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Santos, el apostador político

Retrato del aspirante presidencial del Partido de la U.

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Ricardo Gutiérrez Zapata
13 de mayo de 2010 - 09:54 p. m.
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En un abrir y cerrar de ojos el tarro de saltinas repleto de pólvora y gasolina explotó y en cuestión de segundos el pequeño cuerpo de Juan Manuel Santos se convirtió en una bola de fuego. En su desespero, el niño de 7 años empezó a correr. A su encuentro salió su madre, Clemencia Calderón, quien de inmediato lo arropó con un tapete que actuó como extintor.

Lo que empezó como un reto para los hijos de Enrique Santos Castillo se transformó en tragedia. El primero en participar de la apuesta fue Luis Fernando, que a su corta edad se inventó un cohete que descrestó a toda la familia. Juan Manuel no se quería quedar atrás, y con la firme intención de ganarse los $10 prometidos por su padre a la mejor creación pidió ayuda a un amigo mayor, quien le dio parte de la pólvora que había sobrado de la Navidad de 1957.

Consiguió gasolina, un tubo, un corcho y un gran recipiente de galletas que estaba seguro le permitirían fabricar un artefacto que volaría mucho más alto que el de su hermano. Se la jugó a fondo, pero esta vez la fortuna no le sonrió, y en lugar de convertirse en el ganador del reto se puso de cara a la muerte.

Las quemaduras de tercer grado lo mantuvieron vendado durante cuatro meses; a esto se le sumó una complicación en la sangre que impedía la aplicación de anestesia. Los dolores eran terribles. Superadas las complicaciones, grandes cicatrices en sus extremidades le recuerdan aquellos “dramáticos” momentos, que de alguna manera reflejaron el talante de Juan Manuel, un hombre arriesgado, ambicioso, que hoy, a sus 58 años, mantiene una cerrada lucha por obtener la Presidencia de la República.

Orígenes

Nació el 10 de agosto de 1951 en el seno de una familia que el ejercicio de la política y el periodismo le había permitido convertirse en una de las más poderosas de Colombia. Su tío abuelo, Eduardo Santos Montejo, fue presidente de la República entre 1938 y 1942. Su abuelo, Enrique Santos Montejo, fue una de las plumas más influyentes del país desde las páginas de El Tiempo, bajo el seudónimo de Calibán.

Con estos antecedentes familiares no era difícil predecir el futuro profesional de Juan Manuel, pero cuando salió del bachillerato estuvo a punto de darle un giro a su destino al enlistarse en la Fuerza Naval, donde estuvo por dos años. Allí se enfrentó a uno de sus primeros dilemas, la vida militar o el periódico. Las palabras de su padre lo hicieron desistir de continuar como cadete, y tras esta decisión viajó a Estados Unidos, donde se graduó en economía y administración de empresas en la Universidad de Kansas.

Con tan sólo 22 años ingresó a laborar con la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia y hasta 1981 representó al país ante la Organización Internacional del Café (OIC), en Londres. “De alguna manera fui un rebelde en esa época, pues no llegué a trabajar de inmediato a El Tiempo”, admite.

En la capital inglesa también obtuvo un máster en economía y desarrollo económico del London School of Economics. El trabajo con el gremio cafetero y su título no fue lo único que le dejó su paso por Europa; estando en Inglaterra empezó a desarrollar una creciente simpatía por los ideales del político y escritor Winston Churchill.

Llegó la hora de jugarse la carta que siempre había tenido bajo su manga: refugiarse laboralmente en la casa periodística familiar. A su regreso a Colombia fungió como subdirector de El Tiempo y presidente del Comité  Editorial del diario.

Yolima Jiménez, quien lo acompaña como secretaria desde su retorno al país, relata que los primeros editoriales de Juan Manuel Santos se redactaron en la vieja máquina de escribir de su abuelo Calibán. “Al comienzo se desesperaba por la lentitud, después llegaron las máquinas eléctricas y a él también le fluían más fácil los escritos”.

