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21 Mar 2021 - 3:01 p. m.

“Un país decente”: el anhelo de Iván Marulanda en la constituyente

Treinta años después de la Asamblea Constituyente, varios de sus miembros siguen en pie en la vida pública como testimonio de la Carta Magna que cambió el país. Tal como Iván Marulanda.
Laura Angélica  Ospina

Laura Angélica Ospina

Periodista Política
Iván Marulanda, que venía del Nuevo Liberalismo de Luis Carlos Galán, llegó a la Comisión Quinta de la Asamblea.
Iván Marulanda, que venía del Nuevo Liberalismo de Luis Carlos Galán, llegó a la Comisión Quinta de la Asamblea.
Foto: El Espectador

Iván Marulanda ha vivido algunas de las más fuertes tempestades políticas de las últimas décadas. Desde que inició su actividad pública, ha cargado consigo los principios liberales, a pesar de los infortunios de la violencia, la incoherencia partidaria, la corrupción y demás asuntos que rodean el oficio al que decidió dedicarse. Junto a Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla, fundó el nuevo liberalismo con una sola —pero ambiciosa— intención: transformar la democracia. En ese entonces, dio algunas de las más duras batallas: ser una fuerza opositora en las toldas rojas, pedalear en el 88 una reforma constitucional y luego verse forzado a enterrarla por el mico del artículo de la extradición, ser testigo de los asesinatos de Lara y Galán y así vivir en carne propia el exterminio político. Sobrevivió a los ataques y tanta inestabilidad nacional resultó, para él, en una de las experiencias más reveladoras de la época: ser constituyente en 1991.

Hoy en día, Marulanda es senador de la República por la Alianza Verde, pero su propósito de transformar la democracia se remonta casi 50 años atrás. “Esta historia comenzó en una etapa anterior, que fue el movimiento de democratización liberal, en el que estuvimos con Carlos Lleras. Pero se consolidó cuando llegamos al Congreso, en el período entre 1986 y 1990. Ya habían asesinado a Rodrigo Lara Bonilla, pero cuando empezó esta legislatura nos preguntamos cuál era, en el fondo, la razón de ser de esta lucha de nosotros, que era disidente, de oposición y de una minoría. Nos dijimos que lo que estábamos peleando en la política era una reforma constitucional. El país tenía unas instituciones muy estrechas y limitadas que no alcanzaban a hacerle una lectura de las realidades contemporáneas del país y del mundo”, cuenta Marulanda.

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Ese Estado restringido y con capacidad mínima, que menciona el congresista, se enmarcaba en la Constitución de 1886. Los 70 delegatarios de la Asamblea Nacional Constituyente de 199 la recuerdan como vieja, con una estructura política sectaria en la que solo cabían los liberales y conservadores y que no le abría un espacio a la diversidad y el pluralismo. Para controvertir esa carta política que reflejaba al país del pasado, el nuevo liberalismo se puso en la tarea de producir iniciativas legislativas que reformaran la composición jurídico- política de Colombia para incluir una perspectiva de derechos humanos y el concepto de pluralidad ideológica. “Queríamos una carta política que tuviera en cuenta las minorías étnicas, de género, territoriales, la consideración de los colombianos en el exterior, que tuviera apertura a la modernidad y que fuera capaz de interpretar las necesidades de la paz”, explica el senador.

Los primeros pasos y la reforma constitucional de 1988 que no fue

Ese deseo tomó fuerza cuando conocieron los resultados de las elecciones regionales de 1988. El análisis político fue contundente para ellos: la pequeña fuerza que representaba el nuevo liberalismo no tenía posibilidad de llegar al poder y cambiar el rumbo del país. “Entonces, contemplamos la opción que nos abrió en ese momento el gobierno de Virgilio Barco. Por razones curiosas, sin haber sido parte de la elección de Barco y sin haber formado parte de su gobierno, lo defendimos en el Congreso, más de lo que lo hicieron los propios liberales. El ejecutivo tenía buenas ideas”. Bajo ese contexto, menciona Marulanda, tomaron en serio la propuesta de regresar al Partido Liberal, que en ese momento tenía mayorías en el Capitolio. Ese fue el camino para forjar de una vez por todas la reforma constitucional en la que venían pensando años antes.

