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Salazar, el alcalde que dejó sin dientes al ratón Pérez

Sus revelaciones sobre vínculos de 'paras' con la campaña de Luis Pérez facilitaron el triunfo de Aníbal Gaviria y lo tienen expuesto a una severa inhabilidad.

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Gustavo Gómez / Especial para El Espectador
11 de diciembre de 2011 - 10:03 p. m.
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Desde una de sus oficinas alternas, el restaurante In Situ del Jardín Botánico, Alonso Salazar está a punto de pedir un plato que nunca ha probado: cebiche de lengua. Lo piensa mucho. Termina decidiéndose por unas postas de res. Y eso que la lengua es su fuerte: un exceso de lengua lo tiene metido en el lío de su vida, con la posibilidad de quedar inhabilitado para ejercer cargos públicos por muchos años. Su propia lengua podría ahorcarlo, pero él insiste en que haber advertido sobre la presencia de paramilitares en la campaña de Luis Pérez era lo correcto: “Si con esa denuncia sobre Pérez yo estaba limitando la libertad del elector, ocultando la verdad estaba haciendo lo mismo”.

Ha cumplido con juicio las diligencias con la Procuraduría. Una le tomó 18 interminables horas, pero habría sido más larga y oscura la noche de tener un alcalde hipotecado. Es lo mismo que piensan las fuerzas vivas de la ciudad, que tenían por deporte tirarle piedra a Salazar y ahora, a días de dejar el cargo, lo graduaron de héroe. “Las diligencias con la Procuraduría están repletas de gente que va a respaldarme”, dice. “De los 240 primos que tengo, he visto en las audiencias no menos de 40”.

A la política llegó cuando se dio cuenta de que lo social hay que trabajarlo en donde se toman las decisiones y no desde la periferia. Se arrepiente y no se arrepiente de haberse montado en el potro de la Alcaldía, y hasta le parece que una decisión desfavorable le resolvería la disyuntiva de seguir el camino de la función pública o dejarlo de lado. En tal caso, volvería a lo de antes: “Hacer investigaciones académicas, de esas que nadie lee, pero que pagan las cuentas”.

Desde 1985 Salazar está acostumbrado a trabajar en las calles, por lo que suele atender a la gente entre un punto y otro de la ciudad. A los más formales, a los que se sienten desestimados charlando con él en una esquina de Medellín, los recibe en la Alcaldía. Su vida adulta, tal como la recuerda, comenzó precisamente en una esquina: la de la calle 35 con carrera 85C, en Santa Teresita. De allí salieron ingenieros, científicos, traficantes de droga, un cura, un indigente y un alcalde que conoció a Medellín gracias a los paros universitarios: aprovechándolos, se ganaba la vida vendiendo tripas de chorizo por toda la ciudad a bordo de una renoleta. “Usted no se alcanza a imaginar la cantidad de gente que vive de fabricar chorizos”. El 31 de diciembre, pues, no dejará un “chicharrón”, sino un chorizo enorme y condimentado con toda clase de problemas.

Conoce Medellín. Y sabe de los que no la conocen y de cómo no la entienden: “Hay partes de esta ciudad donde la noción de domicilio no existe. ¿Con qué domicilio va usted, por ejemplo, a ordenar un allanamiento si la gente salta de terraza en terraza disparándose con armas automáticas?”. En uno de esos sitios, en la parte más alta de la Comuna 3, animó la construcción de un jardín infantil, el Montecarlo, con pinta de centro comercial que está cambiando el entorno y la vida de los vecinos. Lo mismo dice del viaducto que construyó en la Comuna 13, que pasa justo al lado de donde termina el recorrido de varios tramos de escaleras eléctricas a cielo abierto. Hasta allá lo sigue Sarita Palacio, pelirroja, pecosa y gibada de tanto doblarse sobre un BlackBerry. Es la community manager de Salazar, y que un hombre como él, desenfadado y simploreto, tenga una comunity manager es lo más exótico que hay en su vida. Ella, en cristiano, es la encargada de manejarle el Twitter, porque para lo único social que Salazar no tiene tiempo ni dedos es para las redes sociales.

Aparte de Sarita, más de la mitad de su gabinete está compuesto por mujeres: “Hay cosas en las que a uno se le puede ir la mano”. Mano que se le va saludando a la gente en las calles de los barrios populares, donde, si no se baja del carro, igual le gritan, por lo general con cariño. Él les contesta a voz en cuello, siempre y cuando no esté por los lados de El Poblado, donde sabe que las manifestaciones de aprecio con tantos decibeles atravesados molestan a los más “pinchados”.

Su fuerte nunca ha sido planificar a largo plazo: “Mi planeación estratégica dura seis meses”, confiesa, así que ni para qué preguntarle qué va a hacer cuando deje de ser alcalde y tenga que concentrase en mantener la casa porque, como sostiene, “a las mujeres se les agota la paciencia cuando no llega la quincena”. Lo que sí está decidido es que no se queda en Medellín.

Salazar tiene apartamento listo en Bogotá, donde dormirá con su mujer y su hija a partir del 1° de enero. Desde que un viejo de la Comuna 8 le confirmó con pruebas lo de la campaña de Pérez, sabe que en la ciudad muchos lo ven con malos ojos. No quiere hablar más de eso, ni de un proceso en la Procuraduría cuyo auto le pareció una condena. Se lo dijo a Alejandro Ordóñez, a quien le pidió eso que piden siempre los colombianos: garantías. Tan tedioso todo el proceso, que habría preferido verlo resumido como capítulo de su serie favorita, La ley y el orden. Está de salida. Del problema y del cargo, y la idea de instalarse en Bogotá tiene que ver no sólo con la seguridad, sino con la convicción de que en estos casos siempre funciona la sabiduría popular: “Si gana un enemigo, hay que irse lejos. Y, si gana un amigo, hay que irse demasiado lejos”.

Por Gustavo Gómez / Especial para El Espectador

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