Es difícil encontrar alguna familia en Colombia en la que no haya habido un caso de cáncer. En la mía, ha habido seis: mis dos abuelas, tres tías y una prima. Dos de ellas fallecieron por ese motivo y, por ello, mi mamá y sus hermanas tuvieron que hacerse exámenes genéticos para descartar algún riesgo en el futuro. “El cáncer está cosido a nuestro genoma”, escribió el oncólogo y divulgador Siddhartha Mukherjee en El emperador de todos los males, la “biografía” de aquella enfermedad por la que ganó un premio Pulitzer.
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Si quisiéramos tener una fotografía más completa del cáncer en nuestro país, más allá de los malos tragos familiares, habría que decir que en las últimas cuatro décadas (de 1980 a 2023) se han registrado 274.125 muertes por neoplasias en Colombia, el término que usan los médicos para referirse a los tumores.
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La cifra la recoge un estudio que fue publicado hace unas semanas en la prestigiosa revista The Lancet Regional Health. Liderado por Oscar Espinosa, investigador senior de la Universidad Nacional, es el primer análisis que explora datos de 40 años para entender cómo ha sido la mortalidad por cáncer en Colombia y cuántos años de vida ha perdido nuestra sociedad por esos fallecimientos.
“Es el cuarto producto científico de una serie de investigaciones en las que hemos querido entender a profundidad el comportamiento de la mortalidad en Colombia. En otro, por ejemplo, indagamos sobre la diferencia por mortalidad en los grupos étnicos-raciales del país”, explica Espinosa en una llamada telefónica.
En esta oportunidad, buscaban detallar cómo ha sido el comportamiento de la mortalidad por cáncer entre hombres y mujeres entre 1980 y 2023. También querían observar si ha habido desigualdades relacionadas con el hecho de vivir en una zona urbana y rural o con pertenecer a los diferentes regímenes del sistema de salud (contributivo y subsidiado).
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El trabajo contó con la participación de, entre otros, investigadores de la Universidad de Oxford y del London School of Economics and Political Science y de los médicos Carolina Wiesner, directora del Instituto Nacional de Cancerología, y Andrés Cardona, jefe de Investigación del Centro de Tratamiento e Investigación del Cáncer Luis Carlos Sarmiento Angulo.
“Desde mediados de los 90, la mortalidad masculina comenzó, lentamente, a ser más alta que la femenina”.
Saltándonos la detallada búsqueda que hicieron en diversas bases de datos y la metodología cuantitativa que siguieron Espinosa y sus colegas, hay varios hallazgos valiosos que resaltan los autores. Uno de ellos es que notaron que, a partir de la década de 1990, hubo un cambio en la mortalidad causada por cáncer: hasta 1995 era claro que esa tasa era mayor en mujeres, pero, a partir de 1996, esa tasa empezó a ser más alta en hombres.
Para decirlo en cifras más precisas, entre 1980 y 1989, las mujeres tuvieron una tasa de mortalidad de 87,34 muertes (por cada 100.000 habitantes), mientras que los hombres tuvieron una de 78,33. Pero, desde mediados de los 90, la mortalidad masculina comenzó, lentamente, a ser más alta: 82,44 fallecidos frente a 81,93 fallecidas por cada 100.000 personas, en esa década; y 79,92 frente a 71,79 entre 2010 y 2019. La siguiente gráfica muestra con más detalle cómo ha sido esta variación en los 40 años.
Los investigadores creen que ese cambio pudo deberse a que, por un lado, el tabaquismo y el consumo excesivo de alcohol en hombres fueron muy elevados durante la década de 1990. Por otro, contribuyó la implementación de la citología vaginal y la vacunación contra el Virus del Papiloma Humano, causante del cáncer de cuello uterino.
Sin embargo, los autores también vieron una particularidad: pese a que, desde entonces, la tasa de mortalidad ha sido mayor en hombres, las mujeres han perdido más años de vida, un indicador que quienes se mueven en el mundo de la salud usan para calcular los años que una persona deja de vivir al fallecer prematuramente. En números, eso quiere decir lo siguiente: mientras que entre 1980 y 2023 los hombres perdieron 7.51 millones de años debido al cáncer, las mujeres perdieron 9.47 millones de años.
En otras palabras, dice Esther De Vrie, profesora del Departamento de Epidemiología Clínica y Bioestadística de la Pontificia Universidad Javeriana y otra de las autoras del artículo, hoy los hombres mueren más por cáncer, pero las mujeres están muriendo más jóvenes. La explicación, señala, está esencialmente, “en el impacto del cáncer de cuello uterino, que causa muertes en mujeres que tienen entre 30 y 50 años, pese a ser un cáncer evitable”. Es un escenario que, anotan en The Lancet Regional Health, sugiere que ha habido baja vacunación contra el VPH, un diagnóstico tardío y un acceso deficiente a tratamiento.
En la otra cara de la moneda, más del 70% de las muertes por cáncer de próstata —uno de los más frecuentes en hombres— ocurre en mayores de 70 años, es decir, pierden menos años de vida.
La particular fotografía del cáncer
Una de las primeras cosas que advierte el profesor Espinosa es que la investigación que realizaron no buscaba establecer causalidad o asociaciones entre ciertos patrones y la aparición de cáncer. Querían, basados en los “sistemas de información que encontramos en Colombia, hacer un estudio analítico descriptivo desde un enfoque de demografía matemática”.
Para llevarlo a cabo eligieron los 14 tipos de cánceres más han causado mortalidad. Con toda esa información en sus manos, notaron algunos patrones que ayudan a reconstruir esa “fotografía” de las últimas cuatro décadas.
Por ejemplo, observaron que hay unos tipos de cáncer que, en el caso de los hombres, están causando inquietud: el de próstata, estómago y pulmón (junto al de tráquea y bronquios). Como se detalla en la siguiente gráfica, son los que representan la tasa más alta de mortalidad en los últimos 40 años. A sus ojos, eso refleja la exposición al cigarrillo, al alcohol, a carcinógenos ocupacionales y a la infección por Helicobacter pylori. De hecho, dicen que lo que está pasando con el cáncer de estómago “subraya la necesidad de políticas de erradicación” de esa bacteria.
El otro cáncer que les inquieta es el de páncreas, que está aumentando en hombres, así como los de colon y recto, que tienen una “carga ligeramente mayor en las mujeres”, lo cual puede explicarse por aumento de la obesidad y la diabetes en ambos sexos.
A uno más sugieren prestarle atención: al cáncer de piel, que está aumentando en ambos sexos, “pero más rápidamente entre los hombres en regiones de gran altitud y áreas con mayor exposición a la radiación ultravioleta”.
Aunque es imposible sintetizar todos los resultados en un par de páginas de periódico, tanto a Espinosa como a De Vrie les parece importante otro hallazgo: las diferencias de mortalidad por cáncer que hay entre zonas rurales y urbanas. En ese punto hay, escriben, “trayectorias divergentes en la brecha de sexo”.
A lo que se refieren es a que las tasas femeninas superaron a las masculinas a nivel nacional hasta principios de la década de 1990, pero el “punto de inflexión” se produjo seis años antes en las ciudades que en el campo. Posteriormente, las áreas urbanas se distanciaron y ya en 2023, los hombres de las ciudades fallecieron un 13 % más a menudo por cáncer que las mujeres.
Solo en unos departamentos, la mortalidad de las mujeres fue mayor: los de la región Amazónica. Específicamente, en Amazonas, Vaupés, Guainía, Vichada y Guaviare, territorios rurales “caracterizados por una alta pobreza y un escaso acceso a los servicios de salud”.
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