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La mujer que recorre los desiertos guajiros previniendo violencias sexuales

Durante el último lustro Lucy Mercado ha recorrido caceríos y comunidades indígenas wayuus para evitar que las niñas, históricamente violentadas, sigan sometidas al matrimonio infantil, los accesos carnales o siendo utilizadas como moneda de cambio en los negocios.

Tomás Tarazona Ramírez

21 de abril de 2026 - 08:00 a. m.
Su trabajo consiste en desinstalar prácticas violentas que han existido por décadas en comunidades de Maicao, como el matrimonio infantil, la dote o las violencias contra las mujeres.
Foto: Cortesía Lucy Mercado

Cuando aún era una niña, Lucy Mercado se prometió que ninguna joven en La Guajira volvería a vivir una violencia como la que ella vivió. No era tarea fácil: en el desierto de Maicao era habitual ver a menores de edad embarazadas y con derechos violentados. Lo más triste de todo, recuerda, era el municipio que normalizaba esas conductas.

Ahora la historia es otra. A sus 36 años dirige Luciérnagas, una fundación que recorre esos mismos paisajes desérticos para educar a las comunidades, especialmente las wayuus, y evitar que sus niñas sean absorbidas en historias de violencias.

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La fundación, nacida hace poco menos de cinco años, se ha valido del diálogo y la pedagogía con estas comunidades indígenas para enseñarles que esas “tradiciones” no están escritas sobre piedra y pueden ser modificadas. Su trabajo ha cambiado la vida de 1.600 mujeres, incluyendo a migrantes que atraviesan la frontera con Venezuela, para que por primera vez en generaciones sean mujeres autónomas, libres de agresiones y con futuros donde ellas decidan por sí mismas.

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Buscar agua en el desierto

El trabajo de Lucy ha sido de todo menos sencillo. Aparte de las 200.000 personas que viven en el casco urbano, Maicao tiene todo un laberinto de trochas y caminos que conducen a las comunidades wayuus. Así que Mercado madruga cada mañana, se pone un chaleco amarillo que la identifica como lideresa de la Fundación Luciérnagas, y emprende su recorrido por el desierto para intentar llegar a la máxima cantidad de caseríos indígenas. Hay días en que el sol es inclemente, pues la temperatura supera los 30 grados. Y otras ocasiones debe enfrentarse a peajes ilegales o paros indígenas, pero nada la detiene.

Cuando llega, viene el reto principal. Hablar con las mayoras, palabreros y los líderes de cada comunidad para enseñarles que las mujeres también tienen derechos y que no es normal que una niña a sus 15 años ya tenga esposo y un par de hijos pequeños.

Las comunidades indígenas, incluidas las wayuus, han normalizado por décadas este tipo de conductas. El matrimonio infantil, por ejemplo, tiene casos registrados al menos desde 1887 y la “dote”, conocida como el valor en especie (dinero, animales o collares) que el novio desembolsa para contraer matrimonio con la prometida, ha existido siempre en esa comunidad. Y aunque es una tradición que busca honrar las uniones, vulnera uno de los principios básicos de los derechos sexuales: el consentimiento de las niñas.

“Esto consiste en romper ciclos de violencia que han existido siempre, de generación en generación. Es parte del crecimiento como sociedad. Enseñar también es prevenir, incluso a quienes no tuvieron oportunidad de estudiar, tuvieron embarazos tempranos y vivieron violencias”, señala.

En sus visitas lleva insumos de higiene básica, como copas menstruales o toallas higiénicas: artículos casi inexistentes que, a falta de agua potable, son todo un lujo para garantizar la salud menstrual de las niñas.

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El trabajo de Lucy igual ha llegado hasta La Pista, un suburbio en a orillas del antiguo aeropuerto de Maicao, donde han llegado a contabilizar 35.000 personas en condición de pobreza extrema y sus mujeres con derechos violentados.

“La Guajira merece escenarios grandes para sus mujeres. Nosotras llegamos para compartir nuestro conocimiento, no a imponer. El pueblo wayuu se ha visto muy olvidado y a veces solo necesitan conocer las nuevas leyes o qué vulnera los derechos de sus mujeres. Es un cambio cultural que se logra poco a poco”, explica la lideresa, quien es especialista en desarrollo de la niñez.

ONU Mujeres destacó el trabajo de Lucy de enseñar sobre derechos y la incluyó en Igualitarias, un proyecto de 10 organizaciones que luchan por las mujeres y la equidad de género.
Foto: Cortesía Lucy Mercado

Transformando el territorio

El trabajo de Lucy ha trascendido las fronteras de La Guajira. Hay docenas de niñas que, al vivir al otro lado de Paraguachón, que es el paso fronterizo con Venezuela, se llevan los conocimientos para prevenir violencias a sus tierras. Al efecto dominó se suma que Lucy ha viajado a Riohacha, Barranquilla e incluso Bogotá para contar cómo es su día a día recorriendo el desierto y qué resultados ha conseguido.

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El proyecto ha sido exportado a algunos colegios de Maicao, así como lideró la creación de un foro de nuevas masculinidades para que los hombres entiendan conductas violentas y sean parte del cambio cultural que proponen desde Luciérnagas.

En 2022, ONU Mujeres seleccionó Luciérnagas como uno de los proyectos que transforman el territorio en Colombia. La iniciativa de Lucy, escogida junto con otras nueve apuestas de igualdad de género, fue beneficiada con dinero y con capacidades técnicas para continuar con el trabajo “de transformar el territorio y conseguir derechos para las mujeres”, como dijo en aquel entonces Diana Espinosa, representante adjunta de ese organismo.

El proyecto ha tomado tal popularidad, que cuando no hay un financiador directo para costear los trayectos por el desierto, las mismas mujeres que fueron beneficiadas por Luciérnagas se suman como voluntarias para seguir avanzando en la prevención.

El Ministerio del Interior también ha aplaudido la lucha que Lucy, y las otras cinco integrantes de Luciérnagas han librado en un territorio donde, comenta, ni el Estado ni sus instituciones llegan a garantizar mínimos básicos.

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Esa cartera seleccionó a la fundación para recibir una inversión económica y, además de enseñar sobre derechos, auxiliar a las mujeres que sufrieron violencias sexuales para que sanen sus heridas y en un futuro se conviertan en lideresas.

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A pesar del poco tiempo que Luciérnagas ha funcionado, Lucy cree que ha valido la pena invertir todos sus ahorros y tiempo en el proyecto. En cuestión de unos años quisiera ver la fundación recorriendo todo el departamento de La Guajira para cumplir su sueño: que ninguna otra niña viva los escenarios de violencia que ella vivió de adolescente.

“Cada momento vale cuando cambiamos ciclos de violencia que se han prolongado por generaciones contras las niñas”, finaliza Lucy.

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