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El papel clave de la diáspora tras los terremotos en Venezuela

Mientras rescatistas buscan señales de vida en los escombros, venezolanos en Colombia vuelcan sus vidas para reunir ayuda humanitaria que sirva a sus compatriotas afectados por los sismos.

Tomás Tarazona Ramírez

03 de julio de 2026 - 08:00 a. m.
Solo en Bogotá se han reunido cerca de 1.000 toneladas provenientes de la solidaridad de venezolanos y colombianos.
Foto: Tomás Tarazona Ramírez

Lo primero que hizo Gregory al enterarse del doble terremoto en Venezuela fue prender su moto, la que facilita su trabajo como domiciliario en Bogotá, y recorrer las calles de la capital en busca de suministros para enviar a casa. Intentó comunicarse con alguien en Trujillo, Caracas o Valencia; pero los pocos remitentes que contestaron su llamada, o no sabían muchos detalles, o desconocían el paradero de sus familiares desaparecidos.

Así que decidió mezclar su itinerario. En el día recogería, con un combo de 73 domiciliarios venezolanos más, comida y medicamentos, y en la tarde los entregaría a los centros de acopio de ayuda para los connacionales que iban rescatando bajo los escombros. Cuando hacía falta, abría las alforjas de su moto y medía la asistencia humanitaria en cuántos kilos podía soportar a la espalda en su maleta de domiciliario.

Algunos recogieron comida a pie; otros destinaron su salario como carniceros, mensajeros u otros trabajos informales derivados de su estatus migratorio irregular para comprar kits de ayuda. Así, de a pocos, se han recogido más de 75 toneladas de ayuda humanitaria que empezaron a llegar a Venezuela esta semana para auxiliar a los damnificados por los terremotos de 7,2 y 7,5 que hace más de una semana golpearon al vecino país.

“Nos falta el Gobierno, pero nos sobran hermanos. Venezuela nos necesita más que nunca y haremos cualquier cosa para que puedan estar mejor”, comenta.

Desde el pasado 24 de junio, día en que se conoció el doble terremoto que ha dejado 2.300 muertos, miles de los 2,8 millones de venezolanos que residen en Colombia, como Gregory, han volcado su tiempo, dinero y esfuerzo para ayudar tanto como puedan.

Gregory, por ejemplo, hace parte de uno de los más de 1.100 voluntarios que recorrieron todo el norte de Bogotá buscando cajas, cinta e insumos para despachar la ayuda. El esfuerzo se ha sumado al de miles de colombianos que también han aportado su grano de arena: hay casos de empresas transportadoras que prestan camiones y aviones para movilizar los insumos, ciudadanos que rebuscaron en sus despensas para entregar alimento u organizaciones que crearon cuadrillas de voluntarios para clasificar, marcar y remitir las toneladas de asistencia.

Pero la solidaridad ha llegado de todos los frentes: según conoció El Espectador, hay venezolanos en varias ciudades que, desde sus diferentes profesiones, han intentado aunar esfuerzos para ayudar a sus paisanos.

En Riohacha y Maicao, por ejemplo, se habilitaron dos centros de acogida con cupo para 135 personas en caso de que los venezolanos decidan traspasar la frontera de Paraguachón y buscar agua, alimento y medicina. Mientras que Medellín y Cali, dos de las ciudades que más integrantes de la diáspora han recibido en la última década, vieron cómo en plazas públicas, centros comerciales y hasta en las recepciones de los conjuntos residenciales, los venezolanos instalaban centros de recolección.

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Ayuda inmediata

Una de las movilizaciones más masivas se dio a cargo de la Fundación Juntos Se Puede, una organización de perseguidos políticos por la cúpula chavista que, aún a pesar de tener acusaciones penales ficticias como “terroristas”, han “buscado ayuda hasta debajo de las piedras”, según dijo uno de sus integrantes.

Su directora, Ana Karina García, apeló a todos sus conocidos para que le hicieran llegar insumos, agua, alimentos no perecederos, transporte y, a quienes no disponían de los medios, los convocó en sus oficinas del barrio Pasadena para que sirvieran como voluntarios en la clasificación o haciendo cadenas humanas en el transporte de cajas.

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Incluso levantó el teléfono y buscó aliados al otro lado de la frontera para que una vez los aviones aterricen en suelo venezolano la ayuda sea entregada cuanto antes, como sucedió en Los Caobos, La Guaira y Caracas, donde hay equipos establecidos que continúan recibiendo y distribuyendo ayudas a las familias sin hogar que habitaban los 855 edificios que colapsaron o quedaron con serios daños arquitectónicos.

También han garantizado toda la custodia de los insumos, desde que son donados en los centros de acopio hasta que el vuelo aterriza al aeropuerto de Maiquetía o arriban los camiones que llegaron por tierra. Incluso han hecho gestiones con personal diplomático colombiano y venezolano para que emisarios del chavismo no obstaculicen la entrega o transporte de la ayuda.

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Una de sus principales preocupaciones, comenta, es que la ayuda no sea suficiente o que las réplicas del terremoto, que se elevan a 600, sigan sumando al número de víctimas y de 25.000 damnificados y heridos.

La Fundación explicó a este diario que en una semana han recaudado casi 900 toneladas de ayuda humanitaria y abrieron 22 puntos de acopio en distintos puntos de la capital, algunos de gran envergadura, como el del Vive Claro, el estadio al aire libre en el occidente de Bogotá que en un acto solidario prestó sus instalaciones, capaces de recibir 40.000 personas, para continuar con la tarea de recoger más ayuda humanitaria.

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El día después de mañana

Lublanc Prieto, venezolana exiliada y directora de la Fundación Refugiados Unidos, comenta que los conocimientos técnicos también han sido utilizados como insumo para atender la emergencia. Desde su sede en Bogotá, Prieto y su equipo, compuesto en su mayoría de refugiados que huyeron del chavismo, elaboraron una propuesta con estándares internacionales para atender la emergencia y posteriormente ayudar a reconstruir las vidas y la infraestructura.

Prieto ya tiene preparado a todo un equipo de abogados, trabajadores sociales y psicólogos listos para atender a las miles de familias perjudicadas. Incluso no descarta que una nueva oleada de migrantes atraviesen la frontera hacia Colombia, lo que significará buscar nuevas respuestas a preguntas urgentes.

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“Tenemos que pensar más allá de la respuesta reactiva. Debemos brindar atención inmediata, pero también directa en un futuro, prospectiva y sostenida, donde buscaremos atender humanitariamente y con una acción sin daño”, concluye.

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