El humanismo nació como corriente de pensamiento filosófico en la Europa de los siglos XIV y XV, retomando conceptos clásicos (de las culturas griega y romana) en oposición al modelo teocentrista dominante, privilegiando al hombre y la razón humana, y fomentando un fuerte desarrollo intelectual y cultural, entre otras características.
En la contemporaneidad, este concepto —al que se le suele llamar “cultura humanista”— se relaciona también con el fomento de los valores y los derechos humanos, enfocándose, además de la educación y la generación de conocimiento a través de la ciencia, en la convivencia pacífica, la ética, la cooperación y la responsabilidad social y ambiental.
El contexto mundial nos motiva y obliga a la reflexión permanente sobre el camino que recorremos como humanidad y la realidad que construimos como sociedad. No es posible sustraerse de ello ni analizarlo superficialmente y a distancia, cuando la evolución y la dependencia tecnológica pueden ser asumidas como avasallantes y, aun así, corresponde entenderlas y adoptarlas; cuando a diario asistimos a un río desbordado de noticias sobre los conflictos internacionales existentes y los que amenazan ir escalando; al igual que cuando estamos ante una crisis democrática generalizada.
También, cuando se han extendido los antivalores, el aislamiento social, la injusticia, la inequidad; se han propagado problemáticas de salud pública como la depresión; nos abruma la incertidumbre y se ha incrementado la migración forzada.
Indudablemente, la conciencia humanista es fundamental para el discernimiento y el mejoramiento de todo este devenir, y, sin duda, la educación es un medio primordial para cultivarla.
Como lo he planteado en columnas de opinión anteriores, el enfoque humanístico debe acompañar siempre los procesos de enseñanza y aprendizaje con carácter ubicuo, en aspectos tan esenciales como el estímulo de la capacidad individual de pensar de forma autónoma y crítica la consolidación de la sensibilidad y la solidaridad, la búsqueda de soluciones conjuntas a las problemáticas sociales, consolidación y defensa de una ética universal y la preservación del entorno ambiental.
Así mismo, es importante la promoción, la conservación y el respeto de la cultura de los pueblos, la literatura, la filosofía y, por supuesto, los valores humanos.
Una frase que, aunque lacerante, se ajusta al panorama global, del filósofo y padre del pensamiento complejo, Edgar Morin, es que nunca ha habido tantos conocimientos sobre el hombre y nunca se ha sabido tan poco sobre qué es el ser humano: “Los conocimientos sobre lo humano se han vuelto cada vez más parciales, limitados, dispersos, compartimentados, marcados por la disociación entre lo espiritual y lo material, entre el cerebro y la mente (...) hay una especie de agujero negro en nuestro conocimiento de nosotros mismos, y eso obstaculiza la comprensión mutua”.
La academia y, muy particularmente, la universidad, como ese centro educativo, humanista, prolífico en cultura, conocimiento, desarrollo tecnológico e innovación que asume la alta responsabilidad de coadyuvar en la estructuración de la condición humana y una sociedad justa, debe ser ejemplo y arquetipo de valores humanos, pensamiento crítico, inclusión social, sentido democrático, reflexión y diálogo, ofreciendo una educación integral y de calidad, favoreciendo el abordaje de medios y soluciones que permeen todos los estamentos sociales, en dirección al bienestar colectivo.
* Rector de Unisimón.