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Las dos versiones de la parapolítica

¿Qué deja la lectura de los libros de Arco Iris y José Obdulio Gaviria? Un debate que sólo podrá zanjarse a partir de verdades judiciales legitimadas por la opinión nacional e internacional, no por métodos y observaciones científicas.

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Gustavo Duncan*/ Especial para El Espectador
15 de noviembre de 2008 - 10:00 p. m.
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Aunque ambos libros se presenten como investigaciones científicas para probar y negar una serie de hechos, su valor está en que por sí mismos son acontecimientos políticos: Parapolítica, la ruta de la expansión paramilitar y los acuerdos políticos, de la Corporación Nuevo Arco Iris, y Parapolítica, verdades y mentiras, editado por José Obdulio Gaviria, ofrecen a sus lectores los argumentos básicos para un debate nacional.

No importa la posición que se defienda o ataque, los dos libros contienen los elementos de juicio centrales que marcan el debate entre quienes exigen a uno de los gobiernos más populares del mundo responsabilidad por los acuerdos de la parapolítica, contra quienes anteponen los resultados de gobierno y la confianza en que el Presidente no está directamente vinculado.

Y este es un debate que sólo podrá zanjarse a partir de verdades judiciales legitimadas por la opinión nacional e internacional, no por métodos y observaciones científicas. Por eso el juicio sobre ambos libros no puede diluirse en la calidad de su contenido científico, sino en su impacto en la vida política nacional.

La versión de Arco Iris

La marquilla de la carátula del libro de Arco Iris invita a una lectura muy diferente a la que uno encuentra en sus páginas: “La investigación más escalofriante de la historia reciente”. En vez de una crónica periodística donde se narran situaciones puntuales en que políticos corruptos se reúnen con sanguinarios jefes paramilitares para acordar matanzas y amañar resultados electorales, hay una serie de once artículos más bien matizados por el lenguaje de las publicaciones académicas. Más aún, sólo en tres de ellos se encuentran alusiones con nombres propios a políticos que por datos de votaciones atípicas se anuncian como potenciales ‘parapolíticos’.

Fueron los artículos de León Valencia, Claudia López y Laura Bonilla los que levantaron ampollas en la coalición de gobierno.

Por dos razones: incluían nombres del círculo íntimo del Ejecutivo y el texto, más allá de si era leído o no, se convirtió en un símbolo de la investigación sobre la relación entre paramilitarismo y clase política.


Los avances que realizaban la Corte y la Fiscalía en materia de detenciones de congresistas y las denuncias de los medios noticiosos, tuvieron entonces un soporte académico. La población colombiana que mueve sus preferencias y percepciones políticas a través de los medios de opinión encontró un texto que soportaba su indignación frente a más de sesenta miembros del Legislativo investigados.

¿Era el análisis de datos electorales de Arco Iris, desde el punto de vista estrictamente científico, una prueba suficiente de la parapolítica? En términos puristas podría afirmarse que no. No necesariamente las votaciones atípicas eran una prueba irrefutable que determinado político se había reunido y llegado a acuerdos electorales con jefes paramilitares. Pero conozco de primera fuente gran parte de la información de campo levantada por Arco Iris en las regiones.

Lo que al final salió en sus páginas no fue ni el uno por ciento de lo ‘escalofriante’ que los investigadores recolectaron en sus entrevistas regionales. El escándalo hubiera sido mayúsculo. Todavía el país no estaba enterado de la magnitud de la parapolítica, no habían comenzado los procesos en la rama judicial. Mucho de lo que luego se conocería por la labor de la justicia, la prensa y hasta las confesiones de los paramilitares, ya era material de esas investigaciones.

Hasta donde tengo entendido los resultados del trabajo de campo no fueron incluidos por temor a retaliaciones. El uso del análisis de datos electorales a mi modo de ver fue una alternativa al problema de cómo presentar una información que salía a borbotones desde las regiones, sobre todo cuando las atipicidades electorales se mezclaban con datos de presencia paramilitar.

Y pese a que luego de la publicación llovieron críticas de académicos y políticos que cuestionaban los métodos utilizados, lo importante del trabajo de Arco Iris fue que contribuyó a poner la discusión política en un tema crucial para el país. Lo de la calidad investigativa en términos estrictamente académicos era secundario en comparación con los efectos de movilización de la sociedad para hacer algo frente al fenómeno. Gracias al escándalo de la parapolítica la sociedad presionó a las instituciones judiciales para que, así sea de manera parcial, desmontaran una clase política que ha llegado al poder gracias a la criminalidad.

El juicio del libro de Arco Iris, como una organización de la sociedad civil, debe girar en torno a ese papel.

Para los investigadores, la osadía no salió gratis. Tres de ellos fueron amenazados y tuvieron que exiliarse o vivir con escolta permanente.

La respuesta de José Obdulio

El libro de José Obdulio Gaviria saldría al mercado aproximadamente un año después. Sería una colección de artículos en tono de réplica a la parapolítica de Arco Iris, tanto así que en varios de los artículos se cuestiona en lo personal el trabajo de Claudia López y León Valencia. El libro en últimas busca difundir un mensaje de que el escándalo de la parapolítica existió pero está magnificado y que con ciertos políticos se ha llevado a cabo una injusta cacería de brujas.


La respuesta gira en torno al cuestionamiento ya mencionado de la validez de los métodos investigativos de Arco Iris. Uno puede cuestionar que las estadísticas de concentración electoral sean un indicador definitivo de demostración de vínculos entre clase política y paramilitares, pero de allí a creer que en Colombia esos vínculos no existieron —y continúan existiendo—, hay mucho trecho. Y en el texto de José Obdulio, pese a reconocer parcialmente esa relación, se pone en duda que con la evidencia ofrecida pueda acusarse a determinados miembros de la clase política.

Con ese argumento el texto pasa a rechazar las acusaciones concretas. Varios autores reclaman la inocencia de casos puntuales, en su mayoría de Antioquia, como Mario Uribe y Rubén Darío Quintero, frente a las cifras de Arco Iris.

En esos casos la verdad se debate en decisiones judiciales a posteriori que reivindican a los acusados mientras que la información de campo señala lo contrario.

Tienen algo de razón José Obdulio, Libardo Botero y demás autores al cuestionar la validez de un papel inquisidor por parte de Arco Iris a partir de puros datos electorales. Pero en su contra pesa que al día de hoy no se trata de un asunto de método científico, sino de verdades judiciales y de confesiones de los mismos actores del conflicto.

El problema no es que Claudia López o León Valencia sostengan que X o Y político se reunió con éste u otro paramilitar y recibió dinero para la campaña de aquel narcotraficante. El problema son todos los fallos de la justicia que corroboran tales afirmaciones, así como las propias declaraciones de los jefes paramilitares. Suena ridículo cuestionar los métodos científicos cuando Mancuso en sus cuentas del narcotráfico en Colombia habla de que por cada kilo de coca que el país exporta, se paga un millón de pesos en corrupción. Para corromper se paga a quien tiene poder y el poder en una democracia emana del proceso electoral, así esté viciado.

 *Profesor de Ciencia Política de la Universidad de los Andes y coautor del libro ‘Los señores de la guerra. Narcotráfico en Colombia. Economía y violencia’. Editorial Planeta.

Por Gustavo Duncan*/ Especial para El Espectador

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