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La memoria difusa de un presidente negro

A propósito de la elección de Barack Obama en E.U., esta es la historia de nuestro ilustre mandatario mulato.

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Javier Ortiz Cassiani * / Especial para El Espectador
24 de enero de 2009 - 10:00 p. m.
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Si nos ubicamos en el escenario nacional de mediados del siglo XIX, con su agitada vida política y militar, no resulta para nada extraño el que un mandatario haya ocupado la presidencia de los Estados Unidos de Colombia durante escasos seis meses. Lo que sí llama profundamente la atención, en el contexto civilizador del siglo XIX, es el hecho de que ese personaje haya sido un mulato de origen humilde, nacido en un pequeño caserío del Caribe colombiano.

Entre el 25 de enero y el 18 de junio de 1861 Juan José Nieto Gil, gracias a la unión de varios estados, fue presidente de la nación colombiana. Con el propósito de derrotar al gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez, los estados soberanos de Bolívar (cuyo presidente era Nieto), Magdalena, Santander y Cauca, se unieron en torno a la figura de Tomás Cipriano de Mosquera para presidente de los Estados Unidos de Colombia.

El 25 de enero de 1861, debido al retraso de Mosquera para llegar a Bogotá y ocupar el poder, Juan José Nieto, desde Barranquilla, a través de un decreto se autoproclamó presidente de la Unión y escogió a Cartagena de Indias como “capital provisional de los Estados Unidos de la Nueva Granada”. Una vez llegó Mosquera a Bogotá asumió la presidencia, y Juan José Nieto empezó su decadencia política. El 16 de julio de 1866 murió en la capital de Bolívar.

Son pocos los detalles que se tienen de la figura de Nieto. Orlando Fals Borda lo describe como un hombre “fornido, de piel cetrina clara (o trigueña oscura), ojos zarcos verdosos, nariz recta y amplia, labios finos, cejas arqueadas y cabello negro medio rizado”. Lo que sí sabemos con claridad meridiana es que su soporte político y militar estaba representado por negros, zambos y mulatos de Cartagena de Indias, y que su imagen para esta población fue un referente hasta comienzos del siglo XX. Expresaba su posición antibolivariana y mostraba afectos por el proyecto político de Francisco de Paula Santander, a quien conoció personalmente en 1832.

En 1834 publicó un folleto titulado Derechos y deberes del hombre en sociedad, en el que muestra abiertamente su defensa del sistema liberal republicano y su rechazo a las pretensiones monarquistas: “Son reos de alta traición y deben castigarse cuando traten de mudar en monárquico absoluto el sistema de gobierno republicano que se haya dado una nación; todo el que promueve el despotismo debe perseguirse por los pueblos”, escribió. Dos años más tarde, en 1836, con el apoyo de los artesanos del barrio de la Catedral, donde tenía su vivienda, llegó a ser representante en la Cámara Provincial de Cartagena.

Sin embargo, lograr sus objetivos no fue fácil porque sus adversarios políticos siempre le recordaron que era un “pardo”, un “cobrizo” advenedizo que se apropiaba de los espacios que por tradición les pertenecían; se burlaban de sus escritos y de su condición de hijo de hacedor de mechas de un remoto pueblo de la provincia, sin los abolengos de Cartagena de Indias.


En 1844 publicó la que algunos críticos consideran la primera novela nacional, Ingermina o la hija de Calamar, que narra los difíciles amores entre Alonso de Heredia, sobrino del conquistador Pedro de Heredia, y la indígena Ingermina. Unos años antes, en 1839, había escrito la Geografía histórica, estadística y local de la provincia de Cartagena, y más adelante publicó las novelas Los Moriscos, Rosina o la prisión de Chagres, un diccionario mercantil en inglés, y algunos dramas que fueron representados en teatro.

En el contexto del siglo XIX, asumir una reivindicación política a partir de la condición racial por parte de los grupos afrodescendientes era un suicidio político. Por el temor a la movilización racial el almirante mulato José Prudencio Padilla fue fusilado, mientras que Santander, considerado el adalid de la conspiración septembrina, fue desterrado a Francia.

Pero Nieto siempre apeló a su discurso. “De la nada hemos visto salir muchos grandes hombres”, dijo en una alocución durante un acto de liberación de esclavos en 1852, y exhortaba a los presentes a ser industriosos, aplicados, evitar la holgazanería y alejarse de los vicios.

Hay que entender que los análisis sistemáticos de la población negra desde la moderna historiografía en el Caribe colombiano apenas si alcanzan los 15 años. Sin embargo, el tema es tan controversial que un colega historiador, en un arrebato intelectual que envidiaría Thomas Kuhn, se atreve a afirmar que se ha construido una especie de paradigma historiográfico.

En un país que ha usado hasta la saciedad el discurso del mestizaje para ocultar el racismo, una de las figuras cimeras de la política nacional sigue habitando los terrenos brumosos de la memoria colombiana.

*Historiador

Un autodidacta con ambiciones

Juan José Nieto nació el 24 de junio de 1804 en la Loma de la Puerta, cerca de Baranoa, Atlántico. Hijo de Tomás Nicolás Nieto, “curandero, partero y albañil”, quien además fabricaba mechas de algodón. Desde pequeño se interesó por la lectura como autodidacta. La familia se trasladó a Cartagena y, a pesar de su origen humilde, hizo amistad con importantes familias de la ciudad. En 1827 se casó con María Margarita del Carmen, heredera de José Palacio Ponce de León, comerciante canario que había empleado a Nieto como escribiente y ayudante en su tienda. Tras la muerte de María, se casó en 1834 con Teresa Cavero, hija de Ignacio Cavero y Cárdenas,  administrador de carrera de la Real Aduana y luego presidente de la Junta Suprema de Cartagena que proclamó la Independencia.

Por Javier Ortiz Cassiani * / Especial para El Espectador

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