Mientras estuvo en la subdirección del rotativo conoció a María Clemencia Rodríguez, Tutina. “Fue amor a primera vista”, afirman los dos, que completan 23 años de matrimonio. Dos años después de la boda nació Martín, el primogénito de la familia, que también está conformada por María Antonia y Esteban.

El punto del no retorno

Los turbulentos vientos políticos que vivió Colombia a finales de los 80 e inicios de los 90 también llegaron a la redacción de El Tiempo. En medio de la narcoviolencia desatada por el cartel de Medellín, en junio de 1991 el país empezó a regirse por una nueva Constitución. Eran los tiempos del kínder de César Gaviria y Juan Manuel encajaba perfecto en el perfil de su gabinete: joven, tecnócrata y con grandes deseos de hacer un buen papel para iniciar una carrera en la vida pública.

Se dejó tentar, le apostó al recién creado Ministerio de Comercio Exterior y detrás de sí dejó su cargo periodístico y una gran fisura entre su padre, Enrique Santos Castillo, editor general, y su tío Hernando Santos Castillo, director de El Tiempo. Por más de 40 años la familia no había querido combinar la política con el periodismo y la aceptación del Ministerio por parte de Juan Manuel rompía esa tradición y ponía en calzas prietas la independencia del diario de mayor circulación en el país. Esa era la posición del director y de buena parte de los grandes accionistas, como Roberto Posada García-Peña, Abdón Espinosa y Daniel Samper Pizano.

Tal y como lo dijo en ese momento Germán Santamaría, desde entonces uno de los más cercanos asesores de Juan Manuel: “Él no va a volver al periódico, su carrera política está en un punto de no retorno”. Él lo sabía y también su círculo más cercano.

En esa cartera Santos logró su cometido: darse a conocer y empezar a forjar su futuro político. Estructuró el Ministerio partiendo desde cero; empezó con un equipo conformado por cinco personas: Santamaría, Yolima Jiménez, Íngrid Betancourt, Clara Rojas y Miguel Gómez. “Siempre se ha sabido rodear muy bien. Le interesa mucho la calidad de sus colaboradores porque es un hombre que sabe delegar”, explica uno de sus amigos más cercanos. Su labor fue bien valorada por el entonces presidente de Analdex, Jorge Ramírez Ocampo, quien le dio el calificativo de “excelente”.

En medio de esta gestión no le importó echar a perder parte de su capital como tecnócrata y se enfocó en hacerse elegir como el último Designado Presidencial, una figura creada antes de la Constitución del 91 con el fin de tener un hombre que pudiera suplir al primer mandatario en caso de ausencia permanente. Para lograrlo se reunió con cada congresista, “hizo manzanillismo. Demostró que podía entenderse con la clase política”, explica uno de sus amigos. Surtió efecto la estrategia. Contra todos los pronósticos derrotó a William Jaramillo, un curtido dirigente antioqueño que contaba con un fuerte respaldo parlamentario, económico y mediático, además era el ministro de Comunicaciones. Quienes lo conocen no dudan en señalar que ese 11 de agosto de 1993 ha sido uno de los días más felices de su vida. Lo marcó. Entendió que estaba dando los pasos indicados para llegar a su puerto de destino: la Casa de Nariño.

Los malabarismos políticos

Terminado el gobierno Gaviria, Santos tomó la vía de las Organizaciones No Gubernamentales al crear en 1994 la Fundación Buen Gobierno. Allí se mantuvo durante la administración de Ernesto Samper Pizano, de quien se convirtió en uno de sus principales detractores.

El Proceso 8.000 fue su caballo de batalla para atacar a Samper, pero el tema fue mucho más allá de simples declaraciones. En medio del escándalo, el ex ministro de Comercio Exterior urdió un plan para sacar del poder al Presidente de la República y para eso contactó a dirigentes gremiales, políticos y a los cabecillas de los principales grupos armados al margen de la ley: guerrillas y autodefensas.

También dialogaron con él, el ex presidente del gobierno español Felipe González y el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez. “El ‘complot’ de Santos”, tituló la revista Semana un artículo del 20 de octubre de 1997 que daba cuenta de esa operación.

