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“Gracias por escucharme”: así se hizo la encuesta que retrató la salud mental de Colombia

Durante más de un año, 103 equipos de campo recorrieron Colombia para tocar puertas, llegar a zonas apartadas y escuchar a más de 120.000 personas. Detrás de la nueva Encuesta Nacional de Salud Mental hay un gran despliegue metodológico que no solo permitió actualizar la radiografía del país, sino también incorporar las voces y experiencias de quienes viven el bienestar, el sufrimiento psicológico y los trastornos mentales.

Juan Diego Quiceno

05 de agosto de 2026 - 09:04 a. m.
Entre 2025 y 2026, el equipo realizó 97 grupos focales y 150 entrevistas en profundidad en 21 departamentos y Bogotá, que sumaron cerca de 350 horas de grabación.
Foto: El Espectador
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Todos los días aparecen noticias sobre la salud mental. Estudios realizados en distintos países advierten sobre el aumento de trastornos como la depresión y la ansiedad, mientras conceptos como el burnout, la ecoansiedad o el autocuidado emocional se han instalado en las conversaciones cotidianas. Sin embargo, en Colombia muchas de esas discusiones se desarrollaban con evidencia más o menos antigua, de hace poco más de diez años. Esa fotografía comienza a actualizarse con la nueva Encuesta Nacional de Salud Mental, un estudio liderado por el Ministerio de Salud y desarrollado por la Universidad de Antioquia.

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Levantar esa radiografía implicó más de un año de trabajo de campo, entre abril de 2025 y junio de 2026, además de un año previo de preparación metodológica. “Una encuesta de estas no se realiza en secuencia, sino en paralelo”, explica Difariney González Gómez, profesora de la Facultad Nacional de Salud Pública de la UdeA y coordinadora general del estudio. Mientras unos equipos capacitaban encuestadores y recorrían el país, otros verificaban la calidad de la información y preparaban los análisis.

“No son ejercicios nada fáciles, por eso es imposible hacerlos en corto tiempo”, resume González Gómez. El despliegue involucró unos 103 equipos de campo distribuidos en todo el país. Siguiendo una muestra definida, los investigadores visitaron la totalidad de los segmentos seleccionados, incluso en zonas afectadas por problemas de orden público o dificultades climáticas.

Gracias a ese trabajo, la encuesta alcanzó una cobertura incluso superior al 100 % de las viviendas previstas. En total, 120.676 personas aceptaron participar y 110.842 encuestas fueron consideradas completas y válidas para el análisis, una efectividad del 94,1 %.

Pero para González Gómez la cifra más importante no es esa. “120.676 personas aceptaron diligenciar la encuesta. Dijeron ‘sí’ y firmaron el consentimiento informado. Lo primero que se desprende de eso es que a la gente le interesan los temas de salud mental”.

Esa disposición también sorprendió a los encuestadores. “Muchos nos decían: ‘Profe, la gente nos daba las gracias’. Les decían: ‘Gracias por escucharme’”. Para la investigadora, esa respuesta demuestra que, además de producir datos, la encuesta abrió un espacio para que miles de personas hablaran de un tema sobre el que pocas veces alguien les había preguntado de manera sistemática. Esa buena acogida también se reflejó en tasas de respuesta superiores al 92 % en todas las regiones del país, salvo en la ciudad de Bogotá.

La principal diferencia frente a la encuesta de 2015 está en su alcance. Además de ampliar la cobertura y los temas analizados, incorporó un componente cualitativo sin precedentes en ejercicios de este tipo en el país. Entre 2025 y 2026, el equipo realizó 97 grupos focales y 150 entrevistas en profundidad en 21 departamentos y Bogotá, que sumaron cerca de 350 horas de grabación. Ese material se analizó junto con los resultados estadísticos para entender no solo cuántas personas experimentan determinados problemas de salud mental, sino cómo viven el bienestar, el sufrimiento psicológico, los trastornos, el cuidado de familiares, el consumo de sustancias o las barreras para acceder a la atención.

