos en común, como su intención de acabar con la Comisión Nacional de Televisión, su choque más fuerte en ese momento fue cuando el entonces primer mandatario hundió la Ley de Víctimas, iniciativa de Cristo, en la etapa de conciliación. Se reconciliaron años después, en la renegociación del Acuerdo de Paz de 2016. Como senador también le hizo una moción de censura al entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, quien se lo recuerda entre risas cuando toman whiskey. “No sé si soy muy optimista, pero yo creo que sí existen los amigos en la política”, dice Cristo.
Sobre las 5:00 p.m., Cristo regresa al Capitolio, después de unas breves paradas en el Palacio de Nariño y en La Giralda. En la plenaria del Senado, habla con Cepeda en la mesa directiva, y luego salta de un lugar a otro del recinto, sentándose al lado de los legisladores, conversando y, sobre todo, riéndose. Se le nota divertido. Más tarde, en el salón de apoyo, hace lo propio con algunos de los recién designados ponentes de la reforma laboral, como Ferney Silva, del Pacto Histórico, y Norma Hurtado, del Partido de la U. Tener una estrategia clara es fundamental: este proyecto y se abrirá paso en la Comisión Séptima del Senado, la misma donde, el año pasado, se hundió la reforma a la salud.
La jornada concluye con su participación en el consejo de ministros, donde aún se respiran tensiones por la reciente llegada de Benedetti. Mientras camina entre el Capitolio y la Casa de Nariño, Cristo responde sobre si ese será también su recorrido simbólico: ¿renunciará antes de que termine el año para enfocarse en una posible candidatura en los comicios de 2026? Su respuesta, con un toque de humor, es cauta: “Déjenme pasar la Navidad”. Sin embargo, en enero ya deben haber renunciado los repartidores de gasto que tengan aspiraciones electorales. Para entonces, el ministro espera tener una respuesta sobre la tutela que podría devolverle la vida a su partido político.
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