Daniel Arcila Cardona —un informante y guía del Ejército en la región— los vio, uno a uno y a todos juntos en su cabeza, hasta el día en que se fugó y contó todo a las autoridades, quizá para que las pesadillas no lo llevaran a la locura. Contó que cuando los paramilitares lo torturaron, El Mocho no cantó nada, aunque con un soplete le quemaron los testículos. No cantó nada y murió del dolor después de que le levantaran las uñas con una navaja. Contó la masacre en La Sonora; 11 personas sospechosas de ser auxiliadoras de la guerrilla. Les vendaron los ojos, los metieron en un costal, y luego, con una motosierra, les desgajaron la cabeza.
Nadie le creyó. Fue declarado loco tras el examen practicado por Medicina Legal, y luego de que su propio padre dijera en una audiencia que desde niño era mentiroso. En 1991 los cuatro uniformados involucrados, entre esos el mayor del Ejército Alirio Urueña Jaramillo, y los jefes paramilitares y capos del narcotráfico Henry Loaiza, el Alacrán, y Diego Montoya, Don Diego, fueron absueltos y el caso se cerró.
En mayo de ese mismo año fue la última vez que vieron con vida a Daniel, iba camino al Valle a despedirse de algunos familiares antes de salir del país por miedo a ser asesinado, después de contarlo todo. Entre 1988 y 1994, en Trujillo, Bolívar y Riofrío se registraron, según los familiares y organizaciones humanitarias, 342 víctimas de asesinato, tortura y desaparición forzada por parte de los paramilitares y miembros de la Fuerza Pública. Daniel Arcila fue una de las víctimas, su cuerpo desmembrado fue arrojado al río Cauca en una caneca con piedras.