La mujer que para muchos es la más poderosa del país se despierta a las 4:30 de la mañana al ritmo de un reguetón de moda que reemplaza el pitido tortuoso de la alarma del celular. Hace ejercicio, está pendiente de los cuidados de su hijo que aún no tiene tres años y, como si se tratara de una rutina ordinaria, a las 6:00 llama a sus papás para saludar y mantenerse al tanto de los asuntos familiares. Cuando les cuelga, sus minutos empiezan a pasar más rápido y se esfuman en llamadas y reuniones que van hasta la noche o la madrugada.
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Antes de las 7:00 de la mañana recibe un reporte al que muy pocos tienen acceso: los resultados de operaciones militares, incautaciones de drogas y riesgos de seguridad en diferentes partes del país. Luego habla con los ministros, principalmente con el del Interior y el de Relaciones Exteriores, quienes tienen en sus manos algunos de los asuntos más relevantes del Gobierno Nacional. Con suerte le quedan un par de horas despejadas en la mañana para ajustar otros compromisos, todo antes de que su jefe, quien vendría siendo el hombre más poderoso del país, empiece a despachar y la requiera para manejar su agenda.
La mujer más poderosa del país niega serlo. Es una politóloga de apenas 30 años, que mide menos de 1,70 metros y creció en una familia de clase media con el nombre de Laura Camila Sarabia Torres, hija de un suboficial de la Fuerza Aérea y una funcionaria del Ministerio de Defensa. Aunque ella insiste en que no tiene poder, hay evidencias que la posicionan, por lo menos, como una de las mujeres más influyentes de la política nacional.
Sarabia es la única persona con un asiento asegurado en los aviones, helicópteros y camionetas que transportan al presidente Gustavo Petro; en los viajes internacionales y en los consejos de ministros, reuniones de presupuesto y seguridad. Es también quien llama a los funcionarios de Hacienda cuando el mandatario está molesto porque no se han girado los recursos para poner en marcha cierta obra sobre la que tiene interés. Y, además, es la única que tiene el usuario y la contraseña de la cuenta de X de Petro, un dato no menor si se tiene en cuenta que es la plataforma por la que el jefe de Estado anuncia cambios en su gabinete, promociona sus resultados y riñe con opositores nacionales e incluso internacionales. Tan solo en su segundo año de mandato el presidente publicó 8.420 trinos.
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Según ella, su trabajo es “cuidar al presidente”, de hecho es quien coordina la seguridad del presidente, y, como se lo dijo a El Espectador, se precia de ser una de “las más leales” al “gobierno del cambio”. Sarabia se encarga de ejecutar todas las órdenes del presidente y, como varios lo han comentado, es quien incluso llama a los altos funcionarios para comunicarles que deben dejar un cargo o para consultarles a otros si quieren hacer parte de la administración.
En medio de una entrevista con este diario, la funcionaria se ve obligada a interrumpir la charla para atender varias llamadas que dan cuenta de su rol. Le contesta a un ministro y habla sobre un anuncio clave, luego le pide que “primero le cuente al presidente antes de hacerlo público”. Después la llama una senadora y ella se compromete a buscarle un espacio en la agenda del presidente, pero le notifica que solo tendrá cinco minutos.
Esas son sus funciones de jefa de gabinete, las que articula con las que acarrean su puesto de directora del Departamento Administrativo de la Presidencia (Dapre), entidad que este año maneja un presupuesto de $1,1 billones y una planta de 870 servidores públicos. En el día a día, una veintena de asesores la ayudan a que ningún tema crucial se le pase por alto.
Pero Sarabia no solo es una ejecutora de las órdenes del presidente, trabajo que, de acuerdo con sus cercanos e incluso contradictores, cumple a la perfección; gracias a su disciplina, agilidad mental y pragmatismo. También le habla a Petro al oído y en su segunda etapa en la Casa de Nariño, que arrancó en febrero pasado tras un breve paso por Prosperidad Social, asumió un papel que trascendió por mucho el de una secretaria privada.
Este año la funcionaria logró convencer al jefe de Estado de echar para atrás una propuesta de inversiones forzosas que habría escalado los choques del Ejecutivo con el Legislativo y el sector privado. En cuestión de semanas, Sarabia le apostó a una alianza, que al principio parecía improbable, entre el Gobierno y los banqueros. El resultado fue un “Pacto por el Crédito” que se traduce en desembolsos por $55 billones para reactivar, vía préstamos, los sectores estratégicos de Vivienda, Manufactura, Agro, Economía Popular y Turismo.