“Lo más bonito de esto es que se escuchó a las personas”, afirma González. “Tenemos las voces de las personas y, cuando se leen los resultados cuantitativos, se triangulan con la información que sale de los grupos focales y de las entrevistas. Cobran sentido los datos”.

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Una buena resiliencia

Si la primera parte del estudio consistió en construir una fotografía confiable de la salud mental de los colombianos, la segunda buscó responder una pregunta más compleja: ¿qué dicen realmente esos datos? Esa fue la tarea de Jenny García Valencia, médica psiquiatra, epidemióloga, profesora titular de la Universidad de Antioquia y coordinadora temática de la encuesta. Junto con un equipo de especialistas, dirigió el análisis de la información y organizó los hallazgos alrededor de cinco grandes ejes: salud mental, problemas mentales, trastornos mentales, consumo de sustancias psicoactivas y acceso a los servicios de salud.

Según García, la encuesta decidió ampliar la forma en que se entiende la salud mental. “La idea era mirar la salud mental no solo desde el punto de vista de los trastornos o enfermedades mentales, sino como un continuo que va desde la salud, pasando por los problemas en los que las personas tienen un malestar o un sufrimiento, hasta llegar a la enfermedad y, cuando ya existe una enfermedad, preguntarse qué ocurre y cómo es la atención que reciben”, explica. Ese cambio conceptual también modificó las preguntas.

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Además de medir diagnósticos y prevalencias, el estudio quiso comprender cómo viven las personas su bienestar emocional, qué entienden por salud mental, cómo experimentan el sufrimiento psicológico, qué significa convivir con una enfermedad mental o cuidar a alguien que la padece, cuáles son las representaciones sociales alrededor del consumo de sustancias y qué ocurre cuando alguien necesita buscar atención. Por eso, en cada uno de los cinco capítulos, las cifras fueron complementadas con grupos focales y entrevistas en profundidad que permitieron interpretar los resultados desde la experiencia de quienes los viven. Por esa misma razón, García evita resumir la encuesta en un único “diagnóstico” del país. “No podemos hablar de un solo mensaje. Son varios mensajes”, dice.

La salud mental, insiste, es un fenómeno demasiado heterogéneo como para reducirlo a una cifra o a un trastorno específico. Aunque el debate público suele centrarse en el aumento de enfermedades como la depresión o la ansiedad, la mayoría de los colombianos de siete años o más percibe que tiene una buena salud mental. También se considera feliz y satisfecha con su vida.

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Sin embargo, esa percepción no significa que las personas entiendan la salud mental como un estado permanente de bienestar. “Las personas no perciben la salud como estar en un completo estado de bienestar”, explica García.

En las entrevistas, muchos la describieron más bien como la capacidad de mantener la tranquilidad y enfrentar las dificultades de la vida cotidiana. “Las personas lo entienden como estar tranquilo, pero también estar en capacidad de enfrentar la adversidad que se les aparece”.

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Esa idea apareció una y otra vez en el componente cualitativo. Los participantes hablaron de violencia, discriminación, incertidumbre económica y otras situaciones adversas, pero aun así describieron la salud mental como la posibilidad de seguir adelante, adaptarse y mantener relaciones con otras personas. Para los investigadores, esa interpretación pone sobre la mesa un elemento que las cifras por sí solas no habrían permitido identificar: la resiliencia hace parte de la manera en que muchos colombianos entienden su propio bienestar.

La encuesta que se desarrolló también buscó ir más allá de las desagregaciones tradicionales por edad, sexo o lugar de residencia. García explica que uno de los objetivos fue profundizar en los determinantes sociales de la salud mental, es decir, en las condiciones sociales y las experiencias de vida que influyen sobre el bienestar psicológico.

