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30 Nov 2020 - 2:00 a. m.

“Tengo complejo de Noé: ayudo a crear arcas, pero se me meten bestias”: Luis Eduardo Garzón

El exalcalde, uno de los promotores de partidos como el Polo y Alianza Verde, habla de su trasegar político, sus luchas y su forma de hacer política. Segunda entrega de la serie “Disidentes políticos”.
Javier González Penagos

Javier González Penagos

Periodista Política
Lucho Garzón  alega que los partidos chantajean con “la dictadura del aval” e insiste en movimientos. Aunque admite que generan soledad, defiende su importancia y necesidad.
Lucho Garzón alega que los partidos chantajean con “la dictadura del aval” e insiste en movimientos. Aunque admite que generan soledad, defiende su importancia y necesidad.
Foto: GUSTAVO TORRIJOS

A pocos meses de cumplir 70 años, el exalcalde Luis Eduardo Garzón —hoy marginado de partidos políticos— habla más pausado y reflexivo. Si bien conserva el vigor y la entereza que lo hicieron un destacado líder sindical, no deja de lado su faceta pausada y analítica, la misma que le permitió también hacerse a cargos de poder político. No es fortuito que haya sido uno de los gestores de partidos del calibre del Polo Democrático o la Alianza Verde.

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¿Cómo un líder sindical, de marcado trasegar en la izquierda, termina siendo ministro de Juan Manuel Santos, un político más inclinado a la orilla política opuesta? En otra edición de “Disidentes Políticos” el exalcalde de Bogotá responde, da cuenta de su trayectoria política, su confianza en los movimientos amplios por encima de los partidos, y en lo que lo hoy lo afana en la política: la lucha social por el trabajo y el hambre, la defensa de la Constitución del 91 y el Acuerdo de Paz.

Comenzó en lo sindical y su primer acercamiento fue con el Partido Comunista. ¿Cómo fue ese coqueteo?

He sido de movimientos y no de partidos. Mi única militancia fue con el Partido Comunista en 1985 a través de la Unión Patriótica (UP).

En el mundo social, la CUT (Central Unitaria de Trabajadores) es la mejor experiencia de diversidad. Siempre he sido de movimientos: rompen retenes y abren la posibilidad de cosas amplias. Si me pregunta por mi ideal de movimiento diría que es Guantanamera: todos la tarareamos, de derecha a izquierda, pero todos tenemos letras diferentes. Hay tantos problemas que no los va a resolver una constituyente, ni un gobierno con mesías.

Además, siempre he tenido complejo de Noé: ante diluvios ayudo a crear arcas, pero se me meten bestias terribles. Así trabajo.

Apostó por un movimiento y a finales de siglo se aventuró con el Frente Social y Político…

Con gente muy buena tomamos esa iniciativa. Al principio el Partido Comunista no quiso entrar y luego sí, con personas como Carlos Gaviria, Alejo Vargas, Gloria Cuartas, Lorenzo Muelas y Orlando Fals Borda. Se sumó la CUT.

Los partidos limitan la posibilidad de movimientos amplios. Soy daltónico: no me importa el color, sino el objetivo. Con Juan Manuel Santos estuve por la paz, porque mi lucha fue la negociación política.

Le dije en su momento a Juan Gossaín: si tengo 500.000 votos hago aeróbicos de felicidad en la carrera Séptima. Si tengo un millón demando a la Registraduría por fraude a favor mío. Al final tuvimos 750.000 votos. Le ganamos a Noemí Sanín, que en su momento encabezaba la encuesta con Horacio Serpa. Álvaro Uribe y yo éramos margen de error, y terminamos él ganando y yo tercero.

¿Cómo es que el Frente luego mutó al Polo?, con el que consiguió la Alcaldía de Bogotá…

Apareció una votación muy importante. Nos dimos cuenta de que de los 750.000 votos que saqué, había 300.000 en Bogotá, una cuota inicial importante.

Ahí se da la transición entre el Frente al Polo Democrático. La llegada de Carlos Gaviria al Senado fue toda una sorpresa, porque nadie daba un peso por él y fue la novedad. Eso lleva a que los sectores llamados de izquierda me plantearan la creación de un movimiento.

¿Por qué se fue al Polo si ya estaba en el Frente Social y Político?

Porque el Frente se negaba a ampliarse. Es la razón de fondo con los comunistas, que les costaba hacer movimientos amplios, lo mismo el MOIR. A nombre de lo programático terminan negados y convierten eso en un retén. Ellos pescan con anzuelo (de a uno) y yo con atarraya, y uno puede encontrarse de todo, pero también pargos.

¿Pero con esa atarraya no hay riesgo de que se cuelen indeseables?

Claro. Pero la otra es hacer militancia selectiva y tener homogeneidad política. Los problemas se arreglan con movimientos. No soy antipartido, pero sí trabajo por movimientos. Gané acompañado por el Polo, pero uno gobierna para la ciudad, no solo para los que votaron por mí. Una crítica a Duque es que gobierna para su partido.

Hacer política en el siglo XX era complejo por el bipartidismo, pero tiró por la tendencia alternativa...

Sí, pero hay un problema: el movimiento genera soledad, los partidos, solidaridad hipócrita, pero solidaridad. Adentro todo parece homogéneo, pero es como el río Guatapurí: por debajo va la corriente y se lleva lo que sea. Es como la teoría del Alka-Seltzer: mucha efervescencia, poca consistencia.

¿Cómo fue gobernar con un partido ya formalmente vinculado?

Tenía claro que necesitaba mandar un mensaje de que esto no era un escenario contestatario de izquierda. Tuve peleas por nombrar a gente diversa; contesté que no gobernaba para un partido.