Sarabia intenta apartarse del foco y asegura que todas las conversaciones se dieron con el aval del presidente. “Yo le dije que lo planteáramos y de ahí en adelante siguieron las reuniones con Hacienda y Planeación. Quiero dejar claro que siempre trabajo de la mano con los ministros y con cada uno de los sectores, porque solo soy articuladora para que se entienda el mensaje. Siempre el ministro es el que encamina la política”, dice para recalcar que nunca da órdenes, sino que cumple las del presidente.
También bajo su batuta, el Ejecutivo ha logrado alianzas con el Grupo Aval para suplir necesidades básicas de comunidades wayúu en La Guajira y con el Grupo Argos para construir viviendas y alcantarillados en el Urabá, subregión de Antioquia. “Ojalá que ese poder que dicen que tengo sirva para ayudar a la gente en La Guajira, en el Chocó, para conseguir más aliados. Creo que con eso sí puedo decir orgullosamente que soy la mujer más poderosa”, señala.
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Ese inevitable protagonismo le ha costado un número no pequeño de enemistades y choques con el propio petrismo, que la critica por no hacer parte de la base e impedir el acceso directo a Petro. Sarabia reconoce ambas cosas, pero explica que lo primero no le resta a su compromiso con el proyecto y que lo segundo es un efecto de su “papel de mala”, pues dice que, para cuidar al presidente, le toca ser un “colador” de noticias y problemas. “Si llego con un enredo, también debo tener una posible solución”, asegura.
Sarabia cuenta que estos dos últimos meses han sido de los más difíciles por ese “fuego amigo”. Desde hace varias semanas se han difundido rumores sobre su aparente ruptura laboral con el jefe de Estado e incluso se ha dicho que éste ya no la soporta en sus reuniones. Ella y otros funcionarios de Palacio coinciden en que las versiones no tienen fundamento, pero que sí esconden la intención de un sector del oficialismo de debilitar su posición. En el Congreso, varios alfiles del Pacto Histórico reconocen que sería mejor tener en ese cargo a alguien más cercano.
En este sentido, responde sobre el supuesto choque con algunos de los amigos más íntimos de Petro, sus excompañeros del M-19. “Con Augusto Rodríguez tengo una relación institucional, es el director de la Unidad Nacional de Protección, coordinamos lo que tenemos que coordinar. No tengo ninguna relación con Carlos Ramón González y la verdad es que trato de ser un puente, con el sector empresarial y el Pacto Histórico”.
En cuanto a su posible salida, asegura que le ha preguntado varias veces al mandatario si es momento de dar un paso al costado, pero que él le ha respondido que no tiene ningún problema con ella. De hecho, agrega que ante tanto ruido se han tomado el tema jocosamente. Eso sí, con la anticipada campaña electoral y tras el regreso a la política local de Armando Benedetti, su otrora jefe y hoy antagonista, no se puede descartar una movida que la lleve a otro cargo o incluso a dar el salto al sector privado.
Y no se puede perder de vista que en los próximos meses tendrá que responder ante la justicia por varios escándalos, como el del polígrafo a quien fue su niñera, Marelbys Meza, y el de los audios con Benedetti en los que se habla de posible financiación irregular de la campaña del 2022. Ante estos cuestionamientos, Sarabia prefiere no ahondar en detalles y solo atina a declarar que no ha evadido ninguna citación de las autoridades competentes y que así seguirá siendo.
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“He sufrido más de lo que me he beneficiado”, concluye cuando se le pregunta por un balance general de su rol como mano derecha de Petro. Laura Sarabia repite que vive feliz con su sueldo, que no tiene el poder que le endilgan, que no manda sobre los ministros y que interpretaciones diferentes a esas han terminado afectando a su familia y su vida privada: “ahora tengo enemigos que ni conozco”. Se llama a sí misma una “falla en el sistema”, pues dice haber llegado a sus cargos sin los apellidos que en teoría se exigen y que, en parte por eso y por ser mujer y joven, muchos la atacan.
En el Gobierno o fuera de este, dice, tiene dos objetivos para los próximos meses: defender su nombre “como una leona” y demostrarle al país que, con influencia o no en el poder, hay una Laura Sarabia, probablemente la más auténtica, que disfruta los paseos con su hijo, ver series, películas románticas, jugar tenis y cenar con su ahora reducido círculo social, integrado por un par de sus asesores, algunos amigos del sector privado y recientemente sus abogados que la defienden de los escándalos que ensombrecen su gestión.
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