
El guitarrista Tom Morello se presentó en el escenario principal del festival este sábado 21 de marzo.
Este año empiezo a entender por qué el Estéreo Picnic insiste en su lema de un “mundo distinto”. Cada día, incluso cada hora, se siente como un pequeño planeta con gravedad propia que, por más que lo intente, no se va a parecer a ningún otro.
El sábado 21 de marzo de 2026 comenzó con la osadía que implica cruzar Bogotá para llegar al Parque Simón Bolívar. El tráfico que suele sentirse como un muro constante y el calor que se encapsulaba en el carro, porque como cosa rara en esta ciudad, el sol decidió ser protagonista, me hizo cuestionar de más si el bloqueador de la mañana sería suficiente para la maratón que estaba por vivir.
Al llegar, sin embargo, el caos se transformó en un baile casi coordinado. La entrada fue rápida, un desfile de amantes de la música apresurados en una competencia por ver quién llegaba primero a recargar su manilla cashless.
Como periodista, sin embargo, se entra con esa pequeña ansiedad de no encontrar a los compañeros en medio de la marea de gente que como de costumbre queda sin señal en este pulmón verde.
Desde temprano se veían las declaraciones de principios en la ropa, prendas alusivas a 31 Minutos, chaquetas oscuras esperando a Swedish House Mafia y el estilo popular de Luis Alfonso. Mientras tanto, el beat del festival se encargaba de todo, los ingenieros de sonido hacían que el corazón vibrara al mismo ritmo que el piso.
Para quienes tienen curiosidad sobre qué hacemos los periodistas allí dentro, la realidad es menos glamurosa de lo que parece, pero igual de emocionante.
La sala de prensa está en la parte de atrás, donde se supone que la conectividad es mejor, pero la imagen constante es la de treinta personas sufriendo por el internet mientras intentan procesar la emoción de estar a minutos de conocer a sus ídolos.
Eso me pasó ayer con el australiano Ruel. Nos llevaron de la sala de prensa a la “Villa de los Artistas”, un lugar donde el tiempo parece correr a otra velocidad, mucho más lento. El artista nos esperaba con una camiseta de la Selección Colombia mientras a pocos metros Aria Vega bailaba su famoso trend de Tik Tok.
La entrevista fue una mezcla de risas y momentos inesperados, como el ruido de los aviones cruzando el cielo despejado, un sello distintivo de este hogar del festival.
Pero si de momentos favoritos se trata, el encuentro con Tom Morello se lleva el premio. El ícono de Guitar Hero nos dio diez minutos de su tiempo tras el escenario principal y el protagonismo se lo llevó uno de mis compañeros, el fotógrafo, tan emocionado que las palabras apenas le salían.
Morello, con sencillez y sonrisa cómplice, le firmó el juego entendiendo perfectamente la descarga de adrenalina.
Tras cumplir con la agenda del día y de enviar material a quienes nos apoyaban desde casa, una misión que mi reloj, contando miles de pasos por todo el parque, agradeció más que yo, llegó el momento de la libertad.
Recorrer la feria es siempre un peligro para el bolsillo pero un premio para la salud, uno termina queriendo comprar todo lo que pueda con lo que tiene en la manilla y entonces hay que volver a caminar para recargar.
Así el tiempo fue pasando y la noche iba cayendo. Fue el momento de ver las inmensas multitudes cambiando de escenario en una coreografía masiva, moviéndose entre el tropical house de Kygo y el magnetismo del escenario Un Mundo Distinto, que se convirtió en un imán. Allí nos reunimos todos para dejarnos seducir por Young Miko quien con sus ojos azules y su autenticidad sobrepasaron cualquier código establecido.
El camino luego nos llevó hacia Brandon Flowers de The Killers, quien llenó el parque de una nostalgia luminosa. Es extraño, pues incluso con sus letras más tristes, el concierto se sintió como un recital de amor.
Pero el momento definitivo llegó cuando los primeros acordes de Mr. Brightside retumbaron en el aire, en ese instante, el Simón Bolívar dejó de ser un conjunto de escenarios para volverse una sola voz que gritaba cada palabra y mientras los fuegos artificiales estallaban en el cielo bogotano, era imposible no notar cómo las lágrimas recorrían las mejillas de varios de los asistentes.
Y aunque el corazón sigue vibrando y la adrenalina por momentos parece no dejar respirar, el cansancio empezó a pasar factura. La espalda duele, los pies pesan y la gente comienza a colonizar el pasto y las graderías, algo que este sábado se pudo hacer gracias a que la lluvia dio tregua.
Pero quedaba energía para lo último. Con apenas un par de tajadas de pizza en el estómago, disfrutamos a los suecos de Swedish House Mafia moviéndose bajo las luces oscuras y cuando creíamos que el cuerpo no daría más, Arcade Fire irrumpió a la una de la mañana con su propuesta ‘Santa Pirata’.
La expectativa en el aire se podía cortar, el público esperaba un pogo, pero la banda tenía otro plan. Entre una neblina densa que abrazaba el escenario, empezaron a encenderse velas, transformando el parque en un ritual inesperado.
Fue una transición emocionante y casi espiritual, y así nos vimos envueltos en cumbia, velas y panderetas al ritmo de Bomba Estéreo, en una fiesta absoluta donde las guitarras le cedieron el paso a la mezcla del Caribe y la electrónica.
La caminata hacia la salida no fue fácil, nunca es fácil dejar los lugares que te hacen feliz. Sin embargo, en este, mi segunda edición del festival, ya entiendo el porqué del lema. No solo porque mi día fue diferente al viernes o al de hace un año, sino porque, al salir del Simón Bolívar, el corazón también se siente distinto.
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