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En Colombia aún se hace popó junto a las quebradas donde juegan los niños

Cerca de 1,5 millones de personas defecan al aire libre en Colombia. Son seres humanos que no pueden acceder a servicios de acueducto y alcantarillado, como los indígenas embera que viven en Quibdó (Chocó) y deben hacer popó en lugares cercanos a donde lavan ropa y los niños se bañan. El posible contacto con excrementos los expone a enfermedades como la enfermedad diarreica aguda, que puede retrasar el crecimiento y el desarrollo.

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Sergio Silva Numa
01 de febrero de 2026 - 01:01 p. m.
Un pozo donde los niños y niñas juegan en uno de los asentamientos de los indígenas Embera, cerca a Quibdó.
Un pozo donde los niños y niñas juegan en uno de los asentamientos de los indígenas Embera, cerca a Quibdó.
Foto: Hugo Cárdenas
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Spoiler: Esta es una lectura un poco escatológica, por si está comiendo y le incomoda.

Un humano “sano” defeca, en promedio, 1,2 veces cada 24 horas. La cantidad depende de nuestra dieta, claro, pero algunos investigadores que han intentado reunir los datos de varios países señalan que, en promedio, cada vez que “vamos al baño” generamos 128 gramos de heces húmedas y 29 gramos de masa seca. Sí, el popó es más agua que sólido: 75 % frente a un 25 %.

Otro par de datos de cóctel: entre los microorganismos que hay en las heces, abundan las bacterias. Algunos estudios sugieren que constituyen entre el 6,3 % y el 13,5 % de la materia fecal total. Incluso, en cada gramo de heces húmedas puede haber 100 mil millones de bacterias y entre 100 millones y 1.000 millones de virus. También hay arqueas, hongos, restos de alimentos, grasas y células humanas. Todo eso en poco más de 150 gramos, que es lo que puede pesar, más o menos, un smartphone.

Quienes han recopilado muestras de heces para investigarlas ven todo ese excremento con ojos muy diferentes a la repulsión. “Nos dan muchísima información”, resume Andrea Villota Salazar, bacterióloga y PhD en Biotecnología. “Al mirarlas bajo un microscopio, se puede hacer un diagnóstico confiable de enfermedades gastrointestinales y puedo ver si hay huevos de parásitos. También puedo aislar los patógenos más comunes, buscar sangre o hacer pruebas para determinar cuál es el antibiótico más apropiado para un paciente. O, a partir de ellas, podemos estudiar la composición de la microbiota intestinal de una persona”.

Detallar esa microbiota era parte de las tareas de Villota en Vidarium, el laboratorio que había creado el grupo Nutresa, pero que los nuevos dueños (la familia Gilinsky) ordenaron cerrar hace unos meses. Allí tenían 25.000 muestras de heces a -80 °C, de las cuales extraían el ADN para, entre otras cosas, caracterizar la microbiota intestinal de los colombianos y comprender cómo cambia cuando hay enfermedades como la obesidad o la diabetes. Después de todo, escribieron en un artículo publicado en BMC Microbiology, la microbiota es probablemente nuestra conexión más íntima con el medioambiente.

Las heces, desde luego, tienen microorganismos que le quitan el sueño a científicos como Villota. Entre esos, la Salmonella, la Shigella y algunas cepas de la Escherichia coli, tres bacterias que pueden causar Enfermedad Diarreica Aguda, culpable de 1,8 millones de muertes al año en el mundo. También les inquietan los virus de la hepatitis A, los protozoos y los helmintos, esos gusanos parásitos que se roban los nutrientes de su hospedero.

“Es terrible porque ese parasitismo intestinal afecta el desarrollo físico y cognitivo de los niños y los hace mucho más vulnerables a padecer otras enfermedades”, dice el médico y profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana, José Mauricio Hernández Sarmiento.

El doctor Hernández Sarmiento recuerda haber visto muchos niños con parasitismo intestinal en las visitas que ha hecho a diferentes puntos de Chocó. Cuenta que ha llegado a atender poblaciones indígenas donde lo inusual es encontrar a alguno que no tenga esos parásitos.

Tanto la enfermedad diarreica aguda como la hepatitis A, el parasitismo intestinal y la fiebre tifoidea se transmiten, principalmente, por vía fecal-oral. Eso quiere decir que algún paciente tuvo contacto con heces, con agua contaminada con heces, o comió algún alimento preparado por alguien que no se lavó las manos de manera adecuada después de “ir al sanitario”.

