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Cimafunk, el nuevo sonido de Cuba en el mundo

Entre la timba, el reparto, el jazz y el funk, el músico ha construido un sonido propio que, dice, parte de una premisa: experimentar sin dejar de lado la esencia cubana. Estará este domingo en el cierre del festival Jazz al Parque.

Por Hugo Santiago Caro
13 de septiembre de 2026
Cimafunk se convirtió en un nombre familiar en Cuba con su éxito de 2018 “Me Voy”, que lo llevó a ser denominado como el “Artista del Año” por la revista Vistar y a ganar el Premio Lucas al “Video Más Popular”.
Fotografía por: Cortesía

Los sonidos que han acompañado su carrera han ido cambiando mucho: desde Me voy pa’ mi casa hasta lo que escuchamos ahora en la previa del Mundial. ¿Cómo has vivido esas decisiones? ¿Han sido consensuadas o simplemente es el rumbo que ha ido tomando su carrera?

Eso ha pasado solo. Yo no he podido como tal decir: “Esto es lo que va a salir, esto va a ser así, el camino va a ser así”. Uno ha ido caminando y la cosa va evolucionando hacia diferentes lugares. Lo que sí es que siempre he estado abierto a experimentar. Entonces eso me ha facilitado que, de pronto, el sonido vaya tomando la forma que quiere en el momento en que se está haciendo. Eso ha pasado con los discos, sobre todo. El álbum Para tu cuerpa ya no suena para nada ni a El alimento ni a Terapia. He ido gozando el proceso y el sonido ha ido transformándose por sí mismo. 

Su música habla mucho del cuerpo, de bailar. ¿Qué tiene el cuerpo para decirle, a veces, lo que la cabeza no te dice y que luego lleva a la música?

Para mí es fundamental. La música afecta al cuerpo directamente. Tú escuchas una canción triste y te sientas; de repente, no te pones a bailar. O sea, escuchas una canción bailable y tú no te tiras a una esquina a pensar. Eso influye en tu cuerpo, en tus genes, en tu anatomía y en tu mente. Entonces, siempre para mí ha sido muy importante tener esa conciencia. Yo soy, por supuesto, fan de Juan Formell (fundador de Los Van Van), de su manera de escribir, de su manera de conectar con el bailador, de su manera de conectar con la calle, con la gente, Es algo que está, que tú lo sientes tuyo y tu cuerpo también lo manifiesta. Eso ha sido una escuela porque me he dado cuenta de que la carne, la carne te dice para dónde ir a veces y eso se enajena de tu mente y de lo que tú estás pensando, por lo que tú estás pasando. Tu cuerpo manda. Entonces tu cuerpo simplemente se vuelve una ola en el sonido y forma parte de eso. Y eso es una terapia para mí.

Hablamos de la música, el movimiento y la calle. Ahora mismo lo que está sonando con mucha fuerza en Cuba es el reparto. Sé que su música va por otros lados y tiene otras influencias, pero ¿cómo se relaciona con ese género? 

Durísimo. Yo desde siempre, de toda la vida. Para mí, bueno, he hecho mucha música con reparteros en Cuba, los que más me gustan: con Wampi, con L Kimii, por ejemplo. Soy fiel seguidor del reparto y de lo que hace, sobre todo como género musical. Primero, que sea un nuevo género que salga. No todos los días hay un género musical nuevo en el mundo. Y en Cuba, con el delay que tenemos nosotros en tecnología, en comunicación con el mundo, estamos muy atrasados. Nada más que nos hayan dado internet en 2015 y  ya estamos lanzando un género musical nuevo que está entrando a un nivel serio en el mercado latino y en el europeo también, ya está realmente haciendo impacto. Tú ves la velocidad con la que los chamacos en el barrio se mueven en Cuba, como nosotros siempre estamos listos para el fuego.

Al final para mí eso es música cubana, para mí eso es timba. Es la timba con sonidos actuales, con procesado, con vacío, con la interpretación de la calle y de los chamacos de la calle. La timba es eso mismo: la interpretación de la música afroamericana, del son y todo eso, pero de los muchachos nuevos de la calle, de los jazzistas, de los monstruos. Es lo mismo, lo que va de generación en generación. Es la bomba de la timba, con clave cubana. Entonces eso es Irakere, José Luis Cortés, pero con más vacío, mucho más vacío, con mucho más espacio limpio, con mucho más silencio y con un texto que habla de la vida real de los chamacos de la calle, cómo hablan, cómo se manifiestan y todo eso. Ya está explorando otros caminos en cuanto a la lírica. Es lo que más me cuadra: que ya está explorando otros caminos donde no necesariamente está hablando de cosas conflictivas en cuanto a la sexualidad o la mujer y eso, que está ya en otra esfera.

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Habla mucho de que sus canciones nacen y se desarrollan en el escenario, con la gente y el público. ¿Qué enseña eso que no enseña crear música solo en un estudio?

