

De cierta forma el candombe está “de moda” en Colombia estos días tras la muerte de Rubén Rada y los conciertos de Jorge Drexler. Y ahora llegas tú a coronar eso en Jazz al Parque. ¿Cómo te hace sentir?
La palabra “moda” en la cultura siempre es peligrosa, ¿no? Porque a veces la sensación de respeto y de relevancia no son la misma cosa. Respetar el género y, a su vez, ser relevante para el mundo muchas veces no son la misma cosa. Siento que hay un kilogramo de felicidad de Uruguay de que el candombe crezca y aparezca en el mundo. Además, siento que, en cierto sentido, Rubén dejó un legado gigantesco de canciones y creo que a él lo haría feliz que pasara.
A todos nos pone tristes que él no lo haya vivido y que sea el gran gestor de eso, pero creo que está en nosotros el deber de llevarlo a donde sea que vayamos y que viaje con nosotros siempre, en la medida que se pueda. Me impresionó mucho que Bogotá tenga gente que toque candombe. Es una sorpresa regrata y le digo a todo el mundo: “Che, me encanta que esto pase”. Siento que Jorge también está en un momento en el que está llevando el candombe por el mundo, mostrándolo y comunicándolo.
Y pasan estas cosas donde también los hacedores más locales del candombe se pueden mover. Para mí es un privilegio llevar el candombe a Jazz al Parque, que es un festival tan importante acá, en Latinoamérica y en el mundo, te diría. Creo que vamos a terminar de caer en la noción recién después de tocar. Jorge es una persona muy generosa y que me invitara al show fue increíble. Siento que el legado que deja Rubén es muchísimo más grande y no se puede resumir en una persona, tampoco en un género. Creo que somos un telar de personas que tenemos que aceptar ese deber.
Te he leído hablar del “nuevo sonido afro-uruguayo”, pero en la música siempre aparece alguien dispuesto a decirte que lo que haces no pertenece al género que dices hacer. ¿Alguna vez te han dicho que lo tuyo no es candombe?
El fundamentalismo tiene sus cosas y también uno tiene que respetarlo. Yo no sé si es candombe tampoco. Creo que uno tiene que estar abierto a entender. Primero, que el candombe me parece es más la gente que lo hace que el candombe en sí. Y creo que el es una naturaleza de relación con las cosas y de respeto, y tienen que estar los tambores, obviamente. Pero el candombe tiene una definición tan alta: está el candombe beat, está el candombe canción, está la separación racial del candombe: el candombe blanco, el candombe negro, el candombe de la mata, el candombe raíz, el candombe tropical, el candombe tango, como más el candombe del Río de la Plata.
Este nuevo sonido afro-uruguayo, que yo le digo, tiene que ver con entender que hay una nueva raíz que nuestra generación tiene que ser responsable de llevar al mundo, con todo el contra y el pro que tiene: la fusión del candombe con las perspectivas electrónicas, con los bajos de trap, con el rapeo melódico, con el atrevimiento que tiene que tener nuestra generación para decir: “Esto es lo que somos”. Cada generación lo tuvo.
Hay gente que dice que eso no es candombe, hay gente que dice que lo que yo hago es jazz, pero yo tampoco estoy de acuerdo con que lo sea. Siento que los géneros y las etiquetas son muy complicados. Hay mucha música que es considerada jazz que yo no creo que lo sea, en mi percepción de lo que se entiende. El lenguaje de la improvisación es tan amplio que definirlo es un poco complejo. Pero creo que ahí está el deber de uno de entenderse y entender que la perspectiva, la identidad y el carisma de uno son de uno. Lo que más intento es ser honesto y creo que esa es una etiqueta que sí puedo tener en mi música: es honesta.
Hablas del trap y del rapeo, pero en tus canciones también hay mucho R&B y muchas otras influencias. ¿Esa mezcla fue una decisión consciente o surgió naturalmente?
Yo creo que no es una decisión. Fíjate que en los 80, para escuchar música, tenías que hacer cosas muy distintas a las de hoy. Hoy tenés una plataforma como YouTube o Spotify en donde escuchás tan fácilmente música tan distante. Yo conozco artistas de Marruecos y conozco artistas de Camerún que hacen bikutsi y los encontré en Spotify. Entonces siento que es tan variada hoy la dieta musical que tiene el músico. Yo me crié escuchando tanta música tan distinta que lo que sí hay que decidir es si querés ser parte de la globalización de las cosas o no.
Y a mí me parece que ahí sí hay una decisión mía de decir: “No quiero sonar como todo el mundo suena y quiero poner esta identidad de mi ciudad en la música”. Pero, a su vez, quiero ser honesto y verdadero. Yo también escucho a Kendrick Lamar y también escucho a Kamasi, a Drake, a Bad Bunny, Karol G, Skrillex, Taylor Swift, Michael y Stevie. Siento que las influencias uno no las decide, sino que en el momento en el que te desnudas al frente del papel o de la computadora salen solas y tenés esa conversación lo más fluida posible con tu adentro. Eso tiene su pro y su contra. Hay gente que no le entiende, pero está bien.