Aunque “sanitario”, “inodoro” o “taza” son palabras de nuestro argot cotidiano, en muchos de los lugares a los que ha ido Hernández Sarmiento en Chocó no las usan casi nunca. No porque no las conozcan, sino porque en sus casas no existen esos objetos que las representan. Este mapa lo ilustra mejor.

Eso es lo que sucede en varios de los asentamientos de los indígenas Embera alrededor de Quibdó, la capital chocoana.

Sin acueducto ni alcantarillado, sus pobladores no tienen otro camino que hacer popó en las débiles quebradas que están cerca. Las mismas en las que, a veces, a diez o veinte metros de distancia, toman un baño. Las mismas en las que, a diez o veinte metros de distancia, los niños juegan y sus madres lavan ropa.

—Dicen que hay que vivir de manera digna, pero nosotros no tenemos cómo vivir con dignidad— reclama Yumari Tapí, embera dóbida, de 25 años, desde Eyaquerabia, el asentamiento en la periferia de Quibdó en el que vive con otros 35 indígenas.

Es un lugar de casas de madera en la parte superior de una cuesta en el que, recuerda Albeiro Tapipaneso, el gobernador de la comunidad, no hay noche en la que no se escuche una balacera.

La mala hora de la Nación Embera

Tener un lugar para hacer popó es una idea que hace mucho tiempo les ha preocupado a los seres humanos. Los arqueólogos han encontrado rastros de pozos para eliminar las aguas residuales en ciudades mesopotámicas del año 3000 antes de Cristo, donde hallaron lo más parecido a un inodoro. En el palacio de Cnosos, en la ciudad griega de Creta; en las casas de los antiguos egipcios más ricos y en las tumbas de reyes de dinastías chinas (entre 206 años a. C. y 24 años d. C.) también han descubierto señales de retretes, como relata un grupo de profesores en un artículo en la revista Sustainability.

Hoy, después de probar muchos modelos que, finalmente, Sir John Harrington cohesionó en el primer inodoro con cisterna para la reina Isabel en el 1556, los sanitarios hacen parte de nuestra cotidianidad. Conmemoramos, incluso, el Día Mundial del Sanitario —el 19 de noviembre— y hasta Bill Gates, el multimillonario de Microsoft, ha invertido más de US 200 millones para fabricar y repensar esos artefactos. En 2018, un video suyo en el que tomaba agua reciclada a partir de excremento humano le dio la vuelta al planeta.

Y aun así, en la Tierra, hay cerca de 419 millones de personas que defecan al aire libre. De ellos, de acuerdo con los datos del Ministerio de Vivienda, 1,5 millones están en Colombia. Eso quiere decir tantos habitantes como los que tienen, juntas, Cartagena y Santa Marta.

Como Santa Marta, Quibdó suele estar entre las capitales que se rajan en la cobertura urbana de acueducto y alcantarillado. El último informe de la Superintendencia de Servicios Públicos Domiciliarios lo repite varias veces: ninguna de las dos ciudades llega al 50 % de cobertura.

Pero en Quibdó hay un elemento extra: es una de las ciudades donde más llueve. Caen, en promedio, unos 8.000 milímetros de agua por año, unas nueve veces más de lo que recibe Bogotá (alrededor de 860 mm).

Por eso es que Óscar Karupia, un embera dóbida de 61 años, nos recibe empapado un viernes de diciembre en Quibdó. De su cuello cuelga un collar de chaquiras de colores y va con una camiseta negra que escurre agua. Para él, no es tan mala noticia que llueva, porque hace días no caía un buen aguacero que les permitiera a las 17 familias que viven en el asentamiento Sobía —“Corazón bueno”, en su lengua— recolectar agua para tomar y cocinar. Ya varios pudieron llenar sus baldes, aunque el tanque averiado de 500 litros aún no llega a la mitad.

Como Karupia, a Quibdó han llegado miles de indígenas de diferentes partes del Pacífico a buscar un espacio para sobrevivir (en 2018 había 4.739, según el DANE). Pertenecen a la “Nación Embera”, un nombre que se ha usado para agrupar siete pueblos: los Embera Chamí, los Embera Katío, los Dóbida, los Eyádiba, los Dule, los Guanán y los Zenúes.

