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¿Funciona la dieta mediterránea? Esto dice un científico que la ha estudiado por dos décadas

Miguel Ruiz-Canela, investigador de la Universidad de Navarra (España), viene estudiando desde 2003 los efectos de esta dieta. Sus resultados sobre los patrones de alimentación y su relación con enfermedades cardiovasculares invitan a, asegura, “ser positivos sobre sus efectos”, pero admite que aún quedan muchas cosas por investigar.

Fernán Fortich

03 de junio de 2026 - 09:00 a. m.
Ruiz-Canela ha estudiado por más de dos décadas los efectos de esta dieta.
Foto: Tec de Monterrey

Es probable que en los últimos años haya escuchado sobre la dieta mediterránea. Se trata, básicamente, de una forma de alimentación a base de plantas con pequeñas cantidades de carnes, en particular aquellas blancas —pollo y pescado—. Un artículo de la revista Nature, publicado hace un par de años, la describe como un sistema de alimentación “anterior a la globalización” y dice que está asociada a una mejor salud.

Pero, ¿se trata de una dieta milagro? Y, ¿puede una dieta ligada a la forma de alimentación histórica de una zona específica del mundo ayudar a tratar la obesidad y mejorar la calidad de vida de las personas en otras latitudes? Miguel Ruiz-Canela, subdirector del Instituto de Nutrición y Salud de la Universidad de Navarra, se ha dedicado durante las últimas dos décadas, junto con decenas de científicos españoles y de otros países, a entender cómo la alimentación, en particular bajo este modelo, junto con los hábitos cotidianos, influye en la reducción de riesgos cardiometabólicos.

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“Mi primera formación académica fue en farmacia, en la que se buscan medicamentos para curar enfermedades. Pero la vida me llevó al campo de la medicina preventiva, en el que es clave identificar las causas de las enfermedades. En este estudio empiezas a darte cuenta de que las enfermedades que más mortalidad producen están relacionadas con los estilos de vida”, sostiene Ruiz-Canela, en conversación con este diario luego de su conferencia en el Congreso Internacional de Investigación sobre Obesidad realizado en Monterrey (México) a finales de mayo de 2026.

Ruiz-Canela ha liderado dos estudios (Perimed y Perimed+) entre 2003 y 2016 con más de 15.000 participantes en los que se ha monitoreado el efecto en la salud de seguir esta dieta en un periodo extendido del tiempo.

En diálogo con El Espectador, el investigador cuenta lo que se sabe sobre esta dieta, los retos para que las personas mantengan hábitos saludables y lo que aún queda por estudiar sobre cómo la alimentación define, entre otros factores, la calidad de vida.

“Hay que recordar que la palabra dieta proviene de díaita, en griego, que significa ‘modo de vida”, sostiene. “Si lo tuviese que resumir, la dieta mediterránea consiste en una dieta basada en plantas; es decir, que lo que tiene que estar presente en todas las comidas son las verduras”.

¿Cómo explicaría de manera resumida la relación que tiene el estilo de vida con las morbidades que estamos viendo en el planeta?

Sabemos que las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en el planeta desde hace más de 30 años. Lo que podría destacar es que, cuando miramos los factores de riesgo de las 30 millones de muertes globales que dejan estas enfermedades en el planeta, vemos que son la presión arterial, el colesterol, el Índice de Masa Corporal (IMC). Y todos ellos, están asociados con el estilo de vida, y las elecciones de cada persona.

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Hace varios años, varias asociaciones médicas recomendaban principalmente una dieta baja en grasas para prevenir infartos y otras enfermedades. Sin embargo, nuevos estudios apuntan a que esto no es suficiente. ¿Qué balance tiene de lo que se sabe hasta ahora de los tipos de alimentación y por qué defiende usted la dieta mediterránea?

Hubo una época en la que se sabía que un nivel elevado de colesterol se asociaba con un mayor riesgo cardiovascular, pero esto, como encontramos después, es un razonamiento un poco simplista que se mantuvo durante muchos años.

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Hasta hace relativamente poco no se sabía nada sobre la dieta mediterránea en términos de evidencia científica. Pero a través de nuestros estudios, lo que hemos encontrado es que para cuidarnos no se trata solo de estar atentos a la ingesta de grasas, sino de ver cuál es la calidad de esas grasas. Un ejemplo son las grasas de origen vegetal, como el aceite de oliva extra, que tiene una enorme calidad.

¿Cuáles son los resultados principales que han arrojado sus investigaciones?

Lo que hemos encontrado es que la dieta mediterránea a nivel poblacional reduce en un 30 % el riesgo de sufrir eventos cardiovasculares graves, como infartos o accidentes cerebrovasculares. Ahora, vale aclarar que esto, a nivel individual, no se reproduce, pues hay cosas en cada persona que influyen además de la dieta.

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Lo que tratamos de decir es que una dieta rica en vegetales y frutos secos brinda una alta reducción en el riesgo de enfermedades metabólicas.

¿Puede la dieta mediterránea aplicarse en otros países en los que históricamente no se ha aplicado?

