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4 Oct 2020 - 2:00 a. m.

El silencio, la estrategia de la que no hablamos contra el coronavirus

Mientras los termómetros descalibrados se vuelven la norma en lugares públicos y se multiplican los tapetes desinfectantes que no han demostrado ser útiles, una de las medidas más sencillas y baratas para reducir el riesgo de contagio por coronavirus ha merecido poca atención: guardar silencio en público.
Pablo Correa

Pablo Correa

Editor Vivir

Esta semana pasé por un par de centros comerciales en Bogotá. Sin duda se tomaron en serio las medidas de bioseguridad. En cada almacén estaba marcado el número de personas que podían ingresar al tiempo. En la entrada de cada almacén estaba disponible un sistema de desinfección con alcohol para que cada cliente tomara su ración de tranquilidad, aunque eso signifique embadurnarse las manos con alcohol más de diez veces seguidas en una sola hora. Las personas que atendían llevaban su tapabocas.

En el recorrido me apuntaron varias veces al brazo con las pistolas de temperatura descalibradas. Si les creyéramos a esas lecturas, que van desde los 34 °C hasta los 36 °C, estaríamos todos en hipotermia o seríamos muertos vivientes. Pasé por encima de tapetes para desinfectar zapatos, aunque es posible que ahora, cuando sobrepasamos el millón de muertes por COVID-19 en todo el mundo, nadie haya muerto por tocar una suela o una huella contaminada.

Desde el inicio de la pandemia estas recomendaciones (mascarillas, distancia física y lavado de manos) han dominado los mensajes de salud pública. Otras de cosecha propia sin mucho sustento científico se han ido colgando en el camino y parecen difíciles de desterrar. Tanto la Organización Mundial de la Salud como el más humilde secretario de salud de algún pueblito perdido en nuestra geografía nos han recordado que, ante un virus que se transmite principalmente por las gotas que expelemos por la boca y nariz, son sencillas medidas las que pueden reducir drásticamente el riesgo de contagio.

Sin embargo, hay una medida de la que se habla poco: guardar silencio en público. En un artículo publicado hace poco en la revista British Medical Journal, titulado “Dos metros o uno: ¿cuál es la evidencia del distanciamiento físico en COVID-19?”, un grupo de la U. de Oxford, encabezado por Nicholas Jones, revisó y analizó lo que sabemos con certeza y lo que no sobre varias de estas medidas. Lo que más llamó mi atención del modelo de riesgo que proponen fue el poder del silencio cuando nos ronda un virus como el SARS-CoV-2.

“Los factores contextuales como el aire exhalado y el flujo de aire ambiental son extremadamente importantes para determinar qué tan lejos viajan las gotas de todos los tamaños”, explican en su análisis. Partiendo de ese sencillo principio está claro que no es lo mismo un lugar cerrado que uno al aire libre. Y está claro también que no es lo mismo permanecer callado que espirar, cantar, toser o estornudar, todas acciones que “generan nubes de gas calientes, húmedas y de gran impulso de aire exhalado que contienen gotitas respiratorias” capaces de extender el alcance de las partículas virales hasta siete u ocho metros en pocos segundos.

Hay varios casos de contagios masivos que nos deberían dejar lecciones al respecto. En EE.UU. se reportó que durante la práctica musical de un coro, una persona sintomática infectó al menos a otros 32 cantantes, con otros veinte casos probables. Esto a pesar del distanciamiento físico que habían adoptado para revivir el coro en los tiempos de pandemia. Lo mismo parece haber ocurrido en plantas empacadoras de carne que han acaparado las noticias en varios países. En estos lugares los brotes se han atribuido a la combinación de altos niveles de contagio de los trabajadores, mala ventilación, condiciones de trabajo estrechas, ruido de fondo (que conduce a gritos) y poco cumplimiento del uso de mascarillas.

Algo similar ha pasado con grupos de gimnasios e iglesias. ¿Qué tienen en común estos lugares? La gente canta, jadea o habla en voz alta. En contraste con esto, anotaron los autores, existen pocos informes de brotes en aviones, “que pueden reflejar el bajo volumen actual de pasajeros, la falta de rastreo de contactos o relativamente bajo riesgo porque hablar es limitado”.

¿Qué pasa al cantar, hablar, gritar o jadear de cansancio en un espacio al aire libre? “Las gotitas respiratorias tienden a diluirse más rápidamente en entornos al aire libre bien aireados, lo que reduce el riesgo de transmisión”, anotaron. Una investigación llevada a cabo en Japón estimó casi un 20 % más de riesgo de transmisión en ambientes interiores que en exteriores.

Pero aquí hay que considerar otras dos variables importantes: la distancia y el tiempo en que alguien permanezca en contacto con otra persona infectada tanto al aire libre como en un espacio cerrado. Tras revisar la literatura médica al respecto, Jones y sus coequiperos consideran que no está dicha la última palabra. Algunos trabajos apuntan a umbrales de cinco a quince minutos más allá de los cuales aumenta el riesgo, pero, como ellos lo advierten, “no conocemos estudios que cuantifiquen esta variable”.

En cuanto a la distancia, el Grupo Asesor Científico para Emergencias del Reino Unido estima que el riesgo de transmisión del SARS-CoV-2 a un metro podría ser de dos a diez veces mayor que a dos metros. Una revisión encargada por la Organización Mundial de la Salud encontró que un distanciamiento físico menor a un metro da como resultado un riesgo de transmisión del 12,8 %, en comparación con el 2,6 % a distancias mayores a un metro”.

Con todas estas consideraciones, Jones y el grupo de Oxford presentaron su guía de riesgo de transmisión, que varía según el entorno, el grado de ocupación, el tiempo de contacto y si se usan mascarillas. Advierten que no tuvieron en cuenta factores adicionales como la susceptibilidad de las personas a la infección, el grado de excreción de alguien infectado, los patrones de flujo de aire en interiores, la humedad y la posición en relación con la persona infectada.

El silencio, como se ve en la guía, es un factor de seguridad importante, aunque se nos haya olvidado a todos romperlo para hablar un poco más de él.

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