En su caso, relata, Karupia salió corriendo de Acandí en el 2010: “De las 150 personas que había en el resguardo, ya solo quedábamos treinta. Del 96 al 2010, resistí a la guerrilla y a los paramilitares, recogí cuerpos y vi quemas de cultivos; pero en noviembre dijeron que me tenía que ir y me fui con mi compañera”.

A medida que fueron llegando más y más, él lideró en 2014 la creación de la Asociación de Víctimas de los Pueblos Indígenas del Chocó (ASOVPICH) para agruparlos. Hoy, de acuerdo con sus cálculos, hay 28 asentamientos indígenas en el casco urbano y periurbano de Quibdó.

Ya muchas autoridades e investigaciones lo han repetido hasta el cansancio: los embera han sido víctimas del conflicto armado, que los ha obligado a desplazarse y desplazarse. Están “en riesgo de exterminio físico y cultural”, recordó, por ejemplo, la Defensoría del Pueblo en mayo del 2025, en medio de las críticas que les hacían por estar en el Parque Nacional, en Bogotá.

Pero vivir en Quibdó tiene otro precio y otras condiciones. “¿Usted qué cree que puede pasar cuando llega a un municipio con muchísima lluvia, sin alcantarillado, con problemas de saneamiento increíbles y con una red de salud que es un desastre?”, se pregunta el médico Pablo Martínez, que lleva tres décadas trabajando junto a comunidades indígenas en varias regiones del país.

Él mismo se responde: “Tiene agua empozada y, con eso, más mosquitos; tiene aguas negras y, con ellas, un alto riesgo de enfermedades y de zoonosis. Es que a los embera les ha tocado salir de su tierra y llegar a lugares con todas las condiciones de adversidad posible”.

“Es muy triste porque, estando en un municipio rico en agua, pero sin acueducto, eso los expone a parasitismo intestinal, a enfermedades de la piel y aumenta el riesgo de que haya enfermedades transmitidas por vectores”, añade el profesor Hernández Sarmiento, que, desde que hizo su año como médico rural en 1996, en Bagadó, decidió continuar investigando y trabajando con la “Nación embera”.

Dicho de otro modo: en la comunidad de Urada, de 25 familias, al sur de Quibdó, no tienen acueducto ni alcantarillado. Tampoco en la de Sobía, de 17 familias; ni en la de Eyaquerabia, de 7 familias. En todas, deben hacer chichí y popó en la quebrada más cercana.

Por el contrario, los de Dodú, donde hay unas 70 personas, y los de Bidókirankapirada, donde viven “140 y pico” (la cifra no es precisa), hacen esas actividades cotidianas —lavar, bañarse, defecar y orinar— en el inmenso caudal del río Atrato y sus brazos. Sus asentamientos, de casas palafíticas gobernadas por zancudos, están en Quibdó a la vera de ese río que fue declarado “sujeto de derechos” en 2016, para protegerlo del desastre ambiental que ha causado la minería ilegal de oro. Aun hoy, aguas arriba, las dragas remueven la arena y usan mercurio, un metal que puede afectar el sistema nervioso y causar daños renales.

Aunque a los embera de todos esos asentamientos les causa sorpresa que les planteen esa conversación escatológica, no tienen pelos en la lengua para explicar lo que sucede. La profesora Sonia Guaurave, una enfermera embera chamí, reclutada por la guerrilla a los 13 años y rescatada a los 18, dice, desde Urada, que, con cierta frecuencia, sus estudiantes de tercero, cuarto y quinto de primaria, a los que agrupa en un salón destartalado, tienen episodios de diarrea: “A veces, no aguantan para llegar al caño y, donde les agarra, se sientan y suaaaaaa”, dice y suelta una carcajada.

Mientras conversamos, seis niños se bañan alegres en la poceta de no más de tres metros de diámetro. Nadie en el lugar tiene muy claro de dónde proviene el agua que sale de un tubo de cemento en el que cabe un niño de pie, pero aseguran que, a veces, baja un poco más turbia porque hay minería montaña arriba. A unos 15 metros de ellos, está una quebrada con pañales y tubos vacíos de crema dental. También on materia fecal.

De fondo suenan Los Embajadores del Vallenato, a todo timbal:

Quiero marcharme lejos de aquí

Para no volver a verla

Yo, que me muero por ella

Y ella, no se fija en mí

Yo, que me muero por ella ¡ay, hombe!

Y ella, no me quiere a mí.

Vivir con enfermedad diarreica

Luz Estella Pacheco es una líder indígena que llegó a los 11 años a Quibdó desde el Alto Baudó. Hoy tiene 22 y estudia Derecho y una carrera tecnológica en Gestión Administrativa.

