Huir después de volver:

el regreso de los caminantes venezolanos a Colombia en medio de la pandemia

Después de haber regresado a su país por la pandemia, cientos de venezolanos decidieran volver a emigrar hacia Colombia por la falta de oportunidades en su país. En el camino se encontraron con una travesía más difícil y hostil.

Maicol Ramírez salió de Barinas, Venezuela, con el objetivo de llegar a la ciudad colombiana de Pereira y trabajar recogiendo café. De su casa solo se llevó una pequeña maleta tricolor en la que empacó lo que pudo: un par de tenis, una cobija, un suéter para el frío y un paquetico de arepas que le preparó su mamá. De estas no le quedan muchas, dice. Las ha compartido con tres jóvenes venezolanos que conoció caminando en una carretera colombiana.

Ruta de Maicol

“Caminamos porque allá no nos queda nada, solo el hambre”, dice Maicol antes de ser interrumpido por Génesis, Ramón y Víctor, sus acompañantes. Los cuatro habían regresado a Venezuela desde Colombia tras perder sus empleos. Sin gente en las calles por la cuarentena, y con los negocios cerrados, pagar los arriendos y conseguir comida se hizo difícil. La solución más obvia era regresar a su país, donde al menos tenían un techo donde dormir.

Maicol Ramírez caminó desde Barinas hacia Cúcuta y aspira a llegar a pie a Pereira. Foto: Jesús Mesa

Génesis y Ramón cuentan que los echaron de las habitaciones en Bogotá donde vivían porque no tenían cómo pagar los 150.000 pesos de arriendo a la semana, cada uno. Ella perdió su empleo como camarera porque la persona que le dio trabajo perdió su restaurante. Ramón, por su parte, trabajaba en el terminal “jalando” clientes a los taxis. Sin gente en las calles no supo que más hacer. Decidieron regresar.

Pero pronto se dieron cuenta de que habían cometido un error. La situación en Venezuela no estaba mejor respecto al momento en el que habían decidido emigrar por primera vez. Con una anécdota diferente, aunque con reclamos y lamentos similares, los entrevistados para esta nota concuerdan en que la falta de agua, comida y atención en salud los hizo tomar la decisión de salir de su país y recorrer Colombia a pie. Así como la primera vez.

Como medida preventiva contra el virus, el gobierno de Nicolás Maduro ordenó en marzo el cierre de las fronteras terrestres entre Colombia y Venezuela. Al tiempo, las autoridades venezolanas permitieron un paso limitado a aquellos migrantes que decidieran regresar. Muchos lo hicieron. Por unas semanas, el flujo de migrantes se dio en sentido inverso y miles de migrantes regresaron a Venezuela tras perder sus empleos.

De acuerdo con organizaciones civiles, cerca de 600 migrantes diarios cruzan la frontera por los pasos ilegales. Foto: Jesús Mesa

Cuando inició la pandemia y los venezolanos comenzaron a retornar a su país, la cifra de caminantes que estaba cruzando la frontera hacia Colombia pasó a ser tan solo de 60 personas por día. Pero desde septiembre, cuando el gobierno de Iván Duque decretó la reactivación económica en el país, han regresado las filas de venezolanos en los bordes de las carreteras. De acuerdo con organizaciones civiles que los están atendiendo en la frontera, la cifra se ha disparado a 600 migrantes diarios, a pesar de que los pasos fronterizos entre los dos países se encuentran oficialmente cerrados.

El aumento del número de caminantes en nuestras carreteras es una realidad, en la que estamos viendo una población mucho más vulnerable que la de hace algunos meses o incluso de los momentos más significativos en el año 2017 y 2018”.

Lucas Gómez, gerente de Fronteras de Migración Colombia.

El retorno para los migrantes es un “terrible drama” a juicio de Ronal Rodríguez, investigador, inmigrante venezolano y coordinador del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario: “Es ante todo una tragedia porque supone para los migrantes un fracaso de su primer viaje. El llegar a Venezuela y encontrar con que las cosas no han cambiado es un golpe muy grande y si le sumas el rechazo que generan, debido a la equivocada idea de que vienen de Colombia contaminados, es terrible”.

El relato de Maicol confirma lo dicho por Rodríguez. En abril, después de varios días caminando, llegó al Puente Simón Bolívar, en Cúcuta. Le tomaron la temperatura y le hicieron los chequeos correspondientes y tuvo la fortuna de cruzar a Venezuela sin hacer mucha fila. Pero lo que encontró no fue precisamente una mejoría.

“Nos tuvieron varias horas en la aduana y luego nos enviaron a los albergues de cuarentena en San Antonio, con un montón de personas. Nos trataban mal por el hecho de volver desde Colombia y nos miraban con miedo, sobre todo los guardias. 14 días estuve así hasta que ya pude viajar a Barinas, que afortunadamente no era tan lejos”, cuenta.

Patricia Salguero, directora de la Fundación Nueva Ilusión, ubicada en el municipio de Los Patios a las afueras de Cúcuta, concuerda con Gómez y asegura que los caminantes de hoy llegan en una condición de vulnerabilidad más complicada que la de hace años. Salguero calcula que al día cruzan al frente de su oficina, uno de los primeros puntos de atención para los migrantes en el camino, llegan entre 150 y 200 migrantes. También dice que debido a la pandemia el trayecto para los migrantes se ha puesto más “complicado”.