En el libro Mi confesión: Carlos Castaño, el periodista Mauricio Aranguren cuenta que tras un encuentro con Álvaro Leyva y Víctor Carranza, entre otros, Juan Manuel Santos aceptó ser el abanderado de la propuesta. Para defenderse de las acusaciones, él y quienes intervinieron en la operación siempre hablaron de “un proceso de paz”.

Llegó el gobierno de Andrés Pastrana y poco a poco el tema del “complot”  empezó a bajar de tono. La paz era la obsesión del mandatario conservador, quien hace poco sacó a relucir que el propio Juan Manuel Santos formó parte de una comisión internacional que propuso la desmilitarización de una zona para dialogar con las Farc. Aunque en principio apoyó la idea, después fue uno de sus principales críticos, al comprobar que “no había ningún tipo de coordinación”. En medio de la peor crisis económica del país en 80 años, Santos le aceptó a Pastrana Arango ser su ministro de Hacienda en el año 2000. Sorprendió a los colombianos cuando les prometió “sudor y lágrimas” ante el fuerte apretón económico que se debía efectuar. Volvió a echar mano de Winston Churchill, quien en 1940, en su primer discurso como primer ministro británico y en medio de la Segunda Guerra Mundial, habló de “sangre, sudor y lágrimas”.


Su gestión al frente de la cartera de las finanzas también fue bien valorada. “Fue una decisión arriesgada, pues pudo salirle muy mal. Es un experto en los retos”, dice uno de sus colaboradores más cercanos y quien hoy lo acompaña en su candidatura.

Esa personalidad se volvió a reflejar en la campaña presidencial de 2002. Santos se alineó con Horacio Serpa, que perdió frente a Álvaro Uribe Vélez. El hoy mandatario tuvo un fuerte rifirrafe con el ex ministro de Hacienda al acusarlo de crear auxilios parlamentarios. Santos, desde su columna en El Tiempo, empezó a lanzar fuertes dardos contra el Jefe de Estado, pero su partido, el Liberal, hacía agua.

El uribismo

En 2005, después de señalar que su colectividad se estaba suicidando, contribuyó a crear el Partido de la U. Un movimiento que aglutinó a todos aquellos que se identificaron con las tesis del Presidente. Llegaron disidentes liberales, conservadores e independientes como el Nuevo Partido liderado por el actual ministro de Hacienda, Óscar Iván Zuluaga. Lograron sus objetivos en 2006. La U se posicionó como la mayor fuerza en el Congreso y Uribe volvió a ganar la Presidencia sin mayores tropiezos.

En esa campaña se presentó uno de los episodios que más dolores de cabeza le ha traído a Santos. En enero de 2006 acusó públicamente al precandidato liberal, Rafael Pardo, de aliarse con las Farc “en contra del presidente Uribe”. El comentario se convirtió en escándalo y más aún cuando la propia Casa de Nariño emitió un comunicado en el que se retractó de las afirmaciones. Santos sostuvo: “Yo quiero también unirme al Presidente y  ofrecer a usted, a Claudia y a su familia mi más sinceras disculpas en lo que a mí corresponde por los sinsabores que les haya causado. Que me sirva de lección en el futuro...”. La apuesta falló.

Esa acusación generó una oleada de críticas de todos los tenores. El ex embajador en Washington Carlos Lleras de la Fuente dijo ese mes en una entrevista que Santos no era una persona de fiar. “Yo soy gente decente, lo mismo que Rafael Pardo, al que salió a calumniar. Él no, y eso hace toda la diferencia en el establecimiento. Es un problema de mala índole, llamaban las señoras”.

“Ese tipo de comentarios son totalmente infundados, Juan Manuel es un gran ser humano, los medios se han encargado de ponerlo de piedra, como un hombre sin corazón, pero es todo lo contrario. Es un buen hombre, sufre, llora...”, enfatiza su esposa. Su círculo más cercano coincide en esa apreciación y entre sus asistentes es común escuchar que al “jefe no se le conoce realmente como es. Tal vez su timidez no lo deja mostrar su verdadera faceta”.

