Justo cuando el país está en una dura disputa electoral, en la que el presidente Gustavo Petro se metió de lleno para impulsar al senador Iván Cepeda como el candidato que enarbola la reelección inmediata de su proyecto, entró entre las prioridades la necesidad de fortalecer lazos con líderes extranjeros ideológicamente alineados a esta tendencia.
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Eso explica por qué aterrizó este jueves en Barcelona (España), donde estará hasta el próximo 21 de abril. En efecto, en esa ciudad se desarrollará una cumbre de izquierdas, durante la cual varios exponentes de esta corriente política analizarán cómo construir una especie de bloque de contención que les permita mantener el poder en los países en los que actualmente gobiernan.
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Además, de acuerdo con el eje guía de la cita, quieren proyectarse desde sus naciones como los presidentes idóneos para hacerles contrapeso a los lineamientos que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, viene implementando en América Latina a través de sus aliados de la derecha. Eso incluye, por supuesto, su orden de bombardear lanchas presuntamente cargadas con cocaína, lo que lleva ejecutando desde hace ocho meses y con un saldo, según diversas estimaciones, de más de 170 personas de diferentes nacionalidades muertas.
La agenda tiene el mensaje tácito de contrapeso, pues el pleno de la reunión progresista –previsto para el 18 de abril próximo– incluye tres ejes clave: análisis sobre cómo enfrentar el extremismo y la desigualdad; manejo de la desinformación y de tecnologías digitales; y defensa del multilateralismo y de las instituciones. Además, ocurre después del revuelo que causó el lanzamiento de la iniciativa del Escudo de las Américas, promovida por el mismo Trump y con la presencia de líderes latinoamericanos más cercanos ideológicamente, como Nayib Bukele (El Salvador), Javier Milei (Argentina) y Daniel Noboa (Ecuador).
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La expectativa gira en torno a cómo abordarán esos aspectos desde posturas en las que internamente en algunos de los Estados invitados van en contravía precisamente de lo que indican está en clave de defensa. Y ahí entra en juego el papel del presidente Petro y la confrontación directa que emprendió contra la institucionalidad que, haciendo uso de la independencia constitucional, han tomado decisiones que políticamente no le funcionan a la saliente administración.
Ahí casan las peleas que el presidente y sus ministros han emprendido contra la Corte Constitucional, el Banco de la República, el Congreso y, de paso, contra mandatarios regionales que son ajenos a la ideologización que se acrecentó en esta época electoral desde la Casa de Nariño. Todo con el foco en la primera vuelta, prevista para el 31 de mayo.
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“El pueblo de Colombia no eligió en el año 2022 la política económica de (Iván) Duque y espero no lo vuelva a hacer”, dijo Petro en uno de los tantos trinos que suele lanzar desde que el país entró en campaña y que se publicó algunas horas después de su llegada a Barcelona; detrás de esas palabras está, entre otras cosas, el pulso con tintes electorales al que quiere llevar a la institucionalidad.
¿Y qué tiene que ver la cumbre en la ciudad española? Al mismo tiempo que hay varios frentes de pelea abiertos a nivel interno, en lo regional las aguas no están calmadas. El episodio más reciente de discusión es el que se abrió con el Ecuador de Daniel Noboa, quien impuso un arancel de hasta el 100 % a productos colombianos que van a ese territorio con la excusa de promover una tasa de seguridad que ayude a combatir la criminalidad en la frontera binacional; Bogotá primero compró la puja, pero días antes del viaje presidencial a España se decidió quitar las cargas impositivas adicionales que se promovieron como respuesta.
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Noboa, de la derecha cercana a Trump, no tiene buena relación con Petro, uno de los representantes de la izquierda latinoamericana. Y lo mismo pasa con la Argentina de Javier Milei o El Salvador de Nayib Bukele, entre otros, que son administraciones que tienen más tiempo por delante del que le queda a la que actualmente lidera la Casa de Nariño.
Incluso, desde que el dictador Nicolás Maduro fue extraído por orden de Trump de Venezuela, el diálogo con Caracas no fluye igual ahora que el país vecino es dirigido por Delcy Rodríguez, cuyo encuentro con el mismo Petro en la frontera fue, según él, “saboteado” y sin prospectos de retomar los diálogos cara a cara. Por todo esto, que se complementa con otras movidas que agitan el escenario regional, es que las conversaciones en España con otros mandatarios de izquierda cobran relevancia; buscan ser contención.
En efecto, los mandatarios Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Claudia Sheinbaum (México) y Yamandú Orsi (Uruguay), entre otros, aceptaron la invitación del jefe del Gobierno de España, Pedro Sánchez, quien busca que este escenario dé paso a un bloque que le permita a la izquierda mantener relevancia electoral en un occidente donde la derecha está ascendiendo nuevamente.
Estos y otros líderes progresistas han chocado públicamente con Trump y Benjamín Netanyahu (Israel), aunque tienen un nivel de relacionamiento con la Casa Blanca lleno de matices. Ahí también entra en juego por qué Petro busca un mayor espacio en otros escenarios, pues la Oficina Oval –pese a las irreversibles distancias ideológicas– dialoga de otra forma con mandatarios como Lula.
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“Es fundamental reorganizar las fuerzas progresistas frente a los ataques contra la democracia y el avance de la extrema derecha en todo el mundo”, dijo el brasileño en torno a una cumbre que se bautizó “Global Progressive Mobilisation”.
El lazo electoral en Colombia tiene otro matiz, pues el candidato oficialista, el también senador Iván Cepeda, se ha reunido con Sánchez, Lula y Sheinbaum en algunas de sus salidas de campaña a suelos extranjeros. Y su jefa de debate, la legisladora María José Pizarro, también viajó a la cita barcelonesa.
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De hecho, previo a su salida de Bogotá hacia la capital de la región española de Cataluña, Pizarro aseguró que ese encuentro servirá para ampliar una “discusión geoestratégica y geopolítica”.
Lo que ahora se aguarda es ver cómo el presidente Petro podrá capitalizar internamente esa cumbre progresista, pues desde su regreso y hasta la primera vuelta solo habrá una distancia de cinco semanas y –como él mismo lo ha dicho– no quiere que la izquierda salga de la Casa de Nariño. Vendrá tal vez la etapa más polarizada de la Casa de Nariño tras el final del viaje número 65 que el saliente jefe de Estado hace a suelo internacional desde que asumió hace más de tres años el poder.
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