A pocos días de cumplir sus primeros doce meses de nuevo en la vida —el próximo 2 de julio— el capitán del Ejército Raimundo Malagón está muy lejos de ser aquel hombre disminuido, de hablar nervioso y peculiar bigote, que conmovió a muchos en el primer video que se conoció acerca de la inolvidable ‘Operación Jaque’, a través de la cual el Gobierno rescató a 15 secuestrados de las Farc, con las palabras que lanzó a la cámara, cuando aún no sabía que lo estaban llevando a la libertad: “Soy el teniente Malagón del glorioso Ejército Nacional de Colombia”.
El mensaje elogioso para su “gloriosa” institución, en la cara de aquellos que durante casi una década lo habían mantenido encadenado como un animal, fue una dramática muestra de que su espíritu de militar, a pesar de las humillaciones, a pesar de los dolores, seguía intacto en su alma. Eso, quizás, es lo único que le queda al uniformado de aquellos días. Ahora, vistiendo su uniforme de nuevo, se le ve imponente, seguro. En las manos ya no hay rastros de ataduras, se fueron con el bigote, y en su reemplazo ahora carga todo el tiempo un moderno celular.
El capitán, que libraba su primer combate cuando fue retenido por la guerrilla, el 4 de agosto de 1998 en el cerro Salero, muy cerca de La Uribe, en el Meta, sonríe mientras extiende su versión escrita de la tragedia que vivió. Se trata del libro Las cadenas de la infamia, de 164 páginas, el primero de un militar que de alguna manera sigue los pasos de políticos, del policía John Frank Pinchao, y de los tres contratistas estadounidenses, quienes también sacaron a la luz sus respectivos textos.
Sin duda, una versión respetuosa de los hechos y de las situaciones íntimas de muchos de ellos, tan difundidas en los medios de comunicación, revisada minuciosamente por los altos mandos del Ejército, incluyendo al general Freddy Padilla de León, aunque esto último no forma parte de la declaración oficial.
Malagón, de 37 años, se limita a contar que en más de una ocasión el odio se apoderó de él y de varios de sus compañeros. Que tuvo buena relación con Íngrid Betancourt y Luis Eladio Pérez, y que con ellos comentó un día la posibilidad de idearse un plan para matar a los subversivos que los custodiaban. Que el sargento del Ejército José Ricardo Marulanda “azuzaba” a la guerrilla “en contra del resto de secuestrados”. Y que el padre del hijo de Clara Rojas era miembro del bloque sur de las Farc.
Pero quizás la revelación más importante que hace el libro es acerca del intendente Luis Peña Bonilla, quien habría sido asesinado por órdenes de Martín Sombra, luego de que el uniformado tuviera una pelea con el general Luis Herlindo Mendieta.