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Exportar sin más esta dieta puede verse algo extraño para la gente, lo que, a su vez, hace difícil que sea una estrategia a la que se pueda adherir. Pero, como verás, no se trata de eso. La característica de esta dieta es promover el consumo de productos locales y con lo que tengamos raíces culturales.

Eso se refiere, sin idealizar al pasado, a mirar lo que cocinaban nuestras abuelas. La recomendación es identificar, con ciertas bases, qué conjunto de alimentos forman parte de nuestra propia cultura. Y eso requiere buscar esos productos locales, como el maíz para Latinoamérica, o pescaderías locales, y de ahí salen menús que conforman esta dieta.

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Usted admite que la relación entre la dieta mediterránea y la pérdida de peso es baja. ¿Qué rol tiene, entonces, para enfrentar la obesidad y las enfermedades metabólicas?

Creo que una conclusión que se ha consolidado en los últimos años es que el peso en sí mismo no permite entender de manera específica la obesidad. Lo que es importante es la distribución de la grasa y cómo está funcionando en el organismo. Uno de los retos es que es algo más complicado de medir que pesarnos en una báscula.

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Lo que nosotros hemos visto es que, sin perder peso, también se reduce el riesgo de enfermedades metabólicas y cardiovasculares, y se obtienen mayores beneficios que con una dieta convencional o sin ella. El mensaje que queremos compartir es que con pequeños cambios se pueden conseguir grandes beneficios.

En sus estudios usted ha documentado cambios en los hábitos de alimentación en personas mayores de 60 años, es decir, en personas con una vida de costumbres. ¿Qué revela esto para lograr modificaciones exitosas en el estilo de vida?

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Muchas veces, desgraciadamente, una persona solo cambia cuando le ve las orejas al lobo, cuando empieza a tener problemas de salud y entiende que tiene que cambiar su estilo de vida hacia modos más saludables.

Estos elementos son señales de aviso, y es desafiante cuando hablamos de personas jóvenes sobre cánceres o enfermedades metabólicas que pueden parecer muy lejanos. En todo caso, cada vez estamos viendo estas enfermedades surgir más temprano en el ciclo de vida, y es clave que seamos conscientes de esa percepción del riesgo, que muchas veces vemos de manera errónea.

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Creo que también es clave asociar estos cambios con que las personas se sientan mejor y tengan una mejor calidad de vida. Por ejemplo, la idea de actividad física puede dar algo de pereza, pero cuando se termina y me siento mejor y sé que estoy reduciendo riesgos de salud, es algo que motiva. Creo que eso es más inmediato, hace que la gente se apunte a estos cambios.

Usted asegura que otra de las claves de esta dieta es que sea placentera, ¿por qué este énfasis?

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En la dieta mediterránea se acostumbra ponerle aceite a diferentes cosas, hasta a las verduras, y eso hace que sepa mejor, sin que deje de ser saludable. Durante las investigaciones que hemos realizado, también me di cuenta de que es clave involucrar a los expertos del placer en la comida, que son los cocineros. Es decir, pensarse cómo se pueden elaborar cosas saludables, pero que estén deliciosas. Y además, que sean fáciles de aplicar. Eso es fundamental para que la gente coma mejor.

Precisamente, uno de los retos de esta dieta implica cocinar, en un momento en que la gente asegura no tener tiempo y es más fácil simplemente comprar alimentos ultraprocesados…

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Sin duda, hay una tensión entre la falta de tiempo, la falta de ganas, de motivación para comer saludable y de simplemente y coger algo y llevarlo a la boca sin hacer nada. En estos la industria alimenticia tiene un rol importante, y con diferentes públicas, y con incentivos económicos, creo que adaptarse a estas nuevas demandas.

Y creo que uno de los elementos más interesantes la dieta mediterránea es que invita a reconstruir esa conexión directa con ese sector primario, con el agricultor y con la pescadería, esa parte económica de la sociedad tan importante y que a veces es la gran olvidada en todo este asunto.

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¿Cómo los hallazgos se pueden aplicar en un escenario de desarrollo de políticas públicas en los países? ¿Qué rol juegan los nutricionistas en esto?

Si realmente hay gobiernos preocupados por estas problemáticas, pues se necesitan planes concretos basados en evidencias como las que tenemos hasta ahora. Esto puede aplicarse, por ejemplo, a que se reduzca el IVA para ciertos alimentos o que se desarrollen programas específicos para determinadas poblaciones. También son claves las estrategias para educar a la población, y ahí el nutricionista tiene un papel fundamental.

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¿Qué queda aún por investigar en este campo?

En este momento estamos en un punto en que tenemos pistas claras sobre sus efectos a nivel poblacional, pero aún falta estudiar los factores que determinan los resultados individuales. En estos influyen factores externos, así como el estilo de vida, como la calidad del sueño, por mencionar uno, pero también factores internos de nuestros organismos. Esto último se llama exomo, que son esos factores biológicos.

Lo que viene es mirar a través de grandes bases de datos y con la inteligencia artificial cómo se puede afinar la alimentación a las necesidades de cada persona. Eso sería lo ideal.

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Por Fernán Fortich

Periodista con enfoque en temas ambientales, posthumanistas y sociales.@fernanfortichrffortich@elespectador.com
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