Donde sí dejó conocerse fue en el Ministerio de Defensa. En junio de 2007 enfrentó al Congreso cuando la oposición lo citó a un debate de moción de censura. El Partido Liberal y el Polo lo atacaron por sus actuaciones en el gobierno Samper, su reacción frente al escándalo de las interceptaciones telefónicas ilegales. En un argumentado discurso, Santos se defendió y la coalición de Gobierno lo sacó en limpio.

Al año siguiente vinieron sus principales triunfos. La ‘Operación Fénix’, el primero de marzo, en la que lograron darle muerte a alias Raúl Reyes, miembro del secretariado de las Farc, quien se encontraba en territorio ecuatoriano. El operativo generó el beneplácito interno, pero un fuerte malestar exterior que se saldó con sendas crisis diplomáticas y comerciales con Ecuador y Venezuela. Ambas siguen sin  solucionarse.

El 2 de julio de 2008 vino la ‘Operación Jaque’, un dispositivo que logró burlar a las Farc y arrebatarle a 15 de sus secuestrados, entre ellos Íngrid Betancourt y tres norteamericanos. “Podría decir que éste y su elección como Designado son dos de los mejores momentos de su carrera”, asegura Santamaría. El riesgo era total, como el mismo Juan Manuel lo reconoce pudo pasar a la historia como el mayor fracasado, en caso de que los secuestrados hubieran muerto. Poco después, el Gobierno ofreció disculpas por usar para la operación emblemas de la Cruz Roja sin autorización.

Pero 2008 también trajo sinsabores. A pesar de que desde 2006 se ventilaba el tema del asesinato de civiles por parte de las Fuerzas Armadas para presentarlos como guerrilleros, fue a finales de este año cuando el escándalo alcanzó dimensiones internacionales. Se le denominó “falsos positivos” y las entidades de investigación aseguran que por lo menos se presentaron 2.000 casos de este tipo.

El Gobierno tomó medidas y destituyó a tres generales y 24 oficiales por este asunto. “Eso es algo que le genera prevenciones a Juan Manuel en el Ministerio de Defensa”, asegura una fuente de esa cartera.

A pesar del escándalo, salió fortalecido del Ministerio, al que renunció el 22 de mayo de 2009 para no inhabilitarse para aspirar a la Presidencia de la República. Lo hizo sin tener certeza de que Álvaro Uribe Vélez pudiera reelegirse por segunda ocasión. Esperó pacientemente, bajo el amparo del Partido de la U, y finalmente cuando la Corte Constitucional cerró el paso a esa posibilidad, Juan Manuel se lanzó oficialmente como candidato a la Primera Magistratura, en febrero de este año.

El hoy y el mañana

En los últimos meses se dedicó a hacer campaña, por primera vez se medirá en las urnas. A pesar de empezar punteando las encuestas, en el último mes se vio superado por Antanas Mockus, lo que generó cambios en la estrategia del Partido de la U. “Nos confiamos, pensamos que el capital del presidente Uribe era suficiente para obtener la victoria”, confesó un alto directivo de la campaña santista.

Insiste en que a pesar de todo lo que se dice, no está obsesionado con la Presidencia. Lo respalda su esposa, Tutina, quien afirma que sea cual fuere el resultado, la familia ya ganó con este proceso. Él, mientras tanto, se continuará “derritiendo” con las ocurrencias de su hija María Antonia, con los logros de sus Martín y Esteban y seguirá dedicándole el vallenato Bonita a su esposa Tutina.

Al mismo tiempo, de cuando en vez, practicará leyendo discursos frente al espejo como cuando tenía 20 años, hará 50 minutos de ejercicio diariamente, pues quiere vender una imagen de hombre saludable. Esas actuaciones sólo tienen un fin: llegar a la Casa de Nariño.

Esa es su nueva apuesta, convencido de que usará las cartas que tiene para lograr su objetivo, aplicando las técnicas que utilizó en sus viejos tiempos de jugador de póquer y echando mano de la frase de su abuelo Calibán: “Arrepiéntase de lo que hizo, pero no llegue a viejo arrepentido de lo que dejó de hacer”.

Por Ricardo Gutiérrez Zapata

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