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Él lo recuerda así: “Por nuestro lado no teníamos futuro en el poder. Nos hicimos la pregunta: ¿qué le vamos a exigir al Gobierno a cambio de poner a un lado la lucha disidente para regresar al partido? Esto tenía que suceder bajo algunas condiciones, pues no queríamos sentir que habíamos perdido el tiempo. Entonces le exigimos al Gobierno y a la bancada impulsar una reforma constitucional, y trabajar en una política en materia de paz y otra económica, ambas convenidas con nosotros”. A partir de ahí, el trabajo para sacar adelante la reforma fue intenso. Recorrieron varias ciudades, convocaron a sus cercanos y dieron discusiones abiertas sobre descentralización, derechos ambientales, derechos humanos, al igual que sobre transformaciones en la justicia y el Congreso. A sus ojos, el ejercicio les dejó algo claro: “todos los colombianos saben en qué país quieren vivir y qué instituciones quieren”.

En este aspecto, la fuerza política de la que hacía parte Marulanda fue radical frente al gobierno, que se resistía al cambio. “Cuando le tocó hablar a Luis Carlos Galán, le expuso al ejecutivo que nuestra propuesta era cambiar prácticamente toda la Constitución y que era en serio. Les dijo: ampliamos y maduramos esta democracia para que quepamos todos los colombianos, o no vale la pena y no damos el paso”, evocó. Bajo esa consigna, el gobierno de Barco, el Partido Liberal y el nuevo liberalismo acordaron la reforma constitucional y la presentaron en el Congreso en julio de 1988. Esto fue un intento más por modificar la carta política. A pesar del impulso, en esta oportunidad los vientos tampoco soplaron a favor de la transformación política más ambiciosa de los últimos años. En vez de ello, la violencia del narcotráfico hizo otra vez de las suyas. El país sintió otro terremoto que prometía desestabilizar el vigor partidario y Marulanda vio como su sueño se derrumbaba.

“El Congreso surtió su debate y el proyecto se siguió discutiendo en 1989, pero a poco andar, mataron a Luis Carlos Galán. Aunque la reforma siguió hasta diciembre, en la Cámara le metieron el mico dictado por los narcotraficantes y sus amigos políticos en el Congreso. Ese parágrafo decía que se convocaba a un plebiscito para que el pueblo eligiera si había o no extradición en Colombia. Eso era perverso porque el país estaba bajo el control del terror. Habían tumbado un avión de pasajeros y estaban matando a todo el mundo. Si había un plebiscito se iba a grabar sobre piedra la prohibición de la extradición”, recuerda. El mico lo aprobaron a media noche en la Cámara y así envenenaron la reforma, dice. Sin otra salida, en una reunión secreta, el nuevo liberalismo y el Partido Liberal resolvieron enterrar por completo el proyecto.

“Tenía el deber moral de estar en la Constituyente”

En ese momento, el derrumbe emocional de Iván Marulanda fue brutal. Décadas después del asesinato de Galán y del hundimiento del proyecto —que era la razón de ser de su lucha política —, el dolor sobre lo ocurrido sigue presente y profundo. No escapa cuando su memoria recorre el camino hacia la Asamblea Nacional Constituyente. “Luego del hundimiento de la reforma, dejé una constancia. La declaración termina diciendo que el país no tenía otra solución para salir de esta tragedia y para crecer en democracia que convocar a una Asamblea Nacional Constituyente”, son las palabras que repite, más de 30 años después de haberlas pronunciado. Vino después el asesinato de Bernardo Jaramillo, la continuación de la tragedia. Para sorpresa de la clase política, en aquel complejo escenario empezó a florecer una voz popular que pidió a todo pulmón una constituyente.

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“Cuando se produjo el fenómeno de la Séptima Papeleta se nos levantaron nuevamente los ánimos. Este hecho político rompió el muro pétreo que había impedido a los anteriores gobiernos reformar la Constitución y se logró convocar a la Asamblea. Tan pronto salió el decreto para hacerla, yo sabía en mi conciencia que tenía el deber moral para irme a esa Asamblea”, relata el parlamentario. Dejó la Fundación Luis Carlos Galán, que estaba impulsando en esa época, y salió a hacer campaña. Marulanda no se lanzó por el Partido Liberal. En vez de eso, recogió firmas y fundó el movimiento Nueva Colombia para ser uno de los 70 delegatarios que participaron de ese espacio histórico.

