25 Apr 2016 - 3:00 a. m.

“No estoy obsesionado con ser candidato”: Gustavo Petro

Dice que, por el momento, las Farc están lejos del proyecto político del progresismo. Ve al presidente Santos débil políticamente y advierte de que la paz, tal y como se está planteando en Cuba, puede generar nuevas guerras.

Hugo García Segura / Germán Espejo

Se le ve empeñado en defender su gestión al frente de la Alcaldía de Bogotá. Tiene claro que su futuro político depende de lo que decida el Consejo de Estado, donde ya hay una ponencia que pide tumbar la sanción que la Procuraduría le impuso cuando era el burgomaestre de la capital, aunque dice que no está obsesionado con ser presidente de Colombia y que pase lo que pase, seguirá siendo protagonista político del país. Sin pelos en la lengua, Gustavo Petro habló con El Espectador de su proyecto por una Colombia Humana, de la paz, del gobierno Santos, de las Farc, de los progresistas, de Vargas Lleras, del castrochavismo y de constituyente, entre otros temas.

 

Cuándo usted habla de pasar de la Bogotá Humana a la Colombia Humana, ¿eso significa el lanzamiento de su candidatura presidencial de 2018?

Eso no puede ser considerado sinónimo de una candidatura presidencial. La Bogotá Humana es una agenda que necesita continuidad localmente y que puede ser representada en campañas electorales no solamente por mí sino por personas que estén dispuestas a defenderla. Lo mismo sucede a nivel nacional. La intención es transferir los criterios fundamentales de la Bogotá Humana al país, que es una tarea muchísimo más difícil, pero que sigue cimentada en sus tres objetivos: superar la segregación social, mitigar y adaptar el país frente al cambio climático y fortalecer el poder público. A nivel nacional eso lo llamaría una Colombia Humana, pero quién lideraría y representaría ese proyecto en las elecciones presidenciales no necesariamente sería yo, porque aún estoy dependiendo de decisiones judiciales disciplinarias y, por el momento, tengo mis derechos políticos cercenados.

O sea, todo depende de lo que decida el Consejo de Estado…

Cualquier decisión puede determinar que no sea yo candidato presidencial en 2018.

Aunque le gustaría serlo…

Me gustaría, pero no estoy obsesionado con eso.

¿Y aparte de usted, el progresismo sí tiene una figura fuerte para estar en la puja presidencial?

Siempre habrá. Cuando me lancé a la Presidencia en 2010 quise hacer un partido con Lucho Garzón y Mockus. Luego Mockus invitó a Peñalosa porque yo sonaba muy radical en la lucha contra el paramilitarismo y eso se convirtió en el Partido Verde. Pero ese proyecto se frustró porque Mockus y Peñalosa son neoliberales puros. Decidí mantenerme en el Polo, participar de la elección interna y la gané. Ahí creía que iba a competir con Uribe y las cosas variaron totalmente porque me enfrenté fue a Santos. Por eso ahora sé que con tanto tiempo no se pueden hacer cálculos. Es un proceso bastante complejo y difícil de predecir.

¿Podrían tenderse puentes con Jorge Robledo?

Con Robledo deberíamos hablar.

¿Y con Fajardo?

Aunque también deberíamos hablar me preocupan mucho sus indicadores sociales porque no se nota un peso en lo que debió haber sido la política social de Antioquia. Sin embargo, no veo que Fajardo sea cercano a mi proyecto político.

¿Qué espera del Consejo de Estado, donde ya hay una ponencia a su favor?

Espero una decisión favorable porque hay un nuevo Consejo de Estado, que no es el mismo que permitió la destitución al fallar en contra una tutela en marzo de 2014. Ese Consejo estaba muy influenciado por el procurador Alejandro Ordóñez y el actual es mucho más libre e independiente. Pero igual, dado que es el primer proceso disciplinario estudiado por una plenaria del alto tribunal, el resultado no se puede predecir.

 

¿Se mantiene en el señalamiento contra el procurador de que su intención apunta a evitar que usted sea candidato presidencial en 2018?

Me parece que esa es una de las causas pero no la única, porque en su decisión tuvo otras razones como su sesgo ideológico, al margen de sus aspiraciones presidenciales. Su sesgo lo lleva a inscribirse en una corriente muy vieja que concibe la discusión política como la eliminación del contrincante. A eso le llamo yo “chulavismo”.

¿Ve al procurador Ordóñez con intenciones de ser candidato presidencial?