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“Tratamos de revisar algunas otras variables que tienen que ver con lo que ya se ha descrito en la literatura como determinantes sociales de la salud mental”, señala.

Entre ellas aparecieron experiencias como haber sido víctima del conflicto armado, sufrir discriminación o las desigualdades asociadas al género. En varios indicadores, explica, las mujeres mostraron desventajas frente a los hombres, mientras que distintas formas de exclusión social también se asociaron con peores resultados en salud mental.

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Otro de los aspectos nuevos fue la incorporación de indicadores relacionados con el envejecimiento exitoso. Para ello, el estudio evaluó factores como la ausencia de deterioro cognitivo, la autonomía, la satisfacción con la vida y la presencia de enfermedades crónicas. Aproximadamente una tercera parte de las personas mayores cumplía con esos criterios, un hallazgo que, según García, ayuda a entender el envejecimiento más allá de la ausencia de enfermedad.

Los desafíos que deja la encuesta

Más allá de las cifras, la encuesta buscó entender por qué algunos grupos de la población enfrentan mayores riesgos para su salud mental. Para ello, los investigadores profundizaron en los llamados determinantes sociales, es decir, las condiciones sociales y las experiencias de vida que influyen sobre el bienestar.

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“Tratamos de revisar algunas otras variables que tienen que ver con lo que ya se ha descrito en la literatura como determinantes sociales de la salud mental”, explica Jenny García. El estudio encontró que factores como haber sido víctima del conflicto armado, las desigualdades de género o las experiencias de discriminación aparecían asociados con peores indicadores de salud mental. En varios de ellos, además, las mujeres presentaron mayores afectaciones.

Las entrevistas en profundidad permitieron identificar otro elemento que atraviesa esa experiencia: el estigma. Para muchas personas, vivir con un trastorno mental no solo significa afrontar los síntomas de la enfermedad, sino también el rechazo, los prejuicios y la incomprensión que todavía persisten alrededor de estos diagnósticos.

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“Las personas siempre sintieron que la experiencia de tener el trastorno mental estaba fuertemente empeorada por el estigma”, señala García. El hallazgo resulta especialmente relevante porque, aunque en los últimos años la conversación pública sobre la salud mental se ha ampliado y hablar de estos temas parece ser cada vez más frecuente, los testimonios recogidos por la encuesta muestran que esa mayor visibilidad no necesariamente ha eliminado las barreras sociales que enfrentan quienes viven con un trastorno mental. Para muchas de las personas entrevistadas, el sufrimiento no provenía solo de la enfermedad, sino también de la manera en que eran percibidas y tratadas por quienes las rodeaban.

García agrega, además, que ese estigma no proviene únicamente del entorno. En muchos casos termina siendo interiorizado por las propias personas, lo que afecta la forma en que se perciben a sí mismas, dificulta la búsqueda de ayuda y puede convertirse en un obstáculo adicional para la recuperación. “A veces, es posible que frente a esto, las personas sientan: ‘¿Por qué no fui capaz solo? ¿Por qué no logro superar esto solo?’”.

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Para la investigadora, estos hallazgos refuerzan una de las principales conclusiones de la encuesta: la salud mental no puede entenderse únicamente desde el sistema sanitario. También depende de las condiciones en las que viven las personas, de sus redes de apoyo y de las oportunidades que tienen para desarrollar sus proyectos de vida.

“Si una persona, por ejemplo, no tiene trabajo y eso lo mortifica y lo mantiene con ansiedad, la trato y la mando para la casa otra vez sin trabajo, pues la situación continúa”, ejemplifica. Por supuesto, dice, la atención psicológica o psiquiátrica sigue siendo fundamental, pero resulta insuficiente si no va acompañada de políticas que reduzcan las desigualdades, fortalezcan el apoyo comunitario y mejoren las condiciones de vida. Definitivamente, dice García, “el trabajo tiene que ser desde muchos sectores y no solamente desde la salud”.

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