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Un estudio reciente publicado en Nature Microbiology identificó una posible conexión entre un virus de origen marino y una enfermedad ocular emergente en humanos. Se trata del covert mortality nodavirus (CMNV), un virus previamente conocido por afectar camarones y otros animales acuáticos. Su impacto se había limitado a las pérdidas económicas en acuicultura, pero esta nueva investigación sugiere que también podría tener implicaciones en salud pública.
Durante años, médicos en China observaron un aumento de casos de una enfermedad ocular caracterizada por inflamación persistente, presión intraocular elevada, dolor, enrojecimiento, visión borrosa y, en algunos pacientes, daño irreversible del nervio óptico. Lo más desconcertante era que estos casos no respondían adecuadamente a los tratamientos convencionales y que los virus típicamente asociados a este tipo de cuadros no eran detectados.
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Para investigar su origen, científicos de la Academia China de Ciencias Pesqueras en Qingdao estudiaron a 70 pacientes diagnosticados con uveítis anterior viral con hipertensión ocular persistente, conocida como POH-VAU, entre 2022 y 2025. Los resultados fueron contundentes. Todos los pacientes mostraban evidencia inmunológica de exposición a CMNV y el virus fue detectado directamente en tejidos oculares. Además, el material genético hallado presentó más del 98% de similitud con cepas encontradas en animales marinos.
La evidencia se fortaleció con experimentos en modelos animales. Ratones infectados desarrollaron alteraciones oculares comparables a las descritas en humanos, incluyendo aumento de la presión intraocular y daño en tejidos del ojo. También se observó transmisión entre ratones que compartían agua y se confirmó que el CMNV puede infectar células de mamíferos en condiciones de laboratorio, lo que refuerza su potencial zoonótico.
Desde el punto de vista clínico, todos los pacientes recibieron tratamiento para controlar la inflamación. Sin embargo, un tercio requirió cirugía debido a la falta de respuesta a la terapia farmacológica, y al menos un caso derivó en pérdida irreversible de la visión. Esto refleja la posible gravedad del cuadro.
El estudio también exploró posibles vías de exposición. Entre los pacientes con POH-VAU, el principal factor de riesgo fue la manipulación sin protección de animales acuáticos (54% de casos), seguida por el consumo de productos marinos crudos (17% de casos). Esto sugiere que el virus podría entrar al organismo a través de pequeñas heridas durante la manipulación de peces o mariscos, o por contacto directo con tejidos contaminados.
A pesar de estos hallazgos, es importante subrayar que no hay evidencia de transmisión entre personas ni de brotes generalizados. No se trata de una amenaza inmediata a gran escala, pero sí de un mecanismo plausible de infección que abre un nuevo escenario de riesgo.
El CMNV tampoco es un virus raro. Se ha detectado en 49 especies marinas distribuidas en Asia, África, Europa, América e incluso la Antártida. Esto sugiere que el contacto humano con este tipo de virus podría ser más frecuente de lo que se pensaba, especialmente en contextos donde la interacción con animales marinos es intensa.
Hasta ahora, los virus marinos se consideraban relevantes principalmente para la ecología o la industria alimentaria. Este estudio sugiere que también pueden afectar directamente la salud humana. No es un dato menor si se considera que el océano cubre más del 70% del planeta y alberga una enorme diversidad viral, en gran parte desconocida. A medida que aumenta la acuicultura, la pesca intensiva y el consumo global de productos marinos, también crece el contacto entre humanos y estos microorganismos.
¿Debemos preocuparnos? No estamos ante una epidemia ni frente a un riesgo inminente para la población general. Pero sí es una señal temprana de que los límites entre ecosistemas terrestres y marinos no son barreras infranqueables para los virus.
Fuente del estudio: Liu, S., et al. An emerging human eye disease is associated with aquatic virus zoonotic infection. Nat Microbiol (2026). DOI: 10.1038/s41564-026-02266-x
*David A. Montero es Doctor en Ciencias Biomédicas y profesor de la Universidad de Chile.
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