Ni me interesa ni tengo una apreciación al respecto. Y si es así, lo respeto y estaría en todo su derecho, una vez deje el cargo en la Procuraduría. No soy el exponente de la misma corriente que él, que piensa que la discusión política deba ser eliminar a los demás.

Cuando habla de llevar a toda Colombia los tres principales pilares de la Bogotá Humana, muchos sectores cuestionan los resultados de su alcaldía, ¿cuáles fueron sus grandes logros?

El avance fundamental se dio en la superación de la segregación social. De acuerdo a las cifras del DANE sobre pobreza multidimensional, los resultados en los cuatro años de gobierno indican que de 851 mil personas que se consideraban en pobreza multidimensional en 2012, bajamos a 368 mil en 2015. Eso es contundente y tiene un impacto en la seguridad. Al comparar esos resultados a nivel nacional, por ejemplo con Antioquia, se ve allá un fracaso en la política social. Todo este panorama significa que la política social de la Bogotá Humana fue excepcional respecto al país.

Sin embargo, hay quienes controvierten esos resultados y dicen, por ejemplo, que usted no fue capaz de construir un solo colegio…

Cuando uno mira al crítico y al opositor politiquero, como el del Concejo, se debe mirar que es quien elige al contralor, y este hace eco y todos dicen: “No fueron capaces de hacer un solo colegio nuevo”. Es lo que afirman Miguel Uribe, Juan Carlos Flores y el contralor, es lo que repiten en la prensa. Y es así como aparece un sector de la sociedad impactado por esa frase y parece que nosotros no hicimos nada. Y para nosotros es claro que no podríamos tener un resultado tan eficaz en disminución de pobreza multidimensional sino hubiera unos resultados muy grandes en atención a la primera infancia, en educación pública y en salud pública. Toda esta gente acudió al filibusterismo, que es simplemente manipular las palabras para esconder la verdad. Cuando usted coge esa frase en un medio de comunicación, el periodista no hace el raciocinio y retransmite sin un análisis.

Claro que ellos también muestran cifras…

Cuando el concejal Flores dice que no se hizo ni un colegio nuevo, no se está refiriendo a la infraestructura nueva de los colegios, que es lo que importa, sino a la creación jurídica de colegios y ahí está la trampa. 23 colegios ya existían en casuchas y la Bogotá Humana cambió eso por infraestructuras nuevas de los colegios existentes. Ahora, lo que le importa a Bogotá es que no haya falta de cobertura, es decir, muchos niños sin colegios, y ahí sí habría que hacer colegios nuevos. Pero el problema de la ciudad no es de cobertura sino de calidad. De hecho, Bogotá Humana amplió la jornada de cinco horas a jornada única de ocho horas. El contralor y el concejal de oposición filibustero sabe de esto y sabe cuál es la diferencia, pero también sabe que el receptor del mensaje no lo sabe y dice “no hicieron ningún colegio nuevo”, sin tener en cuenta las 23 sedes modernas que entregamos, más los 40 procesos de implementación para otros.

¿Cree que le cobraron ser el denunciante del Carrusel de Contratación?

Claro que sí. El Concejo, al menos hasta el pasado 31 de diciembre, estaba liderado por los concejales del Cartel de la Contratación y fueron ellos los que eligieron contralor y personero.

Pero tampoco se puede decir que todo fue perfecto, ¿en qué cree que se equivocó o quedó pendiente?

Aún hay 368 mil personas en pobreza multidimensional y el objetivo siempre fue llegar a cero. La mortalidad infantil es 8.3 por cada 1.000 niños, siendo un resultado excepcional, todavía se podía avanzar más en ese terreno. El programa de territorios saludables cubría 800 mil personas de escasos recursos, pero ese mismo programa podría cubrir toda la ciudad en un nuevo modelo de salud.

Salgámonos de Bogotá y hablemos de política nacional. ¿Es posible pensar en una unión de la izquierda de cara 2018?

La nuestra es una agenda progresista del siglo XXI donde están los tres temas fundamentales: superar la segregación social, cambio climático y fortalecer el poder público. Yo sí creo que la izquierda puede acoger esa agenda. Cuando digo que Enrique Peñalosa no conoce el discurso del cambio climático, que significa estar acorde con las necesidades de un nuevo urbanismo, me surge la pregunta si lo conoce la izquierda. Por ejemplo, es necesario preguntarse si el sindicato de la USO –que es uno de los grandes sindicatos de la izquierda y son trabajadores del petróleo-- ha llegado a la discusión interna sobre la necesidad de la humanidad de dejar el petróleo. Y lo mismo puede hacerse frente al gobierno de Evo Morales en Bolivia, que es un país exportador de gas; o con Ecuador y Venezuela, también en lo del petróleo. Ahí es donde la categoría de derecha o izquierda no nos sirve porque la agenda progresista consiste en construir una economía con cero agentes contaminantes.

