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“La solución es política”

El presidente Hugo Chávez plantea la creación de un ‘bloque’ internacional por el acuerdo humanitario.

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El Espectador
06 de marzo de 2008 - 12:00 a. m.
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Los recuerdos permanecen intactos en la memoria y los años de cautiverio, enclaustrados en lo más profundo de la selva, con muchos días sin poder ver la luz del sol, los mermaron físicamente, pero al mismo tiempo sirvieron para llenarse el alma de firmeza y resistencia ante la adversidad. Los ex congresistas Luis Eladio Pérez, Eduardo Beltrán, Jorge Eduardo Géchem y Gloria Polanco repasan hoy uno a uno los momentos de dolor, angustia y esperanza que vivieron, soñando cada noche con la libertad, aunque muchas veces ella implicara la misma muerte.

Eso le pasó a Pérez. Pensó que lo iban a matar la vez que se fugó junto a Íngrid Betancourt y después de cinco días tuvieron que entregarse a sus verdugos. “No tuve la resistencia, me asusté por mi diabetes, no teníamos alimentación, andábamos en la noche por los ríos y nos dio hipotermia”. La fuga la planearon durante meses. Se dedicaron a guardar algunos elementos para sobrevivir en la jungla. El 20 de julio de 2005, los guerrilleros que los custodiaban comenzaron a cercar el campamento con alambre de púas y decidieron escapar llevando como provisiones media panela, algunas galletas y tres anzuelos.

Nadaban por los ríos y, con gran habilidad, Íngrid pescaba con los anzuelos. Se comían los pescados crudos, imaginando que era Sushi. “Fui inferior a Íngrid. Acababa de pasar una crisis por la diabetes y me asusté. Teníamos hipotermia, la comida se nos acabó y la guerrilla montó un gigantesco operativo para recapturarnos. Yo reconozco que fallé frente a la magnitud y gran capacidad de Íngrid para soportar esas situaciones y nos entregamos”, contó Pérez.

Otra vez en poder de la guerrilla, vino la represión. “Intentaron pegarle a Íngrid para que se dejara colocar las cadenas. La situación se tornó muy complicada y ello nos generó una situación de maltrato permanente. Contra ella hay una animadversión tremenda, le dicen que burguesa, que política. El comandante guerrillero nos gritó que mo iban a fusilar por nuestra culpa. Yo le dije a Íngrid que le recomendaba a mi familia, que me perdonaran por lo que había hecho. Sabía que me iban a matar. Y le dije eso porque tal vez a ella no le harían eso, porque yo sé que para las Farc ella es su botín de oro, pero estaba convencido que me matarían”.

El pasado 4 de febrero, Luis Eladio Pérez vio por última vez a Íngrid Betancourt. “Nos habían separado desde julio del año pasado, y sólo en enero coincidimos en una marcha. La veíamos de lejos en un caño que teníamos para bañarnos. El 4 de febrero, antes de empezar la caminata a la libertad, nos volamos y nos encontramos por unos cinco minutos. Estaba deteriorada física y moralmente, por eso su liberación es un tema de correr contra el tiempo, contra la muerte. Me contó que le habían dado calcio y vitaminas, que estuviera tranquilo, que no me preocupara. Por último me gritó: Lucho, disfrute cada minuto de libertad”.

Para Gloria Polanco, la esperanza de volver a ver a sus hijos fue la razón de lucha para mantenerse con vida. La tarde del 3 de diciembre de 2005, en la radio, supo que su esposo, Jaime Lozada, había sido asesinado. “Sentí morirme, no podía creer lo que estaba escuchando. Lo único que hice fue meter un grito de dolor profundo y decir ‘¡lo mataron!’. Lloraba y lloraba angustiada porque sabía que mi hijo Jaime Felipe estaba herido en el hospital. Después oí la noticia que estaba bien. Llovía a chuzos y yo me metí a llorar a una carpa cuando llegó un guerrillero con una vela y un encendedor para que hiciera mi duelo”.

Al otro día le tocó caminar. Durante casi un mes no probó comida. Con el paso del tiempo sacó fuerzas pensando en sus hijos: “Ellos me necesitaban, habían quedado solos”, se dijo a sí misma. “Tomé conciencia, ellos me daban toda la fortaleza. Me decían en mensajes radiales que estaban fuertes y echando para adelante, y eso me ayudó muchísimo, por lo que traté de superar todo esto, con mucho dolor”. Hubo momentos en que les dijo a sus carceleros que sus hijos habían quedado huérfanos, pero ellos le decían que no, que tenían a la mamá. “Yo les respondía que no, que estaba muerta en vida y que mis hijos se encontraban allá sufriendo amargamente”.

El regreso de Jorge Eduardo Géchem ha sido dramático: tiene problemas cardiacos, gástricos, cerebrales y en la columna. Un golpe en la cabeza, producto de la caída de una hamaca en la que era movilizado por los guerrilleros, le produjo atrofia cerebral. Durante el secuestro perdió 16 kilos de peso. “El amor hacia mi familia y el país fue el combustible de vida que me permitió soportar el secuestro. Le doy gracias a Orlando (Beltrán) por el apoyo en los momentos más críticos. Él me recogía y yo me quedaba quieto en un plástico durante 15 días”.

Los compañeros de cautiverio, aquellos que se quedaron en la selva, están siempre presentes en la mente de los liberados. “Aguanta Íngrid. He hablado con el presidente Chávez y hay una esperanza. No puedo decir cuál es la fórmula, pero aguanta Íngrid”, dijo Orlando Beltrán, quien confesó que las condiciones del secuestro son dolorosas y que el único momento agradable que tuvo durante los últimos años fue cuando se subió al helicóptero rumbo a la libertad. “Del resto, eso es sólo un profundo sufrimiento”.

“Íngrid tiene un problema hepático –reveló Luis Eladio Pérez–, es muy maltratada por la guerrilla, está encadenada y rodeada de personajes que no le han hecho para nada agradable la vida, eso hay que decírselo al mundo”. Los cuatro liberados coinciden en que las Farc no están debilitadas, que dominan gran parte del territorio colombiano, donde el hambre y la pobreza hacen fértil el reclutamiento de hombres, mujeres y hasta niños para la guerra. “La solución es política”, dicen.

Hoy se habla de una nueva propuesta que implica, en un primer paso, que emisarios del Gobierno colombiano y las Farc se sienten cara a cara a instancias del grupo de países amigos. La comunidad internacional se moviliza. El presidente venezolano, Hugo Chávez, dice que seguirá haciendo “todo lo que se pueda para liberar a los secuestrados y buscar el camino de la paz”, y el primer mandatario francés, Nicolás Sarkozy, asegura estar dispuesto a meterse en la selva para recibir a Íngrid. España, Brasil, Ecuador y otros países más claman también libertad.

Mientras tanto, Orlando Beltrán, hoy libre pero con la imagen de sus compañeros pudriéndose aún en selva, concluye: “El país no puede seguir por el sendero de la violencia. Hay que hacer un alto en el camino, llegar a acuerdos, obligar a la guerrilla que acepte abolir el secuestro como método de lucha política y buscar el sendero de un proceso de paz”.

Por El Espectador

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