Durante el embarazo, una mujer experimenta cambios en su cuerpo de una dimensión sorprendente. Los sistemas cardiovascular, respiratorio, renal, gastrointestinal, esquelético, metabólico, endocrino e inmunológico se ven afectados por la demanda fetal y la secreción endocrina masiva de la placenta. El corazón trabaja más para bombear sangre extra, aumentando hasta en un 50% el volumen sanguíneo. Los riñones filtran más, lo que genera mayor producción de orina. El sistema inmunológico se adapta para proteger al bebé sin rechazarlo, y la sangre se vuelve más propensa a la coagulación. El metabolismo cambia, aumentando la resistencia a la insulina y la producción de grasas para brindar energía al crecimiento del feto. Y es solo el comienzo.
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Después del parto, la madre experimenta una serie de adaptaciones en las que todos esos sistemas fisiológicos se recuperan en diferentes plazos, desde horas hasta meses. Sobre eso, sin embargo, nos queda mucho por saber. Los estudios actuales para entender mejor los cambios en el embarazo y posparto, son limitados en número de participantes y mediciones.
Para mejorar esto, un grupo de investigadores analizó más de 300.000 embarazos y 43 millones de pruebas de laboratorio en una gran base de datos nacional. Esto permitió identificar tendencias en embarazos saludables y complicaciones, proporcionando un recurso más preciso y detallado. El gigantesco estudio se publicó esta semana en la prestigiosa revista Science.
Cambios duraderos
Los científicos recolectaron un amplio conjunto de datos de pruebas de laboratorio durante el embarazo y el posparto, utilizando información de Clalit Healthcare, la mayor organización de salud de Israel, que atiende a más de 5 millones de personas. La base de datos cubre cerca de la mitad de los embarazos en Israel entre 2003 y 2020, incluyendo más de 313.000 embarazos de mujeres entre 20 y 35 años, durante un período de 140 semanas que abarca la preconcepción, la gestación y el posparto.
En total, recopilaron más de 44 millones de valores correspondientes a 76 tipos de pruebas. “El conjunto de datos no tiene precedentes en términos de número de participantes e intervalos de tiempo y cubre todas las principales pruebas de laboratorio”, escriben los autores en el estudio. El objetivo del estudio era bastante sencillo: los investigadores recopilaron los resultados de 76 pruebas médicas comunes, como niveles de colesterol, células del sistema inmunológico, glóbulos rojos, inflamación y la salud de órganos como el hígado y los riñones. Estas pruebas se realizaron desde 4,5 meses antes del embarazo hasta 18,5 meses después del parto.
Con eso, los autores pudieron analizar cómo cambia el cuerpo antes, durante y después del embarazo, a partir de los resultados de las pruebas.
Los investigadores descubrieron que aproximadamente la mitad de las pruebas de laboratorio tardan entre unos meses y un año en volver a los niveles normales después del parto. Esto demuestra que el embarazo tiene un impacto duradero en el cuerpo de la madre. Durante el embarazo, todas las pruebas analizadas mostraron cambios importantes, y en muchas de ellas hubo fluctuaciones fuertes después del parto antes de estabilizarse. Gracias a la gran cantidad de datos analizados, los científicos pudieron detectar cambios muy detallados en la salud de las mujeres, incluso la influencia de vitaminas y suplementos tomados antes del embarazo. Además, lograron identificar alteraciones específicas en casos de complicaciones como la preeclampsia, la diabetes gestacional y la hipertensión posparto (HPP).
Algunos de estos cambios afectan los niveles de ciertas sustancias en la sangre, como la fosfatasa alcalina (FA), la albúmina, las enzimas hepáticas AST y ALT, así como el sodio y el ácido úrico. La fosfatasa alcalina (FA), por ejemplo, es una enzima que se encuentra en el hígado, los huesos y la placenta. Durante el embarazo, sus niveles aumentan debido a la actividad de la placenta y al proceso de remodelación ósea. Sin embargo, tras el parto, la FA no baja de inmediato, y su recuperación puede ser lenta, especialmente en mujeres que han tenido complicaciones durante el embarazo.
Por otro lado, la albúmina es una proteína fundamental para el transporte de nutrientes y el equilibrio de líquidos en el cuerpo. Durante la gestación, sus niveles disminuyen debido al aumento del volumen sanguíneo y a los cambios en la distribución de líquidos. Después del parto, la albúmina debe volver a sus niveles normales, pero este proceso puede tomar varias semanas.
Precisamente, algo que destacan los autores de la investigación es que la recuperación posparto no sigue el mismo camino que los cambios que ocurrieron durante el embarazo. En lugar de regresar exactamente por la misma ruta, el cuerpo toma una trayectoria distinta para volver a su estado previo a la gestación. A este fenómeno se le conoce como histéresis, lo que significa que la adaptación posparto no es simplemente el proceso inverso del embarazo, sino una fase de recuperación con características propias.
Es un proceso fisiológico único en el que el organismo se reorganiza de manera diferente a como se ajustó durante la gestación.
En detalle, los investigadores descubrieron que, durante el primer mes tras el parto, el 47 % de los 76 indicadores se estabilizaron cerca de sus valores preconcepcionales. Sin embargo, el 41 % tardó más de 10 semanas en estabilizarse. Entre ellos, se encontraban varias mediciones de la función hepática y el colesterol, que tardaron alrededor de seis meses en estabilizarse, y un indicador de la salud ósea y hepática, que tardó un año. El 12 % restante tardó entre 4 y 10 semanas en estabilizarse.
Aun más sorprendente, el estudio encontró que algunas mediciones, como la proteína C reactiva (PCR), la hormona estimulante de la tiroides (TSH) y ciertos indicadores sanguíneos como la hemoglobina corpuscular media (MCH) y el hierro, no regresaron a sus niveles previos a la concepción, incluso después de 80 semanas posparto, cuando el estudio terminó. Aún no está claro si estas diferencias persistentes son una consecuencia directa del embarazo y el parto o si están influenciadas por cambios en el estilo de vida tras la llegada del bebé, como la lactancia, la falta de sueño, el estrés o modificaciones en la dieta y el nivel de actividad física.
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