¿Qué puede significar para la izquierda democrática la eventual llegada de las Farc al escenario político tras un acuerdo de paz?

Yo no lo pensaría en términos de la izquierda, lo pensaría en términos del país. Acabar una guerra no significa construir la paz y creo que eso se está confundiendo. La historia de Colombia es que se acaba una guerra y comienza otra, y lo que tendríamos que preguntarnos es si hoy estamos haciendo eso. Lo que mostró el reciente paro paramilitar es exactamente que se han creado todas las condiciones para comenzar una nueva guerra. ¿Qué le va a pasar al combatiente de las Farc cuando llegue desarmado al territorio violento? O lo matan o lo cooptan las bandas criminales. Vamos a tener miles de muertos excombatientes cuyas familias van a generar mecanismos de resistencia ante la muerte, entre otras, el inicio de nuevas oleadas de violencia, que es parte de la historia de las Farc. Ahora, puede ser también que ese combatiente desarmado llegue a un territorio que hoy es violento pero que está en pleno proceso de pacificación. Ahí sí estaríamos hablando no solamente de acabar una guerra sino ya del inicio de una era de paz. La palabra paz no está ligada estrictamente a cómo una guerrilla deja las armas, sino como el territorio colombiano deja de ser violento. Y eso no lo tiene en su cabeza el gobierno Santos. Pacificar el territorio violento implica unas reformas de fondo que este gobierno no es capaz de realizar y que deben ser debatidas por todos los colombianos si queremos en realidad entrar a una era de paz.

Entonces tienen razón las Farc cuando hablan de la necesidad de acabar con el paramilitarismo como requisito para firmar un acuerdo…

Esa es una cosa retórica y el Gobierno dice: sí vamos a acabarlo. Son sólo palabras. Para hacer eso se debe pensar en cómo el territorio colombiano se transforma de la violencia hacia la paz y eso no se logra en La Habana, con un discurso o una firma de un acuerdo de paz. En el fondo esto implica un proceso constituyente del territorio y una cesión de poder de quienes hoy lo tienen –que en general son narcotraficantes– a la ciudadanía. El problema es que tenemos actualmente un gobierno Santos debilitado completamente y entregado a la Vicepresidencia, con muy poco oxígeno en términos de espacio político como para iniciar un proceso de transformación del territorio de violento a pacífico.

¿Y cuál puede ser un ejemplo de transformación del territorio?

La juventud, a partir de que la educación superior sea un derecho y no el programa “Ser Pilo Paga”, que pasa a ser un engaño porque no se trata de ver cómo los más pilos llegan a las universidades sino cómo la totalidad de los jóvenes llegan a la universidad pública de manera gratuita o subsidiándolos. Se trata de la inclusión juvenil, que implica billones de pesos del Presupuesto General de la Nación. Y hay que desmontar la tesis santista de una paz barata, porque así pasa a ser una tesis oligárquica o de club. Ninguna paz es barata y el problema no es la guerrilla, el problema es el territorio violento. Y para ver ese territorio violento pacífico, se necesita mucha plata pública.

 

¿Por qué dice que el gobierno Santos está entregado a la Vicepresidencia?

Buena parte del gabinete y las superintendencias le pertenecen a cuotas de Germán Vargas Lleras. Nosotros lo sufrimos en Bogotá. Yo hablaba con Santos, siempre tuvimos una buena relación y nunca hubo una pelea porque llegamos a acuerdos en temas como el Metro y los tranvías en su financiación. Pero cada vez que hacíamos un acuerdo, cuando se iba a aplicar, algo pasaba y el mismo gobierno lo deshacía. El primero en destruir el Metro de Bogotá no es Peñalosa sino el Gobierno Nacional, que dejó pasar un año sin convocar el Conpes de cofinanciación estando todo listo. ¿Fue por Santos? No, fue por los funcionarios de Vargas Lleras que no querían porque el propio vicepresidente tiene una concepción de la política muy parecida a la del procurador de pensar en cómo elimino al contrincante.

¿Cree que vamos rumbo a una asamblea constituyente?

