

Este lunes festivo, a las 7:10 p. m., Editors pisará por primera vez una tarima suramericana, la de Rock al Parque, festival que está festejando sus 30 años de existencia en el Parque Simón Bolívar de Bogotá. Para muchos colombianos es una cita muy esperada. Llega 21 años después de que conocieran “Munich”, su canción más famosa, luego de que esta se colara en el videojuego FIFA Street 2. Eran otros tiempos, en los que la música anglo se descubría por canales menos convencionales, en lugar de plataformas de streaming y redes como TikTok.
“No te das cuenta, culturalmente, de qué tan grande fue ese videojuego. Lo fue, ya sea en Colombia o en otra parte del mundo y no lo sabíamos porque no habíamos venido. Nunca hemos llegado más al sur que México. Es una especie de tragedia”, le dice a El Espectador Tom Smith, su vocalista. “No pensé que algún día llegaríamos”, agrega.
Que sus canciones se convirtieran en himnos de estadio guarda una estrecha relación con el deporte. Más allá de FIFA Street, sus integrantes son futboleros confesos. Smith cuenta que hace unos años, en el festival neerlandés Pink Pop, tocaban mientras jugaba Países Bajos, razón por la que temieron que a nadie le importara su show, sino el partido.
“Al final no fue así, pero mientras cantaba no podía evitar apoyar a su equipo; después de todo, tienen una camiseta genial”, dice.
La banda nació a comienzos de los 2000 entre estudiantes de la Universidad de Staffordshire. En 2005, en pleno auge del post-punk revival y la explosión del indie británico liderada por bandas como Franz Ferdinand o Arctic Monkeys, Editors irrumpió con un tono mucho más sombrío y visceral. The Back Room los puso en el mapa con “Munich” como bandera y con este debut se ganaron el prestigioso Mercury Prize, algo que no muchas bandas tienen el lujo de decir.
Dos años después, su siguiente álbum, An End Has a Start, confirmó su salto a la fama continental impulsado por “Papillon”, hoy convertida en “una gran canción de festival”, según Smith, y su tema más famoso en Europa.
Desde entonces, la agrupación ha cambiado de piel entre guitarras y electrónica sin soltar su credo: una atmósfera oscura y melancólica. En sus inicios, esa identidad les valió inevitables comparaciones con los neoyorquinos de Interpol, marcadas por la voz cavernosa y el registro bajo de Smith —a menudo equiparado con Paul Banks—, el uso de líneas de bajo dominantes, tempos urgentes y guitarras impregnadas de reverb.
Pero mientras Interpol mantuvo de forma más rigurosa su elegancia neoyorquina, Editors tomó un giro drástico a partir de In This Light and on This Evening (2009), incorporando sintetizadores masivos e influencias de la electrónica europea, alejándose del molde clásico del indie rock.
Ahora la banda vuelve a dar un giro con “Surface, Echo & Sound”, su octavo álbum, que sale el 30 de octubre. Tras tres álbumes electrónicos que culminaron en “EBM”, conde sobresalía lo “extremo, brutal y robótico”, la banda quiso lo contrario. Dejaron atrás los sintetizadores y regresan a lo más humano, como cuando ensayaban cara a cara en un cuarto de Stafford.
“Nos aferramos a esa introducción natural, vulnerable, expuesta”, dice.
Smith llegó en el verano de 2025 con canciones acústicas, en la línea despojada de su disco solista de ese año, y el grupo las fue probando en conjunto, cara a cara, como en sus inicios. Hasta entró una mandolina, que él toca en “The Rush” y que, según el guitarrista y productor Justin Lockey, “no se usa de forma folk”, sino como un elemento cálido “que puede atravesar cualquier cosa en la mezcla”.
Pero el retorno a lo esencial no solo se siente en los instrumentos, sino en las obsesiones líricas que han perseguido a Smith desde siempre: la búsqueda de redención y lo sagrado. Smith no es una persona religiosa. Aún así, gran parte de su repertorio parece un catecismo, con canciones como “Salvation”, “Forgiveness” y “Hallelujah (So Low)” donde abundan referencias a santos, pecado, salvación, cielos, infiernos y plegarias.
“Uso mucho esa imagen y ese simbolismo en mi escritura. Es un cliché del rock and roll, ¿no? La iglesia del rock, rezar en el altar de las canciones, un cantante con complejo de mesías”, confiesa.
Ese cliché es tan viejo como el género. El rock, cabe destacar, se alimentó del gospel, con figuras como Elvis y Little Richard que cantaron primero en la iglesia. Desde sus inicios, el rock como una “religión” ha sido una metáfora constante para los seguidores del género con los que identifican la experiencia ritual y comunitaria de ir a un concierto en vivo y la catarsis colectiva que atraviesan al cantar al unísono con una devoción compartida.
En varias entrevistas, Smith ha mencionado que creció rodeado de ciertas estructuras culturales tradicionales en Inglaterra, lo que le dio una fascinación estética por la solemnidad de las iglesias y los himnos, aunque aborda sus letras desde una postura de duda existencial.
Smith usa todo esto para hablar de la mortalidad, la culpa, el aislamiento y la búsqueda de sentido en un mundo acelerado. Pero para él, la fe es otra cosa: “Se trata de creer en algo más grande que uno mismo es poderoso. Te ayuda a salir de lo mundano, del trajín de la existencia”, dice.
En el próximo disco ese “algo” en el que creen son los demás: “La creencia en la conexión entre seres humanos es… ¿cuál es la palabra? ¿Ascensión? Es una ruta hacia algo espiritual”.
Esa búsqueda de intimidad espiritual también moldeó la arquitectura sonora del nuevo trabajo desde sus primeros acordes. “Nos aferramos a esa introducción natural, vulnerable, expuesta”, cuenta sobre la canción que le da título al disco, mencionando el clásico álbum Nebraska de Bruce Springsteen entre sus referentes: “Hay distintas formas de tener poder. A veces lo pequeño y conciso es mucho más poderoso que un muro de distorsión”.
Las letras de este disco ocurren casi siempre de noche, entre velas, fósforos y la luz de la luna. “Hay miedo y ansiedad en las canciones y busco formas de escapar. Salir con gente de noche es una de ellas”, explica. Con ellas, Smith transmite la necesidad de vivir con intensidad en estos tiempos, así pase factura, algo que cree es inevitable.
“Huir del dolor equivale a quedarse encerrado en casa sin sentir nada; la conexión humana, los excesos y el amor dejan cicatrices, pero esa resaca que viene luego de lo vivido es la prueba misma de estar vivo”, señala.
En Bogotá tocarán una hora, equilibrando los clásicos infaltables con algunos destellos de su nueva etapa, según anticiparon. Smith se prepara mental y físicamente para la noche de hoy y el reto de cantar a 2.600 metros sobre el nivel del mar: “Voy a entrenar tres días seguidos para prepararme. Si me desmayo en el escenario, me desmayo”. Aunque si su cuerpo cede, la voz de sus fanáticos estará allí para completar su plegaria.
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