Las restricciones para evitar el contagio de la enfermedad han obligado a varios albergues y fundaciones a cerrar sus puertas, por lo que las ayudas son ahora más limitadas”.

Patricia Salguero, vocera de la Red Humanitaria, una agrupación de albergues, fundaciones y comedores que se ha visto gravemente afectada por las medidas sanitarias.
La frontera terrestre entre Colombia y Venezuela se encuentra cerrada desde marzo de este año. Foto: Jesús Mesa

Desde marzo pasado, los sitios que brindaban albergue y comida a los migrantes se mantienen cerrados como medida para evitar la propagación de la pandemia. En el caso de la Red Humanitaria, mientras que en 2019 contaban con 19 puntos de atención para los migrantes en el trayecto entre Cúcuta y Bucaramanga, en octubre de 2020 solo 8 de ellos se encuentran abiertos.

Los migrantes deben ahora caminar más kilómetros para recibir comida y ropa. Techo ya no podemos darles, pues las autoridades molestan mucho con el tema de las congregaciones”.

Vanessa Apitz, abogada especializada en Derechos Humanos y parte de la fundación Nueva Ilusión.

“Vienen caminando en grupos grandes y la situación se está volviendo incontrolable”, denuncia por su parte Vanessa Peláez, coordinadora del Albergue Vanessa, ubicado en el municipio de Pamplona, a dos horas y media (en automóvil) desde Cúcuta. “Es triste saber que, en los peligrosos tramos de los páramos de Berlín, El Picacho y actualmente no hay albergues para que estas personas pernocten, descansen, o simplemente le huyan al frío”, agrega.

Laura y Javier emigraron desde Venezuela por la falta de comida y de medicinas para atender a su bebé de dos años. Foto: Jesús Mesa

Ruta de Laura y Javier

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Génesis Moreno, oriunda de Maracaibo, se encamina ya por tercera vez a recorrer Colombia a pie. Ella, como otros miles de venezolanos, viajaron de regreso a su país a comienzos de abril al verse acorralados económicamente por la pandemia. La historia se repite con Laura y Javier, padres de una bebé de dos años, que también regresaron por cuenta de la cuarentena.

El tema de que venían desde Colombia tampoco ayudó. El presidente de Venezuela Nicolás Maduro llegó a decir en un momento que los retornados venezolanos eran “armas biológicas” y fueron pocos quienes quisieron tenderles la mano. Génesis, por ejemplo, trató de trabajar, pero el sueldo que le pagaban no equivale ni a 10.000 pesos colombianos (2,63 USD). Lo mismo ocurrió con Javier, quien dijo que le pagaban en bolívares y eso no le servía porque donde vive se vive en pesos colombianos. Por eso, al oír los rumores de que se podría volver a trabajar en Colombia, decidieron regresar. Eso sí, el panorama era muy distinto a la primera vez que emigró.

“Nos ha tocado caminar más para llegar a los albergues y ya no nos dejan dormir en ellos. Nos toca dormir al borde de las vías y los choferes ya no nos dan “cola” por miedo al coronavirus”, cuenta Génesis. “Ya no nos ayudan como antes que porque los podemos contagiar. Es como si nos tuvieran miedo”, dice Laura lamentándose mientras se seca las lagrimas.

Pero además de la larga caminata, el hambre y el frío, estos nuevos caminantes deben enfrentarse también al problema de vivir en la informalidad. Debido al cierre de fronteras, la gran mayoría de los migrantes tuvieron que pasar por las “trochas”, pasos informales en los que deben cruzar ríos, saltar verjas de alambre de púas y hasta pagar a soldados y pandillas que controlan juiciosamente el paso para llegar a Cúcuta.

Ramón descansa a un lado de la vía tras casi cinco horas de caminata. Foto: Jesús Mesa

Una vez en Colombia, y sin haber sellado sus pasaportes o registrado sus entradas legalmente, los venezolanos quedan condenados a trabajar en la informalidad. Al haber cruzado ilegalmente, los migrantes quedan vetados para acceder a los diferentes programas que el gobierno colombiano ha impulsado para atender a la población migrante, entre ellos los permisos de trabajo o las afiliaciones al sistema de salud o educativo.

Según Response for Venezuelans, una plataforma que monitorea la situación de los migrantes y refugiados venezolanos, en los últimos cinco años, más de 5,1 millones de ciudadanos de ese país han optado por buscar nuevos rumbos en países vecinos, ante la crisis sin precedentes que padecen dentro de su propia tierra. Poco menos de la mitad vive en Colombia y cerca de un millón están en condición irregular.

Esto, sin embargo, muchos de ellos lo saben y aún así deciden cruzar sabiendo que en Colombia también tendrán que pasar trabajos. Aún en medio de este panorama complicado, el deseo de los venezolanos de buscar un mejor futuro en Colombia prevalece. Así lo asegura Maicol mientras descansa en el costado de la vía: “Ya lo hemos hecho, al menos aquí sabemos cuáles puertas tocar. El objetivo es vivir bien, así toque caminar y caminar”.