Sí, pero no será una constituyente como la de 1991. El M-19 era un proyecto de corte democrático-nacional, que ayudó a construir una Constitución Nacional. Una nueva constituyente puede ser muy importante en términos de reformas frente al territorio, que fue un gran vacío en el 91. Por eso lo que siguió a ella fue el levantamiento armado de las élites del territorio, que se aliaron con el narcotráfico para destruir esa nueva Constitución. Ahí es donde se vio crecer el paramilitarismo, con masacres y desplazamientos. Las élites territoriales son castas familiares, cuyos nombres conocemos en muchas partes, que formaron ejércitos privados para mantener el poder local. Un proceso constituyente debería hoy hacer énfasis en reconstituir el territorio desde un punto de vista democrático. Y eso se hace no de nuevo con todos los constituyentes reunidos en Bogotá, sino en las regiones, donde previamente debe haber un cambio del poder, porque de lo contrario las castas familiares, a punta de muertos y de bolsas de dinero, lograrán las mayorías.

Constituyente que también le suena al uribismo…

Sí, pero sin la sesión del poder territorial sino para que sean elegidos los mismos y para poder abrirle el camino a un posible regreso del proyecto de Álvaro Uribe.

¿Qué les responde a quienes lo califican como el abanderado del castrochavismo en Colombia?

Esa palabra se la inventó Uribe y es una forma de etiquetar para macartizar, llevando a una vieja práctica de poner un estigma sobre las personas para eliminarlas. Aunque ya no se usa con las pretensiones de quienes la utilizaron en los siglos XIX y XX, se usa para desatar odios que en un país como Colombia llevan a la muerte y a partir de esos odios construir un proyecto político mayoritario. Hay dos fuerzas que pueden generar mayorías electorales: el odio y el miedo. Con esto se provoca una irracionalidad que se vuelve poder.

¿Qué análisis hace de la actual crisis latinoamericana de los gobiernos de izquierda?

Lo que está pasando es dramático y todo tiene que ver con las carencias de un proyecto de izquierda alrededor del tema del cambio climático, porque economías que viven del carbono, el petróleo y el gas natural, no son propiamente economías que se construyen sobre la base del trabajo. Distribuyen sí y tiene éxitos sociales, pero pasan a ser un gigante con pies de barro. Al distribuir generan una clase media que al vivir de la renta se derechiza automáticamente y es lo que viene pasando ahora en la región. Sin embargo, hay un enorme peligro porque la polarización y la estigmatización llevan a la violencia, y en sociedades que no han vivido violencias políticas, como Venezuela, de pronto eso no pasa a mayores, pero en Brasil, Argentina o Colombia, donde sí se han vivido, adelantar un proceso de estigmatización lleva a la eliminación física.

¿A quiénes ve en el partidor presidencial para 2018?

Veo gente aglutinada alrededor de Santos en una debilidad absoluta. Ellos aspiran a que la firma de un acuerdo de cese de la guerra con las Farc los proyecte, pero no veo que acabar la guerra sea iniciar la paz. Veo también una porción de fuerzas todavía no aglutinadas en uribistas y vargalleristas, que quieren retroceder hacia la guerra. Finalmente considero que el progresismo debería liderar una agenda que permita construir la paz y no simplemente acabar la guerra.

¿Entonces usted es de los que cuestiona el que Vargas Lleras no hable en favor de la paz?

Yo lo veo como un gobernante igual que Peñalosa, ligado al modus operandi de los negocios del Estado y eso no lleva a un proceso de pacificación del territorio sino a exacerbar los factores de violencia. Isagén es el ejemplo con el tema de las 4G. La manera como miran peyorativamente el tema fundamental de la humanidad que es su reequilibrio con la naturaleza les importa un comino. Creen que el desarrollo es la carretera y no el tema ambiental. Y quien depreda la naturaleza termina depredando seres humanos. En una perspectiva de cerrar una guerra y comenzar nuevas violencias, Vargas Lleras sería el Presidente.

El eventual partido político que surja de las Farc, ¿cabe dentro del Progresismo?

Ahora que fui a La Habana, a finales de enero de este año, y me volví a encontrar con las Farc después de tanto tiempo, desde cuando dejé de ser combatiente del M-19, sentí ingenuidad en ellas en el ámbito político, por la forma como entienden a su contrincante, al presidente Santos y la sobre valoración que hacen de los generales que están en la mesa, cuando quienes tienen el poder en Colombia no son los militares. El cambio climático demanda un plan que cambie el modelo de producción en las próximas décadas para llegar a un cambio social y en la agenda de negociación de la paz no está incluido. Es una agenda que no es propiamente la agenda progresista. Siento que la guerrilla colombiana actual, con una parte de la izquierda latinoamericana, está desfasada del tema que está en la agenda de la humanidad. De momento, las Farc están lejos de este proyecto político.

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