24 May 2021 - 4:01 p. m.

Semana del Detenido Desaparecido: Gildardo nunca regresó en la moto por Marcela

Hoy comienza la Semana del Detenido Desaparecido y, en honor a aquellos que no han vuelto a casa, rendimos un homenaje contando la historia de Gildardo Orjuela, un papá incomparable.

César A. Marín C.*

Ya son casi 15 años de la desaparición de Gildardo Orjuela en Barrancabermeja. Durante todo este tiempo, Marcela Serna, su esposa, ha agotado audiencias y citas de Justicia y Paz y ha preguntado a los paramilitares muchas veces por su ubicación; aunque el esfuerzo ha sido infructuoso, no cede en sus intentos. Hoy le queda el consuelo de haber sacado a sus hijos adelante.

Marcela nació en Cisneros (Antioquia), en 1973, pero fue criada en Barrancabermeja, a donde arribó en compañía de sus padres y sus tres hermanos cuando era una bebé. Allí, su padre levantó a la familia trabajando en su negocio de panadería. “Cuando conocí a Gildardo, él primero le echó el cuento a mi hermana gemela, pero se desencantó porque decía que era malgeniada. Recuerdo que era muy detallista, bien plantado, siempre fue especial conmigo, fue mi primer y gran amor”, dice Marcela al recordar que para ese momento Gildardo trabajaba en un taller de motos.

Hacia 1995 comenzaron a ingresar a la región los paramilitares al tiempo que la guerrilla, particularmente la del Eln, hacía presencia histórica en la zona. “Tiempo después, él se fue a prestar servicio militar y terminó como soldado profesional. Luego nos separamos un tiempo y yo me fui para La Dorada, Caldas. Después nos contentamos y volvimos a estar juntos. Allá en la Dorada nació mi hija Leidy en 1998 y Gildardo trabajaba en oficios varios como el de auxiliar de albañilería”.

Para 2003, regresaron a Barranca y Marcela comenzó a laborar en un reconocido almacén de la ciudad, mientras Gildardo trabajaba como mototaxista. Recuerda que estuvieron en terapia de familia por las constantes peleas y los celos de Gildardo. “En el fondo, yo lo entendía porque a él de chiquito la mamá los abandonó y se fue a vivir con otro señor”.

Sin respuestas

Para el 2006, se estaba dando la desmovilización de los paramilitares y varios de ellos en Barrancabermeja se dedicaron al mototaxismo. “El 23 de septiembre de ese año, él me llevó al trabajo a las 7 a. m. y quedó en recogerme a las 11 para ir a almorzar. Nunca llegó por mí. Al llegar a casa le dije a mis hijos que fueran a un sitio donde vendían minutos para llamarlo”.

Al marcarle al celular, contestó una voz desconocida que le respondió que él había dejado el celular en un taller donde había llevado la moto a arreglar. “Le marqué al celu nuevamente y ya estaba apagado. Desde ahí comenzó mi calvario. Mi hija y mi mamá dicen que lo vieron en la moto con un pasajero por los lados del barrio cerca de las 10 a. m. y que iba muy rápido”.

Cuando regresó ese sábado del trabajo, Marcela fue hasta el barrio La Esperanza, donde vivía el papá de Gildardo con el fin de averiguar algo, pero nadie lo había visto. Recuerda que el lunes siguiente se dirigió a la Fiscalía a instaurar la denuncia por la desaparición. “No olvido que el funcionario que me recibió la denuncia se me burlaba y decía que ‘ese cuento ya acá lo hemos escuchado, seguro se fue con la moza’”.

Días después un vecino del barrio se le acercó y le dijo, con algo de misterio, que alguien le había mandado la razón que dejara de ir a poner quejas a la Fiscalía y a organizaciones sociales sobre la desaparición de Gildardo, a lo que Marcela respondió que no la amenazara y que ella estaba buscando era al papá de sus hijos. El hombre le insistió en que mejor se quedara callada porque tenía un hijo de 15 años y algo le podría suceder. El sujeto reiteró en su amenaza y le dijo: “Nunca va a encontrar a su marido”. El hombre, posteriormente, estuvo en la cárcel por hurto de combustible y. luego de quedar en libertad. fue asesinado en una cancha de fútbol.

Buscando pistas

Con la desaparición de su esposo, Marcela se vio obligada a responder por el hogar y delegó en su mamá la representación en las audiencias de Justicia y Paz que se desarrollaban en Bucaramanga, buscando saber qué había pasado con su esposo. En una de esas diligencias judiciales, alias ‘Panadero’ y alias ‘El Gato’, quienes fueron comandantes de los paramilitares en la región, al ser interrogados por el caso de Gildardo dijeron que John Jairo Álvarez, primo de Gildardo, sería el responsable de su desaparición.

Tiempo después, John Jairo, conocido también como “Tatoo”, fue detenido acusado de hurto de combustible. En la cárcel, Marcela lo contactó y le dijo que ‘El Gato’ había afirmado que él era el responsable de la desaparición de Gildardo. “Tatoo” lo negó y le dijo que jamás haría eso porque Gildardo era su primo. Años más tarde, después de salir de la cárcel, John Jairo fue asesinado en el mismo barrio. Incluso, el papá de Gildardo, tío de “Taoo”, sospechaba que él tenía algo que ver con la desaparición de su hijo.

Pero los problemas para Marcela apenas comenzaban, pues, su hijo, que en ese momento tenía 15 años, comenzó a consumir drogas, situación que superó con el paso de los años. “Mi hija que tenía 8 años casi enloquece, alucinaba con que Gildardo aparecía; soñaba constantemente con su regreso. Ella era la consentida de Gildardo y aún dice que el papá va a regresar a la casa. Como no hemos recibido ningún cuerpo pues yo digo que mi papá está vivo”.

En 2013, Marcela se afilió a la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (Asfaddes), organización que la ha acompañado y le ha ayudado con terapias psicosociales. Conoció a su segundo esposo y se casó con él en 2014. “Mis hijos se la llevan bien con él. Además, él les ha ayudado a salir adelante, incluso mi hija hace una técnica para ser auxiliar de primera infancia, estudia para cuidar niños --eso le gusta--, mientras que mi hijo es guardia de seguridad”.

A comienzos de este año la llamaron de la Unidad de Búsqueda de A Personas Dadas por Desaparecidas (UBPDP) y le solicitaron los documentos de Gildardo para trabajar en el caso. Recuerda que a su hijo hace unos años la Fiscalía le hizo una prueba de ADN para tratar de ubicar los restos de su esposo. “Yo en mi corazón sé que él está muerto, porque si estuviera vivo algo supiésemos de él, además que él amaba a sus hijos y seguro ya hubiese regresado”. No obstante, hace énfasis en que quiere que le entreguen sus restos “para que cese esta zozobra y para sepultarlo y que merezca memoria”.

Frente al perdón dice que si algún día le cuentan qué pasó con su esposo y le entregan sus restos y le piden perdón, ella está dispuesto a darlo. “Gildardo fue el amor de mi vida, es el papá de mis hijos. Que me digan donde está él para cerrar este ciclo de dolor y para que mi hija también descanse. Mi hija y yo somos las que más dolor y tristeza tenemos”. Un dolor que desde hace casi 15 años las acompaña con más o menos fuerza, pero que nunca se va.

* Periodista de la Unidad para las Víctimas.

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