En poco más de cinco años, prácticamente tienes un álbum por año. Hay ahí un frenesí creativo muy fuerte. ¿Cómo has vivido, siendo todavía tan joven, esa necesidad constante de crear y experimentar?
Yo estuve muchos años vinculado a la música porque mis papás son músicos. Nací en eso. Y mi relación con la música era más performática que compositiva, hasta que en un momento, a mis 20 años, viajé a ver a mi papá, que vive en Palma de Mallorca desde hace muchos años, candombero de toda la vida, que se mudó y emigró. Cuando viajo a verlo, me traigo de vuelta una tarjeta de sonido y un micrófono para mi casa. Al volver viene la pandemia y era la primera vez que tenía una tarjeta de sonido y un micrófono.
Vengo de un contexto muy pobre. Entonces, de alguna manera, para mí era soñado tener una grabación. Hubo algo de ese frenesí que fue realmente como “por fin”. Lo único que hacía era estar en la compu con la tarjeta ahí. Eran las seis de la mañana y no había dormido, estaba al frente de la compu con unas ojeras más grandes que la cara, aprendiendo a mezclar y a producir. Hay mucho de eso que fue como un ejercicio de liberación.
Primero porque yo lo único que hago es pensar en eso. Duermo pensando en eso, sueño sobre eso y converso sobre eso. Vivo a través de eso. Y también fue una especie de ejercicio de decir: “Esto lo puedo hacer”. O también el concepto de identidad, que es tan complejo: qué soy, qué música me representa, qué quiero decir en el mundo. Hay mucho de eso que tiene que ver con ejercicios reales de “Voy a intentar hacer esto” y probablemente me dé cringe, me dé vergüenza hacerlo ahora. Tengo que vencer esa sensación de vergüenza y entender que, si esto me gusta escucharlo, también puedo ser eso. Esto que me gusta ver en el mundo y que me gustaría que el mundo tenga también es lo que quiero dar. Y ahí hubo cinco discos de intentos, pero este último fue más una sensación real de compromiso. No lo sentí como un ejercicio, lo sentí como una necesidad de decir algo.
El domingo, en el concierto de Drexler, le escuché algo que alguna vez también le escuché a Rubén Rada: esta definición de Uruguay como un país chiquito entre dos de los países más grandes de Latinoamérica. Hay una identidad muy marcada alrededor de ser uruguayo. ¿Cómo llevas esa “uruguayez” a tu propuesta?
Es complicado porque siento que al uruguayo, si no nace con esa percepción de orgullo nacional, se le educa también mucho. Hay una sensación complicada de la identidad del uruguayo que va totalmente paralela también a la percepción del uruguayo en el mundo. Y hay una lucha interna también en mí con eso. Yo me considero muy uruguayo, pero también cuestiono la percepción de la uruguayez para con nosotros mismos. Eso siento que es un trabajo muy difícil de hacer y a veces te lleva a estar muy cerca y a veces a estar muy lejos. Yo no me puedo ir de Uruguay. Me muero sin ir los domingos a los tambores y la paso mal sin ver carnaval. Yo sigo el carnaval como quien mira el fútbol: hago penca para ver quién gana con amigos, voy al tablado todo el tiempo. Pero, a su vez, siento que Uruguay tiene muchísimo para decir internacionalmente y ahí hay un deber que a veces es una responsabilidad más que un derecho.
Y bueno, creo que al ser tan pocos, lo que decía Jorge… Fue una de las personas que lo hizo y me parece que Rubén también, de maneras muy distintas: entender que hay que convidar al mundo con la parte de uno y hacerlo lo más digerible posible. Creo que ahí está mi sentido de uruguayez: transar con esos espacios y entender que no hay nada más lindo y más bello para mí que generar oportunidades de flujo artístico para el tiempo venidero. Para mis amigos y, si soy papá, para mis hijos, los hijos de mis amigos y los hijos del uruguayo.
Creo que Rubén lo hizo muy bien. O sea, yo sin Rubén no estaría acá.
Ayer dijiste mañana (2026) es un trabajo que se siente muy maduro desde la producción y el sonido. Me parece muy bella la distancia entre aquella tarjeta de sonido y aquel micrófono con los que empezaste a grabar y lo que lograste ahora. ¿Qué significa para ti escuchar el resultado?