Yo soy músico de música en vivo. Subirme a ese escenario es mi momento, es mi plato fuerte. Eso no te engaña. Me pasa por eso, porque eso no te miente. Muchas de las canciones que yo tengo grabadas y que hacemos en vivo son diferentes a como están en el disco. Porque, una vez que ya están en el escenario, la gente las transforma a su manera y las transmite con el cuerpo y con su actitud, como ellos sienten la canción. La mayoría de las veces casi todos tienen puntos en común en cómo sienten los temas, cómo sienten el groove y el ritmo. A partir de ahí, nosotros jugamos con los cambios. Ese es el momento en el que tú no tienes límite. No hay una idea mainstream, no hay un concepto de sonido, no hay un concepto de mezcla, no hay nada.

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El estudio es un proceso científico donde tú te metes ahí a jugar con los sonidos, con la ecualización, con todo, con el texto. Cambias el texto, cambias esto, vuelves para atrás y arreglas.

En el escenario no hay nada de eso. Es comunicación directa con la gente, carne con carne. Y ahí la gente no está pensando en qué tipo de música tú estás haciendo. Ya ahí no importa nada de eso. No importa de dónde tú vienes, no importa cuál es tu historia, ni si tienes 200 premios o si llevas 20 años en la música. Nada de eso importa. Lo que suena: si a la gente no le da en el pecho, la gente no se mueve. Nosotros hemos aprendido a crear canciones así, a crear muchas canciones así, sobre todo con mi banda, con la que estamos juntos desde 2018. Ya es muy fácil para nosotros hacer un groove en el show, en el escenario, guardarlo y decirle: “Esto lo vamos a transformar en esto y lo vamos a hacer así”. Y termina siendo una canción que se graba.

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A pesar de que han cambiado los sonidos, sigue sintiéndose la raíz cubana y, sin embargo, ha llevado esa música a escenarios como Coachella y a festivales de jazz como el que viene a hacer aquí el sábado. ¿Qué ha sido lo más difícil de internacionalizar un sonido tan propio?

Lo más difícil ha sido mantenerme local. Sobre todo en un principio, cuando empecé a tocar en Estados Unidos: “Vengo a hacer funk donde se hace funk”. Ahí yo me di cuenta de que mi valor no estaba en que yo era un artista que hacía funk. Mi valor estaba en que era un artista cubano que mezclaba la música cubana con el funk. Mi peso estaba en ser un local cubano, es mi herencia. A partir de ahí, eso ha sido lo más complicado: cada vez volver ahí, darme cuenta y recordar qué es. Yo sé de este ritmo porque yo lo escucho desde niño”.

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Yo no sé de blues, pero no voy a hacerme el bluesero monstruo. Yo le voy a meter del blues, del soul, porque puedo cantarle un poco así y no sé qué, pero no irme para donde yo no sé tampoco y no irme sin lo mío. Siempre trato de mantener eso: irme con lo mío, siempre saber que estoy haciéndolo yo, que soy yo, con mi conocimiento y con lo que yo he consumido de los tiempos atrás.

Ese principio de mantener su identidad también le llevó a ser parte de algo tan global como la música del Mundial de fútbol. ¿Cómo se sintió con eso?” 

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Fue un momento súper especial y ver que lo que estaba sonando era de nosotros, es un reconocimiento, pero al final es la realidad: la gente lo goza.Y la gente lo goza ya cada vez a un nivel mucho más grande en todas partes. Entonces estar en el Mundial con Brenda Navarrete, con Emilio Estefan, era una locura ahí. Fue una cosa inmensa y rica, una confirmación.

El hecho de que sea uno de los artistas principales del cartel de Jazz al Parque demuestra que el jazz puede conversar con muchos lenguajes. Ustedes, los cubanos, además, tienen una historia profundamente arraigada en ese género. Ha trabajado con Chucho Valdés, por ejemplo. ¿Qué cree que Cuba todavía puede aportarle al jazz, que es un género con una historia tan larga?

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Todo, es que el jazz es de la calle. Tú coges, por ejemplo, el sonido del reparto, que es un género urbano completamente, y viene del jazz al final, porque Chucho, haciendo lo que hizo Irakere, eso es afro-cuban jazz y de ahí salieron cosas como NG la Banda, de ahí salió la timba, básicamente. Ellos tradujeron la timba a ponerle un nombre, pero al final es jazz. Porque cuando tú escuchas los mambos, tú escuchas la complejidad y la expresión a un nivel que no es el básico. Ya tú dices: “Espérate, que esto es otro enredo”. Siempre los chamacos van a estar en eso y nosotros estamos también en eso, porque todo lo que tú mezclas, de pronto, y se vuelve una expresión genuina, sin un estatus y sin regla. Ya cuando tú empiezas a mezclar así, ya eso se vuelve una complejidad que te dice que es jazz.

Entonces, eso es lo que más tenemos los cubanos, porque no nos queda otra. Nosotros no nos queda otra más que inventar, porque la cuerda de nosotros en la industria de la música siempre ha sido por otro lugar. Siempre he estado en otro espacio. Nunca he estado en el espacio donde está todo el mundo. Nosotros tuvimos que reinventarnos de una manera diferente y eso nos permite también que lo que nos sale siempre sea diferente.

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Hugo Santiago Caro

Por Hugo Santiago Caro

Periodista de la sección Mundo de El Espectador. Actualmente cubre temas internacionales, con especial atención a derechos humanos, migración y política exterior. HugoCaroJ hcaro@elespectador.com
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