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El guardián del cementerio de Maicao que busca a su hermano desaparecido

Un hombre que dedicó su vida a custodiar las tumbas del cementerio Colombo-Árabe en Maicao, La Guajira, hoy renueva su esperanza para que, mientras cuida los pasillos del camposanto, su hermano, desaparecido en 2004, aparezca para darle una última despedida.

Tomás Tarazona Ramírez

15 de mayo de 2026 - 02:57 p. m.
Juan Bautista aún conserva la fotografía de su hermano desaparecido.
Foto: Cortesía UBPD

El hombre aún conserva el retazo de periódico que contaba la desaparición de su hermano. Es un papel arrugado, con las hojas ya desteñidas por el tiempo y el polvo; pero que renuevan la ilusión de encontrar a su hermano, un allegado que está ausente desde 2004 en el Caribe colombiano.

Su nombre es Juan Bautista, un hombre moreno y callado que dedicó su vida a custodiar el cementerio y aguardar por el momento de reencontrarse con su familiar.

Desde hace décadas recorre las bóvedas y los pasillos del cementerio Colombo-Árabe de Maicao, en La Guajira, pensando que a la par que dignifica el descanso eterno de quienes fueron enterrados allí, quizá se acerque al momento en que volverá a ver a su hermano.

Los días de Juan pasan prácticamente sin modificaciones o cambios de rutina. De domingo a domingo recorre los pasillos del camposanto cumpliendo su labor de dragonear el espacio. Mantiene limpio el mármol de las tumbas; hace uno que otro arreglo para que las lápidas estén impecables y, al final del día, aguarda por su hermano.

A veces el viento del desierto levanta la arena y la hace colarse entre las cruces y los mausoleos blancos del cementerio. Juan entonces se detiene unos segundos, mira el horizonte seco de Maicao y vuelve a caminar. Lleva tantos años recorriendo el mismo lugar que conoce cada tumba como si fuera parte de su propia familia. Sabe cuáles reciben flores cada semana, cuáles permanecen abandonadas y cuáles guardan historias que nadie volvió a contar.

Pero entre todos los muertos que custodia hay uno que todavía no aparece. Su hermano, Donny, desapareció hace más de dos décadas en medio de las dinámicas violentas que atravesaron distintas zonas del Caribe colombiano. Desde entonces, la vida de Juan quedó suspendida entre dos tiempos: el de los vivos que continúan y el de quienes siguen esperando respuestas. Como Donny, hay al menos 591 personas que siguen siendo buscadas en la Alta y Media Guajira, según registros de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD).

Esperanza latente

Por eso guarda el periódico. Porque en esa hoja amarillenta quedó congelado el último momento en que la desaparición de su hermano fue noticia. Después vinieron los años de silencio, las búsquedas improvisadas, las preguntas sin respuesta y las puertas cerradas.

En Maicao, una tierra marcada históricamente por el tránsito fronterizo, la migración y el conflicto armado, las desapariciones terminaron convirtiéndose en heridas silenciosas. Muchas familias aprendieron a convivir con la incertidumbre: no saber si llorar a sus familiares como muertos o seguir esperándolos como vivos. Juan fue una de ellas.

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La esperanza sigue vigente para Juan, que ha depositado una nueva luz de ilusión en la Unidad de Búsqueda.
Foto: Cortesía UBPD

Con el tiempo, el cementerio dejó de ser solamente su lugar de trabajo. También se convirtió en una forma de permanecer cerca de aquello que busca. Mientras limpia tumbas y acomoda lápidas, imagina que algún día alguien llegará con una noticia sobre Donny. O que quizá, entre los cuerpos sin identificar que alguna vez pasaron por La Guajira, aparezca finalmente una pista que le permita despedirse.

La esperanza volvió a encenderse cuando funcionarios de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas llegaron hasta el territorio para adelantar procesos humanitarios y recopilar testimonios de familias buscadoras. Juan decidió hablar. Contó lo que sabía, entregó información, recordó fechas y volvió a narrar una historia que durante años cargó casi en silencio.

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Desde entonces participa en jornadas de búsqueda y toma de muestras genéticas con una mezcla extraña de dolor y alivio. Dolor, porque cada diligencia le recuerda la ausencia de su hermano. Alivio, porque después de tantos años alguien finalmente escucha.

En el cementerio Colombo-Árabe todos conocen a Juan. Lo ven caminar despacio entre las bóvedas bajo el sol intenso de La Guajira, siempre con una escoba, una llave o un balde en las manos. Algunos creen que cuida muertos. Pero quienes lo conocen de cerca saben que, en realidad, también custodia memorias.

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Y mientras el tiempo sigue pasando sobre las tumbas de mármol caliente, Juan continúa haciendo lo mismo que ha hecho durante años: abrir las puertas del cementerio cada mañana, limpiar el polvo que deja el desierto y esperar. Porque incluso después de dos décadas, todavía conserva la ilusión de encontrar a su hermano para darle una última despedida.

De acuerdo con cifras de la UBPD, en Colombia hay al menos 136.010 personas desaparecidas que siguen siendo buscados por sus familiares.

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