Muchísimo. Es la parte que más me emociona de la vida: escuchar el disco y llorar cada vez que lo escuchaba de pe a pa, todo el tiempo. Por una sensación de trabajo, porque ahí se resumen muchos años desde los primeros discos que hice. Mi primer disco literalmente lo tuve que bajar de las plataformas porque me parecía que la producción no le hacía justicia a las canciones o al amor que yo le tenía a las canciones. Y ya le daré la revancha en un momento.
Hubo mucha autogestión, con una tarjeta M-Audio y un micro barato. Hay mucho de mi vida que grabé así. Y ahora pasar a hacer un disco de estudio con un coproductor que me ayuda también en el diseño de sonido. Sobre todo, este disco fue el primer disco que a mí me puso en un lugar de decir también, gracias a mi equipo, que me dijeron: “Che, Facu, pará, no te tenés que encargar de todo”. Jorge me dijo: “Amigo, fíjate qué batallas querés luchar”. Y hay unas batallas que tenés que saber no luchar. No perder ni ganar: ni siquiera entrar en esa batalla. Y Jorge me hizo también esta entrada con el equipo nuevo y que haya alguien que ponga dinero para el disco. De alguna manera, eso me hizo poder enfocarme solamente en lo que quería, que era intentar lograr que algo sonara y tener gente a disposición para eso. Y por eso también es tan especial que esté Rubén en el disco y que esté Jorge en el disco, porque hace años ellos me venían diciendo: “Che, hagamos algo”. Rubén me decía: “Pásame cosas”. Me mandaba canciones que él iba haciendo para que le dijera qué opinaba. Me invitó a grabar con él en su estudio, hicimos pila de cosas.
Y a mí me daba miedo. Me aterrorizaba la sensación de mandarle una obra mía porque lo admiro y lo respeto tanto que tenía miedo de que me mandara a cagar. Tenía miedo de que no le gustara. Y este disco fue la evaluación en la que yo dije: “Creo que está más cerca de la altura que me parece que estos artistas se merecen”: un buen estudio, con una buena disposición de productores y de gente de mezcla, y asegurarles que el disco y la canción que tengo con ellos iban a sonar lo mejor posible, con gente a disposición que trabaja muy bien y sabe mucho lo que hace. Fue el primer disco que mezcló otra persona que no fuera yo, el primero que masterizó otra persona que no fuera yo, el primero que coproduje con otra persona. Y fue el primer disco en el que trabajé con un productor que no es de mi país para una canción.
Hay mucho de eso, de que fue de expansión, pero de alguna manera se siente como el disco más mío de todos los que hice. No sé por qué. Siento que es el disco que siento más cercano hasta hoy de mi vida. Es rarísimo, pero se siente increíble. Y como un progreso: ya de por sí, el hecho de que el disco saliera a la luz para mí fue un logro, fue la sensación de “lo logramos”.
Lloré mucho con mi familia. La sensación de sacarlo fue como “wow”, abrazando a todas las personas que quería. Fueron una semana y algo de grabación en el estudio que Vale no me deja mentir. Todo fue muy emocionante y lo sigue siendo.
Tu álbum se llama Ayer dijiste mañana. ¿Cómo te gustaría que mañana sonara tu música?
Estudié mucho en lugares académicos, instrumentos, en donde hay como una especie de carrera hacia el mañana todo el tiempo. Donde hay que tener X nivel para llegar a X cargo en una orquesta filarmónica. Tenés que ser omega perfeccionista. Y me peleé demasiado con esa sensación porque me hacía sentir muy mal, me daba mucha ansiedad. Quería hacer algo que yo no era. Quería llegar a lugares todo el tiempo sin disfrutar eso que estaba pasando ahora.
Y Ayer dijiste mañana es un intento de presencia que tiene que ver con dejar de procrastinar, pero también de no olvidarse. Entonces, me preguntabas cómo me gustaría mañana y no lo sé. Y creo que mi ejercicio hoy, más que nunca, está en un lugar en donde me gustaría no saberlo. Creo que la pureza de la acción y de la música, por más de que uno tiene responsabilidades y entiende que hay una dirección que seguir… No quiero agarrar ese flujo de identidad e intentar controlarlo, sino que quiero estar ahora, decidiendo con la integridad máxima que pueda, y que se vaya transformando.
Porque aunque lo quiera controlar, no lo voy a poder hacer. Probablemente, eso que dijiste vos: hay gente que va a pensar que yo no soy esto, hay gente que va a pensar que yo no soy jazz ni que soy candombe y hay gente que va a pensar que sí. Y hay gente que nunca va a pensar qué género hago y simplemente va porque le gusta cómo canto, y hay gente que va porque el batero es el hermano que toca conmigo. La percepción del artista con la gente es inútil, pienso hoy. Entonces, lo que más quiero, lo más cercano que te puedo decir, es que la honestidad sea la que dicte la impresión de la obra y que sea lo que tenga que ser.
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