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La abogada wayuu que quiere fortalecer la meritocracia

Sixta Zúñiga nació en Uribia y es la cabeza de una entidad que pretende que los cargos públicos, más que favores políticos o “palancas”, se definan con méritos, profesionalización y capacidades.

Tomás Tarazona Ramírez

12 de mayo de 2026 - 11:35 a. m.
Sixta Zúñiga ha llegado a espacios de incidencia como el congreso o Nueva York, sede de Naciones Unidas, para defender la meritocracia y apostarle a un país manejado por los profesionales más idóneos.
Foto: Cortesía

El poder no tiene por qué heredarse o negociarse: es posible ganarlo a pulso. Esa es la idea que defiende Sixta Zúñiga, presidenta de la Comisión Nacional del Servicio Civil (CNSC). Ella es la cabeza de un organismo autónomo en el Estado que marca la pauta para que la función pública, más allá del clientelismo o favores personales, sea ocupada con méritos.

Hace tres años se convirtió en una de las pocas mujeres en llegar a la dirigencia de esa entidad con varias tareas. La primera, procurar que los más de 1,3 millones de servidores públicos que hacen parte del organigrama estatal sean las personas más capacitadas del país. Y una tarea quizá igual de importante: mostrarles a las niñas que los techos de cristal también pueden romperse en espacios de función pública que fueron ocupados por hombres.

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Su trabajo consiste, en pocas palabras, en ajustar las reglas de juego para que los cargos públicos, sean en ministerios, gobernaciones o agencias locales, estén comandadas por las personas más capaces y que entiendan cómo desde sus diferentes investiduras pueden contribuir al desarrollo en Colombia. ¿Cómo funciona? Las entidades anuncian que hay vacantes laborales y la Zúñiga y su equipo se encargan de las convocatorias, pruebas y posterior selección para que las personas elegidas sean realmente las más idóneas para el cargo. Así funciona, por ejemplo, con la DIAN, los ministerios, hospitales públicos o entidades técnicas del Estado.

A sus nueve años tuvo que salir de Uribia para buscar un currículo educativo que se ajustara a sus pretensiones. Ya graduada como bachiller, se enfiló en el derecho administrativo, el cual completó en pregrado y diferentes especializaciones. Tras pasar por cargos como la Alcaldía de Uribia y el Ministerio de Defensa, fue elegida por unanimidad por la Sala Plena de la Comisión para manejar las riendas meritocráticas en la función pública.

Hoy Sixta es una de las primeras mujeres de Uribia en salir de su territorio, profesionalizarse y llegar a un alto cargo del Estado que, precisamente, les abre camino a las otras niñas del territorio cuyos perfiles (de vivir en periferias y tener escasas oportunidades de volverse profesionales) seguirían rezagadas del empleo público. Incluso fue premiada por la Gobernación de ese departamento con la Medalla Mujer Guajira, un galardón que aplaude cómo Zúñiga se convirtió en referente de miles de mujeres. Hace unas semanas, incluso, llegó a Nueva York, sede de la ONU, para hacer una ponencia sobre cómo la meritocracia puede devolver devolver la confianza y legitimidad a una función pública erosionada por las “palancas” y mala gestión.

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“Sin servidores públicos idóneos no es posible garantizar servicios adecuados. Debemos generar confianza ciudadana haciéndolo más representativo, pero también con base en el mérito”, comenta Zúñiga.

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El mérito de llegar

Zúñiga sabe que hablar de mérito también implica mencionar las oportunidades; incluso la desigualdad. Durante décadas se ha puesto la meritocracia en tela de juicio porque no todos parten del mismo lugar, ni cuentan con las mismas oportunidades ni lo hacen en los mismos contextos. Pero defenderla, comenta, puede hacer un Estado más incluyente y eficaz.

Michael Sandel, filósofo político de la Universidad de Harvard (EE. UU.), cree que es un “ideal atractivo”: en la teoría, promete oportunidades iguales para todos en una sociedad. Pero ahí aparecen los problemas. El trayecto no es el mismo para una mujer que nace en Uribia, uno de los municipios con más pobreza multidimensional del país, a la historia de un hombre que crece en alguna ciudad principal.

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“Crea arrogancia entre los ganadores y humillación hacia los que se han quedado atrás (...) aún cuando las oportunidades en realidad no son iguales”, comenta Sandel.

Su trabajo se ha exportado a otros sectores sociales, como a las personas con discapacidad. Gracias a su trabajo abrieron 400 vacantes para una población históricamente excluida del empleo formal y del acceso al servicio público. Incluso ha llegado a espacios de poder como el Congreso para convencer a los legisladores de discutir normas que incentiven las acciones afirmativa. Su fórmula se explica así: si los cargos públicos son producto del mérito, entonces el Estado se volverá más representativo y generará más confianza.

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Equidad en tierras desiguales

Para Zúñiga aún quedan tareas pendientes. Una es mostrar que el Estado sí puede ser manejado por personas idóneas y romper el paradigma de que esas plazas públicas se heredan o solo se ocupan gracias a favores políticos.

Pero hay otra tarea que, considera, es más importante: construir equidad a través de oportunidades y acciones afirmativas que, en unos años, permitirán que más personas de parajes lejanos, como ella, puedan manejar las riendas del Estado y romper décadas de desigualdad. El reto no es menor: Colombia es uno de los cinco países más desiguales del mundo, según la ONU, y puede tardar generaciones enteras en solucionar ese desafío.

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“Cuando hay reglas claras y transparencia se contribuye a un valor mucho más alto que el empleo: la confianza ciudadana. Es solo el inicio de una apuesta para cubrir necesidades, pero también para manejar de la mejor manera a nuestro país”, concluye Zúñiga.

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