Lo primero que pide cuando le hablan del uso de agua y la defecación al aire libre es entender los contextos y respetar los modos de vida de quienes conforman la Nación Embera.

Para explicarlo, tiene en su bolsillo varias anécdotas de las ONG que visitan comunidades, como la suya, a más de 12 horas de la capital chocoana: “A veces llegan con kits de aseo como parte de la asistencia humanitaria, pero nunca les preguntan a los indígenas qué necesitan. Han llegado con rollos de papel higiénico, ¿para qué? ¿Por qué no les dan cosas que, en verdad, sirvan?”.

Luz Estella cuenta que defecar es una acción que las comunidades siempre han hecho en los ríos. En un departamento donde abunda el agua, no ha sido necesario construir sanitarios para ellos. “No todos están acostumbrados y eso es respetable”, insiste. “Para nosotros ha sido algo natural”.

Pero con los asentamientos que hay en Quibdó, sabe que es otra historia. “Ellos están aquí por el conflicto y por el desplazamiento y, de una u otra forma, están buscando vivir dignamente, pero no todos pueden. En esos casos, sí vale la pena construir baños”.

Dicho de otro modo, es muy distinto pasar de vivir a la vera del río que a la vera de una trocha en la periferia de Quibdó, por donde pasan hilos de agua y no grandes caudales.

Así también lo cree, por ejemplo, Óscar Karupia; Luis Eduardo Dogiramá, el gobernador de Dudú; Yumari Tapí, de Eyaquerabia, y la profesora Sonia Guaurave. Todos dicen que para sus comunidades sería útil pasar de esos “baños” al aire libre a un espacio privado. “Sobre todo, porque es muy difícil menstruar en esos lugares. Y sabemos que podemos coger alguna infección”, reclama Yumari. “Es muy grave lavarse la vagina con esa agua. Ha habido casos de infecciones, pero muchas mujeres prefieren quedarse calladas hasta que es demasiado tarde y en el hospital ya no pueden hacer nada”, recuerda la profesora Sonia.

“Con nosotros, todas las autoridades han sido ciegas y sordas”, lamenta Karupia.

Algunas organizaciones, como Unicef, están empezando a darles una mano para resolver ese problema. Según cuenta David Vásquez, que lidera el componente de agua, saneamiento e higiene en Chocó de esta agencia de la ONU, ya han ido a sus casas a hacer campañas para recordarles la importancia de lavarse las manos para preparar alimentos o después de “ir al baño”. En unas, están empezando a implementar un programa para que se manejen de manera higiénica las heces, los residuos y el agua. Para eliminar la defecación al aire libre del planeta para 2030, calculó Unicef, se necesitan USD 1.500 millones.

La idea en Quibdó y el municipio vecino de Itsmina, añade Vásquez, es implementar una metodología llamada SAHTOSO que ya ha tenido éxito en Guatemala y en Manaure, en La Guajira. Lo que busca es que, a través de diálogos con las comunidades, quede muy clara la estrecha relación entre la aparición de enfermedades y la falta de “saneamiento”, para que luego implementen una solución sostenible liderada por las mismas comunidades. Por el momento, Unicef está haciendo un diagnóstico y construyendo la metodología. Esperan que, al final, ayuden, entre otras cosas, a cerrar la enorme brecha de acceso a agua y a reducir los casos de desnutrición y de Enfermedad Diarreica Agua (EDA).

Después de todo, en Chocó hubo 17.297 pacientes con EDA en 2025, casi tres mil más que en 2024. La mayoría se registraron en Quibdó (10.873), donde, por cada mil habitantes, hubo 74 casos nuevos. La tasa de incidencia en todo el país fue mucho menor: de 48 (por cada mil habitantes).

Y si hay una enfermedad que le inquiete a Juan Carlos García Ubaque, profesor de la Universidad Nacional y PhD en Salud Pública, cuando le preguntan por enfermedades transmitidas por el agua, es la EDA. Aunque hace más de 10 años no va a Quibdó, dice, no le extraña que continúe habiendo pacientes con coberturas tan bajas de acueducto y alcantarillado.