La voz se le quiebra al recordar. “Me recorrí el país en las condiciones más paupérrimas. Lo hice con un dolor en el alma porque me asesinaron a mis compañeros. Lo sentí como si estuviéramos empezando nuevamente. Me encontré con un nuevo liberalismo muy derribado moralmente, me decían que no les hablara más de política. En esas circunstancias fui elegido constituyente. Llegué con la propuesta de reforma que enterramos en el Congreso. La construcción de la carta política de 1991 giró en torno a esos valores que veníamos discutiendo. No quiero decir que fue la reforma del nuevo liberalismo, ni nada parecido. Fue una reforma democrática, en la que participaron todas las fuerzas sociales y políticas, pero salió una constitución que nos dejó contentos porque aportamos ideas que tuvieron un papel importante”, agrega, conmemorando lo que significó la Asamblea.

Marulanda, que es economista, participó en la Comisión Quinta, que trató temas económicos, sociales y ecológicos. Mientras hurga en su mente, un silencio lo recoge y declara: “no sé si esto se volverá a repetir en la historia colombiana. Fue realmente un momento de luz, porque nos encontramos allá representantes de todas las realidades sociales, culturales, regionales, ideológicas, religiosas, de género. Y lo hicimos en una condición muy humilde porque no había mayorías ostensibles, sino que todos éramos minorías. Llegamos primero con un sentimiento de derrota muy grande, porque veníamos de muchas guerras y con la conciencia de que todas las habíamos perdido. Sabíamos que teníamos que ponernos de acuerdo para tener un país en el que todos pudiéramos vivir dignamente, decentemente, sin matarnos. A pesar de que había un expresidente, líderes como Álvaro Gómez y personalidades importantes hubo un respeto total. Nos reconocimos en ese dolor tan profundo”, confiesa, desde su casa en Rionegro, Antioquia.

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Marulanda es enfático en ello: la Constituyente logró que se reconocieran las diferencias y se les dieran un lugar. La nueva carta política, dice, estuvo encaminada a sentar las bases para construir una nación digna, alejada de la violencia. Para él, fue el primer ejercicio democrático de reconciliación, diálogo y consenso. “Se logró que la Constitución dejara de ser dogmática. Le dio herramientas al Estado para que exprese su propio discurso en forma de políticas públicas”, añade. No obstante, reconoce que el tiempo no fue suficiente para abordar todo el universo político e institucional del país. “No pudimos profundizar como hubiéramos querido en varios temas, entre ellos el de la descentralización. Sin embargo, dejamos escritas unas visiones de un país unitario pero descentralizado, con un carácter importante de autonomía”, dice.

Mirar en retrospectiva no es fácil para Marulanda. En su historia identifica, entre otras cosas, lo difícil que fue sostener una vida política luego de tantos golpes y ataques macabros que resultaron en la pérdida de sus compañeros de lucha. “Vivíamos amenazados. Estaba agobiado. Antes de que mataran a Luis Carlos, todos estábamos seguros de que él iba a ser presidente. Le comenté que quería retirarme de la política, dedicarme a mi familia y que yo quedaba contento con que él ganara. No he sido un hombre ambicioso, lo único que he hecho es soñar con un país decente. Pero, a las pocas semanas de esa conversación lo mataron. Pensé para mis adentros que esa charla había sido una especie de condena y que nunca me iba a poder retirar de la política. Así ha sido”.

Con los recuerdos a flor de piel, el hoy senador habla del “fuego de un compromiso muy profundo”, como la antorcha que lo ha mantenido vivo en su vida política. Ese resplandor lo llevó a la Constituyente y, 30 años después de haberla escrito junto a los otros delegatarios, confirma que el camino para hacerla cumplir aún es largo. “En la Constitución quedó un alma humanista de la que emana inspiración para la construcción de un país decente y esperanzador para las personas. A partir de ahí, tenemos que hacer valer lo que quedó ahí consignado. No se han dado los pasos, pero es un principio, muy distinto a lo que había antes”.

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