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“Las familias también nos consideramos desaparecidas”: Esperanza Rojas

Hace 29 años las Farc desaparecieron a su esposo, un suboficial del Ejército, hecho que la motivó a crear, junto con sus hijos, dos organizaciones que trabajan especialmente por las víctimas de desaparición forzada y secuestro de la Fuerza Pública.

Erick González

29 de agosto de 2021 - 03:43 p. m.
José Vicente Rojas Rincón, esposo de Esperanza Rojas, fue desaparecido por las extintas Farc. /Sebastián González
Foto: Sebastián González
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El primer misterio

—Mi amor, cuida a tú mami y a tu hermano, yo vendré pronto, te amo.

Un abrazo y un beso a su mujer acompañaron las últimas palabras de José Vicente Rojas Rincón a su hija, Dina Maydén. No solo salió de su casa, salió de su base militar hacia el batallón. Luego de sus responsabilidades castrenses su plan fue regresar a la base. Salió del batallón, pero nunca llegó a su hogar. La logística de la vida falló; la táctica de la intuición, también. El frente 34 de las Farc, que asediaba la tranquilidad en inmediaciones de Carepa y Mutatá, en el Urabá antioqueño, frustró ese regreso el 2 de noviembre de 1992.

Esperanza, su esposa, decidió hacer honor a su nombre, lo buscó, incluso hubo un momento en el cual su nombre se iluminó: la guerrilla adoptó la estrategia de intercambiar a su esposo por “un guerrillero que se les había volado y se había entregado al batallón”, pero ese acto no logró disuadir a la comandancia militar. Tal vez el sacar ventaja de una situación en el conflicto que tanto aconseja aprovechar el chino Sun Tzu en El arte de la guerra, o el cuidado de no tener contemplaciones con sus hombres o exhombre en este caso, como lo advierte el mismo texto milenario, pudo desesperanzar esa idea. Pero ella no la perdía.

Al año siguiente se hizo pasar por una vendedora de mercancía, y en la vereda El Tres, del municipio de Turbo, fue retenida por el frente 5 de las Farc, a las dos de la tarde, y trasladada, junto con otras mujeres, a una zona de plataneras. “Quería saber si en ese grupo estaba mi esposo”.

La acusaron y acosaron con el cañón de un fusil porque no tenía cédula. “Gracias a Dios no la llevaba”. Su posible identificación hubiera sido fatal, tal vez compartir el destino del sargento que en frente de ellas torturaron, le quitaron las uñas, desmembraron y quemaron, según ella por el ascenso que prometen en esas huestes acorde al grado de sevicia exhibido.

A las siete de la noche las expulsan del campamento por sobrepoblación, con una intranquilidad a cuestas: su muerte o la de sus hijos si se dejan pillar. “Me toca salir de Urabá, algo muy duro porque en Carepa tenía la esperanza de que mi esposo regresaría pronto, verlo entrar por la puerta de la casa y ser la primera en verlo, en abrazarlo”.

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Llegó a Bogotá, y su primer destino fue el Hospital Militar. Su hijo enfermó en el trayecto. Allí vivió los primeros ochos días en la capital. Le dieron de alta, pero se sintió de baja. A ella y sus dos retoños, Dina, de cuatro años, y Emerson, de nueve meses, los acogió el asfalto. Un puente en el sector de Puente Aranda fue su hospedaje en las noches, irónicamente a pocos metros de los batallones militares de ese sector. “El frío bogotano me hizo sentir que estábamos en pelotas”.

“Aquí empiezo a enfrentarme a esta sociedad, tan cruel, tan difícil; con el tiempo lo único que ofrecían de trabajo era la prostitución. Créame que uno encuentra más apoyo en la gente de la calle que de las personas que deberían brindar apoyo”. Se le cree.

Estuvo seis meses con sus esperanzas a la intemperie. A pesar de no conseguir trabajo por un buen tiempo nunca tuvo el valor de pedir limosna. Los ahorros colaboraban para eso, pero las dádivas sin querer llegaban a sus manos. Una mujer en la calle con dos hijos pequeños es un imán para la caridad. Pero para las personas que arrendaban piezas, una mujer con dos hijos pequeños no son propiamente un imán para la caridad, y los ahorros no colaboraban para eso.

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En el barrio Santa Helenita intentaron robarla, pero al salir corriendo recibió una lección del ladrón, de las que no enseña ningún colegio, solo la universidad de la lleca: “Tiene que enfrentarse con las palabras, diga que no tiene, pero no salga corriendo, no demuestre miedo, que eso nos da rabia y por eso las chuzamos”.

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El segundo misterio

Por la salud de su hijo iba tanto al médico, que un día una enfermera le aconsejó que fuera al Ejército para que le dieran trabajo. Y así lo hizo. “Me dieron trabajo en el Ejército”. Los primeros beneficiados con el consejo: la espalda y la piel. Se despidieron del cemento, del cartón y del frío. Por fin pudo arrendar una habitación, gracias a la constancia laboral.

Ella, tan devota del Santo Rosario, supo que habían pasado los dolorosos, pero no sabe aún el porqué de ese primer misterio que vivió. No le llegaron propiamente los gozosos, los gloriosos, ni los luminosos, pero es seguro que sí… los trabajosos. Comenzó a ganarse el pan con el sudor de paredes, pisos y baños por muchos años.