Terminó su alcaldía agarrado con el Polo. ¿Qué precipitó su salida?

Salgo de la Alcaldía después de muchos debates y me parece que faltó contundencia de todos estos para condenar temas como la muerte de los diputados del Valle.

Ahí comenzó a gestarse el partido Verde con Mockus y Peñalosa...

Hay un antecedente. Los quíntuples: Marta Lucía Ramírez, Enrique Peñalosa, Antanas Mockus, Sergio Fajardo y yo. Fajardo luego se fue por su línea e hizo su propia campaña. Marta Lucía tenía una investigación en el Consejo de Estado y Antanas decidió que en sus conceptos de ética ella no cabía.

Entonces nos quedamos los tres y había un momento de autoestima en Bogotá tenaz por la corrupción. Hicimos la consulta y nos fue bien. Eso pasa a ser el Verde. Algunos del Polo pasaron allí. Hoy la mayoría está allí y yo por fuera. La ironía de la vida.

¿Y cómo es que en otro partido que ayudó a formar terminó por fuera?

Pensé que había muchas coincidencias entre Mockus y Peñalosa, pero la confrontación después de la campaña fue terrible y yo actuaba como la celestina. Eso me desgastó mucho.

Después decidimos hacer parte del gobierno Santos, porque ya sabíamos para dónde iba la cosa con la paz. Ya no estaba Mockus y muchos estuvieron de acuerdo con que estuviéramos. Pero en un congreso del partido, en septiembre de 2013, los verdes se unen a Petro. No entendía cómo hicimos campaña anti-Petro y ellos terminan haciendo una unificación con él. Renuncio porque el verde se divide.

Por su experiencia, ¿no concluye que es muy difícil hacer unidad?

Es imposible, porque la lucha por el poder saca todo. La ilusión nunca se pierde, pero hoy lo pienso diferente. Ya no es solo reivindicar los derechos sociales y la lucha por la paz. Hoy se impone una convocatoria a una gran minga y por eso estoy luchando.

Hay dos agendas para mí claves: la primera, la Constitución del 91, que hay sectores que la quieren echar para atrás. Y dos, la defensa del Acuerdo de Paz.

Su última experiencia fue recoger firmas para la Alcaldía. ¿Qué tan difícil es hacer política sin partido?

Terrible. Lo hice cuando los partidos no tenían la fuerza. Hoy tienen la dictadura del aval.

¿Puede desligarse de los partidos?

Nada. Soy lo que soy, fui lo que fui, por el sindicalismo, por los partidos y los movimientos. No reniego nunca de mi historia. Cuando se hacen saltos mortales como los que he hecho corre la posibilidad de quedar cuadrapléjico o mantenerse. Hoy, mientras la salud me dé, seguiré trabajando por movimientos amplios, pero no desconociendo los partidos.

¿Está pensando en otro movimiento?

No lo estoy creando, sino apoyando uno alrededor de la lucha social por el trabajo y el hambre; la defensa de la Constitución del 91 –que la violaron durante estos años, pero ahora quieren volverla trizas, Álvaro Uribe en concreto– y el Acuerdo de Paz.

Es una coalición con Fajardo, los verdes, Jorge Robledo, Juan Fernando Cristo, Roy Barreras, entre otros, me parece interesante. Porque son convocantes. Me gusta mucha esa coalición sin bautizarla y no hago vetos.

¿Y no descarta volver a la política?

El largo plazo de una persona como yo, llegando a los setenta años, es de una hora. Yo no estoy en campaña, lo juro y le estoy hablando a los ojos. No estoy con ninguna expectativa. Yo no tengo sino agradecimientos con la vida, por poder liderar movimientos, ciudad e incluso cátedras de tipo social. Yo sumo, no quiero pescar. Con lo poco o mucho que represento quiero ayudar y en principio veo un buen embrión, que son este combo, que lo veo interesante.

Con los movimientos uno no debe favores a partidos, pero sí a políticos y termina amarrado. ¿Debe algo?

Yo no creía que iba a ganar a la Alcaldía en 2004 y nadie me apoyaba. Por eso cuando llegué no le debía a nadie. Por eso pude hacer las cosas como se me ocurrían, pero cuando uno llega siendo rehén de alguien, gobierna dependiendo de sus acreedores. No le debo nada a nadie. Tengo una pensión muy buena para un trabajador, pero muy mala para un político. Tengo la seguridad social de Ecopetrol, que es extraordinaria. Un apartamento con mis hijos y un carro. Que esculquen.

“Disidentes políticos”, una muestra de la crisis de los partidos

El Espectador lanza “Disidentes políticos”, una serie de entrevistas que se publicarán de forma semanal para dialogar con aquellas figuras que, tras permanecer años en un movimiento político, resolvieron dar un paso al costado, montar rancho aparte y lanzar su colectividad propia.

El fenómeno no es nuevo y, de hecho, se ha intensificado con el pasar de los años. Casos recientes como los de los senadores Roy Barreras, Rodrigo Lara, Armando Benedetti y Jorge Robledo evidencian la crisis que viven los partidos.

El boom de los grupos significativos de ciudadanos es otra de sus muestras. Si bien no son movimientos políticos con proyección a largo plazo, estas organizaciones, basadas en la recolección de firmas, se han ido consolidando. Apenas en las pasadas elecciones regionales, 1.253 candidatos apostaron por esta modalidad. En las presidenciales también se hicieron sentir y hay ejemplos como los de Gustavo Petro, Sergio Fajardo, Clara López y Germán Vargas Lleras.

¿Quién más merecería estar en este espacio de “Disidentes políticos”? Escríbanos a jgonzalez@elespectador.com

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