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Los cuidados están presentes en todas las etapas de la vida de las personas desde que se nace, se crece y en la vida adulta, así como en diferentes circunstancias de enfermedad temporal o permanente o de discapacidad. Todas las personas hemos sido cuidadas, porque no podíamos resolver por nuestra propia cuenta todas las necesidades, y la mayoría en el marco de la familia y concretamente por mujeres.
Si todas las personas hemos sido cuidadas, ¿por qué son tan invisibles y poco valoradas?, incluso cuando se externalizan, es decir, cuando se hacen por parte de una persona que está fuera de la unidad familiar y de forma remunerada. Tampoco en estas circunstancias son valorados.
La única explicación posible es por la circunstancia de que los cuidados son prestados mayoritariamente por las mujeres y por eso, sufren una suerte de penalidad de género, que asocia esta función a la naturaleza e identidad femenina, como la misma maternidad.
Hacer visible este trabajo histórico que realizan las mujeres en la familia, en el mundo de lo privado, es una demanda feminista, anclada en la segmentación sexual del trabajo, en la que solo es trabajo la producción de bienes y servicios en la esfera pública y no el trabajo reproductivo y de cuidados que se realiza en el mundo privado.
Muchos esfuerzos se han realizado para el reconocimiento del trabajo no remunerado de las mujeres en la familia, tales como las encuestas del uso del tiempo, que dan cuenta de que las mujeres hacemos tareas en la familia en las que invertimos tres veces más tiempo que los hombres, casi una jornada laboral semanal de 40 horas. También se realizaron modelos macroeconómicos para ponerle un valor a este trabajo, a través de la creación de cuentas satélites que calculaban este aporte de las mujeres a valor del precio del mercado, cuyas ponderaciones llegaron a alcanzar hasta un 20 por ciento del PIB. Aun así, los cuidados siguen subvalorados.
Y llega la pandemia, y con ella que todo ocurre en la casa, lo que ha incrementado aún más la carga de las mujeres al atender las nuevas las responsabilidades del hogar. Surgen nuevos patrones de cuidados: acompañar las clases de los menores en la educación virtual, proveer las compras de los adultos mayores que no pueden salir por el confinamiento, cuidar la salud de los enfermos crónicos. Todo esto ocurre en paralelo con el teletrabajo (cuando se cuenta, por supuesto, con el). El mundo online nos conecta, ingresa a los interiores de las casas, y da cuenta de los niños y las niñas en las pantallas de la computadora jugando en regazo de la madre mientras ella hace teletrabajo o el sonido del llanto del menor que tiene hambre. Más demandas de cuidados y mayor exposición hicieron aún más visible esta labor.
El COVID-19 dejó por fin en evidencia una crisis silenciosa y normalizada por siglos: las mujeres asumen mayor carga doméstica y de cuidados, lo que profundiza las desigualdades de género, las expone a una enorme carga y cansancio y ponen en riesgo la participación de las mujeres en el ámbito público remunerado con la consecuencia de privar del talento femenino a la economía global, que ahora requerirá de todas las manos disponibles para su reactivación.
Estamos ante un problema de enormes dimensiones, el cual siempre se resolvió sobre la base de la elasticidad del tiempo de las mujeres para cubrir cada vez más roles, pero ahora el tiempo de las mujeres en la atención del mundo privado y los cuidados ha llegado a su máxima tensión.
De no tomar medidas estructurales frente a los cuidados, se pone en riesgo la calidad de vida de las mujeres, la inserción laboral remunerada de las mujeres, la productividad empresarial, la reactivación económica y la calidad de los cuidados, a lo que la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM) de la Organización de los Estados Americanos (OEA) ha llamado: la Emergencia Global de los Cuidados.
La respuesta obliga a colocar los pactos de género en el centro de la pandemia para redimensionar los cuidados, superar su carácter individual al colectivo, y de pasar de lo privado a lo público. Colocarlo como parte de los sistemas de protección social y como un eslabón esencial de las cadenas de valor económico. El punto de inflexión es partir de que se trata de un derecho, en el que el Estado tiene un rol de garante y de proveedor de servicios esenciales de cuidado.
La nueva normalidad requiere ser diferente a la vida pre COVID-19, superar las brechas de género previas a la pandemia, y por tanto, requiere de la participación de la mitad de la población en el marco de la corresponsabilidad entre hombres y mujeres, que concilie lo productivo con lo reproductivo a través de medidas como las licencias, flexibilización laboral, subsidios para reconocer el valor del trabajo de los cuidados no remunerados en toda la estructura laboral, servicios de cuidados progresivamente universales, y una participación activa de los hombres como corresponsables de los cuidados.
La declaración de emergencia de los cuidados recomendada por CIM/OEA será un punto de inflexión para hacer una verdadera transformación, en la que dar y recibir cuidados de calidad sea colectivo y que trabajar remuneradamente sea una oportunidad para todas las personas, para la igualdad y para disminuir los riesgos de retroceso.
*Secretaria Ejecutiva Comisión Interamericana de Mujeres (CIM) de la Organización de los Estados Americanos (OEA)