Con el tiempo, a los servicios generales sumó sus dotes culinarias y algo de concursos, juegos y espectáculos. “A punta de empanadas, arepas, tamales, rifas y deudas le pagué el estudio a mis hijos”. Dina, la mayor, alcanzó a estudiar ocho semestres de Derecho; Emerson, que ahora tiene 29 años, es abogado con especialización en derechos humanos y Jessica Manuela, de 22, estudia octavo semestre de psicología. Después de tanta camándula le habían llegado los gloriosos.

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El párrafo anterior obliga el siguiente pie de página: Dina no terminó Derecho porque al octavo semestre la vida la obligó a enfrentar una prueba más difícil que el Saber Pro. En un encuentro de víctimas y victimarios, en mayo de 2014, le preguntó a alias “Karina” dónde estaba su padre. La negativa a responder de la exguerrillera hizo que perdiera esa prueba de vida, y ahora trabaja como secretaria en una universidad, aunque quiere probar otra vez con la administración de empresas.

Continúa el pie de página: la hija menor nació por un consejo de darle rienda suelta al corazón otra vez, para superar lo sucedido en Urabá, pero al poco tiempo tiro de la rienda y se desmontó de esa relación. Lo más misterioso de ese ensayo es que Jessica considera a José Vicente como su verdadero padre. “Le enviaba mensajes en el programa las Voces del Secuestro, en la sección Voces de Ángeles, a las 4:00 a. m.”, relata Esperanza.

El tercer misterio

Cuatro años antes de la primera aclaración llegarían los luminosos: conformó con sus hijos la Asociación Colombiana de Militares Secuestrados y Desaparecidos de Colombia (Acomides), por la indiferencia y el maltrato sufrido por las víctimas de la Fuerza Pública. “Hay entidades públicas y privadas que piensan que las víctimas militares no tienen derechos a ser reconocidas por su hecho victimizante”.

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En el 2013, con el refuerzo de abogados, psicólogos y más víctimas, crea la Fundación Colombiana de Víctimas del Conflicto Armado de Secuestro Desaparición Forzada y otros hechos victimizantes (Funvides), con el objetivo de poder presentar y cumplir con las reglas que exigía la implementación de la Justicia Transicional.

Entre Funvides y Acomides han entregado a la JEP seis informes de 334 soldados secuestrados, 112 desaparecidos de Ejército nacional, también de la Fuerza Aérea y de la Armada; el último dossier exponía los casos de mil desaparecidos en Colombia.

Tres años después de la primera aclaración, Esperanza fue coordinadora de la mesa distrital de víctimas, en Bogotá, el espacio que le permite a los sobrevivientes del conflicto armado incidir en la política pública de víctimas. Por dos años fue la esperanza de las personas de la Fuerza Pública afectadas por desaparición forzada y secuestro, ya que “reciben el rechazo social y el de las mismas víctimas civiles, que dicen que no tienen por qué estar ahí… a quienes les digo que la desaparición forzada no distingue a nadie, estamos buscando a seres humanos, a familiares que amamos”.

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En julio de 2020, Acomides ayuda a crear Red Ver, agrupación de 12 organizaciones de víctimas de desaparición y secuestro, de diferentes regiones del país, con el propósito de fortalecerse mutuamente y luchar entre todas por hacer realidad su lema Verdad, Esperanza y Reencuentro, a través de la “articulación e incidencia con las organizaciones de carácter público, privadas e internacionales que tengan como función la atención y reparación a víctimas del conflicto armado, especialmente de desaparición forzada”.

Sus esfuerzos también comprenden pasar al tablero o al escenario con la elaboración y participación de foros, talleres, charlas, cursos y otras actividades académicas, que permitan robustecer los conocimientos y el trabajo de las organizaciones y líderes que conforman la Red.

En esos ires y venires tuvo contacto con la Unidad para las Víctimas, de la cual ha recibido ayuda humanitaria y talleres psicosociales.

El último misterio

En el pretérito quedaron los tres intentos de suicidio, aunque no ha podido extirpar su pena. “No tenemos una recuperación completa porque no ha llegado esa persona que se fue diciendo que volvía; en nuestro caso solo sabemos que a mi esposo lo torturaron, porque las Farc dijeron que él pertenecía a la Inteligencia del Ejército, y eran muy vengativos con los que trabajaban en eso”.

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Si Esperanza ha desgastado camándulas para “poder encontrar a todos los desaparecidos de Colombia, que las familias dejemos de buscar, que podamos dejar de estar desaparecidas, porque las familias también nos consideramos desaparecidas”, también ha fustigado novenas para la prosperidad de sus hijos y la de ella. “Hace varios años cambió los servicios generales por los de cafetería, y continúo en el Ejército”

En ese recuento de su vida se cuelan dos sueños que tuvo con su padre y su abuela a los pocos días de fallecer, que desde el otro plano de la existencia le pedían que prendiera una vela por ellos, porque sentían que estaba muy oscuro. Extrañamente no tuvo ese sueño con su esposo, quizá por eso sus hijos y ella forman parte de las familias que no han aceptado la muerte de su ser querido y esperan los días gozosos, el que se cumplan o no es el gran misterio.

*Periodista de la Unidad para la Atención Integral y Reparación de las Víctimas

Por Erick González

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