“Enfocarse únicamente en la ampliación de la cobertura del sistema de acueducto y alcantarillado no es suficiente para garantizar condiciones mínimas de calidad en salud para la población; se requiere mejorar sustancialmente las condiciones higiénicas en las viviendas y proveer una adecuada educación sanitaria”, escribió en 2016 junto con otros colegas en un artículo publicado en la revista de Salud Pública de la Universidad Nacional, en el que analizó la situación de enfermedades transmitidas por el agua y el saneamiento básico en Colombia.

Hace un par de años, otro grupo de investigadores, encabezado por Luisa Guacas Arizmendi y en el que participó el profesor Hernández Sarmiento, de la Universidad Pontificia Bolivariana, publicó los resultados de otra investigación en la que determinaron la frecuencia de la parasitosis intestinal en los menores de 16 años en dos comunidades embera del Chocó.

Para saberlo, analizaron muestras de materia fecal de 44 niños Emberá Chamí y Embera Dóbida durante 2021. El número de participantes fue pequeño, pero hallaron que la frecuencia de infección parasitaria intestinal era del 95,4 %, mucho más alta, anotaron, que lo que había arrojado la Encuesta Nacional de Parasitismo Intestinal en Colombia del 2014 (una prevalencia del 14 %).

“La presencia de parasitosis intestinales en los niños indígenas tiene importantes implicaciones en su salud y bienestar, ya que estas infecciones pueden conducir a complicaciones como anemia, desnutrición y retraso en el crecimiento y el desarrollo”, escribieron.

En su artículo señalaban la urgencia de mejorar las condiciones sanitarias, el acceso a agua potable, el saneamiento básico y la promoción de prácticas de higiene, pues se habían encontrado escenas como las que hoy prevalecen en los asentamientos indígenas en Quibdó: en “la comunidad 20”, que fue reubicada en casas de cemento porque en su territorio iban a construir una carretera, no encontraron servicios de alcantarillado y drenaje. Sus habitantes tomaban agua de lluvia o de un afluente cercano, en el cual hacían sus necesidades fisiológicas. También observaron que los niños caminaban descalzos y que “había cierto grado de geofagia entre los más pequeños”, es decir, llevarse tierra a la boca.

“En la comunidad 21” hallaron algunas diferencias: sus habitantes consumían agua de un afluente cercano, en el que recolectaban agua en recipientes o a través de tubos para desviarla a zonas comunes. Allí no era usual ver personas con calzado. En el artículo escribieron que observaron excretas tanto de animales como de humanos alrededor de los hogares, incluso en sitios por donde transitan regularmente.

*El Espectador intentó contactarse con la Secretaría de Salud de Quibdó en varias ocasiones, pero no recibió respuesta.

**Este reportaje se hizo en el marco de una alianza entre Oxfam Colombia y el centro de estudios Dejusticia.

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Sergio Silva Numa

Por Sergio Silva Numa

Editor de las secciones de ciencia, salud y ambiente de El Espectador. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos. También tiene una maestría en Salud Pública de la Universidad de los Andes. Fue ganador del Premio de periodismo Simón Bolívar.@SergioSilva03ssilva@elespectador.com
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MARIO BERRIO(jbw8b)Hace 7 horas
Hay otros que tienen popó en el cerebro como petro.
Usuario(63255)Hace 10 horas
Y la Corte Constitucional tumbando la emergencia económica. Como se nota que viven en Bogotá. Hay que llegar a todos estos lugares con plantas de tratamiento de agua y alcantarillado.
nancy pantoja(iz8la)Hace 11 horas
El Gobierno Nacional tiene responsabilidad con respecto a las políticas nacionales, pero los gobiernos locales conocen más su entorno. Los proyectos y propuestas se deben hacer desde los municipios, departamentos. Fuí docente y directivo, sé que cada rector expresa sus preocupaciones al respectivo ente terrirorial (sercretarías de los municipios); así, los médicos y demás organismos que pueden apoyar en los diagnósticos. La parte cultural, la corrucpción y falta de compromiso ocasionan abandono
Duncan Darn(84992)Hace 11 horas
No es mucho consuelo saber que en las ciudades vivimos empapados de meados y atollados de mierda de mascotas....
Guillermo(n5sqs)Hace 13 horas
Ni siquiera un gobierno progresista, más discursivo que de ejecutorias, pudo solucionar este ancestral problema. El Pacífico Colombiano, otra región defraudada que apoyó a Petro de buena fe. He ahí los resultados.
  • Pedro Juan Aristizábal Hoyos(86870)Hace 12 horas
    Avances sí hay y muchos. En tres años no se arregla este mierdero de país que entregaron los polítícos de la derecha
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