No fue un especialista en nutricionista el que le aconsejó a una mamá que le quitara los lácteos al hijo porque “eso inflama”. Tampoco fue un profesional en nutrición y dietética el que le dijo a un paciente con diabetes se controlara con suplementos naturales su enfermedad. Y mucho menos un experto en nutrición clínica afirmó que el ayuno cura el cáncer o que el gluten es dañino para todo el mundo. Fueron “influencers”. Personas que tienen miles o millones de seguidores, pero que no tienen los conocimientos o formación necesaria en salud o nutrición para hablar de salud a la población en general. Mientras tanto, China tomó una decisión que amerita ser discutida: limitar que personas sin credenciales profesionales compartan contenido especializado sobre salud.
Siempre le pregunto a las personas ¿por qué hemos aceptado que cualquiera con una cuenta de Instagram o TikTok pueda dar tratamientos o vender productos de salud? ¿Irias por la calle y verías a un desconocido, le comprarías un producto para inyectarte solo porque él tiene seguidores?
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No se trata de prohibir que la gente hable de comida. Se trata de reconocer que hay una línea clara entre compartir experiencias y ejercer una profesión de la salud. Esa línea, en las redes sociales de hoy, prácticamente se borró.
Es una paradoja que, como decimos en Colombia, es “cosa berraca de entender”. Para ejercer la profesión de Nutrición y Dietética en Colombia se necesitan cinco años de universidad, cursar asignaturas como bioquímica, fisiología, anatomía, ciencia y tecnología de alimentos, epidemiología, genética, deporte, metabolismo, farmacología, nutrición clínica, salud pública, investigación y una extensa práctica clínica. Pero además de ello el nutricionista-dietista responde a temas éticos, disciplinarios y legales.
Tristemente hemos creado personajes que con un un celular y un buen número de seguidores, han atrasado y afectado la salud pública que tanto hemos tratado de defender los profesionales de la salud y las instancias gubernamentales. Hemos llegado a niveles extremos en donde se ha dicho que un ser humano no necesita consumir verduras. Esta conducta, según los estudios, triplica la posibilidad de cáncer de colon. Pero las redes sociales crearon una ilusión peligrosa: creer que el haber bajado de peso, tener un cuerpo marcado o haber leído algunos artículos, ya lo convierte a uno en experto. Y no es así.
Así como nadie aceptaría que un influencer le hiciera una cirugía porque vio muchos videos en la red, tampoco deberíamos permitir que alguien haga tratamientos nutricionales sin ser nutricionista.
China entendió que la salud no puede estar completamente dominada por los algoritmos. Sin importar las diferencias políticas con ese país, el mensaje es claro: cuando una recomendación puede cambiar tratamientos médicos, atrasar diagnósticos o poner en riesgo una vida, quien la da tiene que demostrar que está capacitado.
Lo más grave es que mucha gente no alcanza a diferenciar entre un consejo con respaldo científico y una opinión que solo tiene de respaldo la popularidad.
Hay un abismo entre hablar de comida y hacer manejo nutricional. Cualquiera puede subir una receta saludable o contar cómo cambió su estilo de vida. Eso es libertad de expresión. Pero armar un plan de alimentación para un niño con desnutrición, una mujer embarazada, un paciente con daño renal, un adulto mayor con cáncer o alguien con diabetes, eso es otro cuento. Ese conocimiento no aparece por arte de magia, sino que se construye con años de estudio y actualización constante.
La nutrición clínica no es andar diciendo qué comida “engorda” o cuál “desinflama”. Es interpretar exámenes de laboratorio, evaluar el estado nutricional, calcular las necesidades de energía y nutrientes, evaluar la interacción entre los fármacos y los nutrientes, entender qué pasa en el cuerpo con las enfermedades, reconocer los signos físicos y mentales de la enfermedad y con ello ajustar cada intervención a las condiciones particulares del paciente. Como dice mi papá, “pa’ eso existen los Nutricionistas”.
En Colombia, la profesión sí tiene respaldo. Hay organizaciones científicas y gremiales como la Asociación Colombiana de Dietistas y Nutricionistas (ACODIN), la Asociación Colombiana de Nutrición Clínica (ACNC) y el Colegio Colombiano de Nutricionistas Dietistas (COLNUD). Esas instituciones están comprometidas en fortalecer la práctica basada en evidencia, a actualizar el conocimiento, a defender el ejercicio ético y a proteger a la gente de la desinformación. Pero muchas veces su voz se pierde entre toda la cantidad de contenido viral que suben personas por fuera del gremio, que no siguen códigos de ética y que no reciben sanciones por desinformar.
Quizás Colombia no tenga que copiar exactamente el modelo de China. Pero sí hace falta abrir un debate serio sobre quién debe responder por la información de salud que recibe la población. La comida es un tema de conversación de todos. Pero el manejo nutricional debe ser un acto sanitario reservado para quienes han sido formados, regulados y comprometidos ética y científicamente para ejercerlo: los nutricionistas-dietistas.
*Nutricionista Clínico Pediátrico, Presidente Nacional de la Asociación Colombiana de Nutrición Clínica (ACODIN)
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