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“La mitad de sus lectores tienen hígado graso y no lo saben”

Kenneth Cusi, endocrinólogo y un importante experto internacional en hígado graso y metabolismo, advierte que millones de personas podrían tener esta condición sin saberlo. En entrevista con El Espectador, explicó cómo la obesidad, la diabetes y el alcohol están acelerando esta enfermedad y por qué muchos casos siguen diagnosticándose demasiado tarde.

Juan Diego Quiceno

20 de mayo de 2026 - 10:05 a. m.
Para Cusi, el problema más preocupante es que el hígado graso sigue siendo una enfermedad muy subdiagnosticada, pese a que cada vez afecta a más personas en todo el mundo.
Foto: Getty Images
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Kenneth Cusi lleva más de dos décadas estudiando una enfermedad que había pasado casi inadvertida para muchas personas: el hígado graso asociado a obesidad y diabetes. Endocrinólogo, especialista en metabolismo y actual jefe de la División de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo de la Universidad de Florida (EE.UU.), su trabajo se ha concentrado en entender cómo la diabetes tipo 2, el exceso de peso y ciertos hábitos de vida están transformando silenciosamente la salud hepática de millones de personas.

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Es miembro del Colegio Americano de Médicos (ACP) y de la Asociación Americana de Endocrinólogos Clínicos (AACE). Ha participado en numerosos programas clínicos de diabetes y en la formación de muchos jóvenes investigadores y médicos y es el investigador principal en proyectos financiados por los NIH (Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos).

Cusi nació en Estados Unidos, creció en Argentina y desarrolló buena parte de su carrera en Texas antes de llegar a Florida en 2011 para liderar un programa enfocado en diabetes y tecnología aplicada a esta enfermedad. Fue justamente trabajando con pacientes diabéticos cuando, dice, comenzó a notar, junto a hepatólogos y gastroenterólogos, un patrón que se repetía cada vez más: personas con alteraciones hepáticas sin una causa aparente clara.

“Hace 20 años notamos que había mucha gente con diabetes que tenía anormalidades hepáticas y cuando les hacían estudios no sabían por qué”, recuerda, en una charla con El Espectador. Esa observación ayudó a consolidar la comprensión de lo que hoy se conoce como enfermedad por hígado graso asociada a disfunción metabólica, una condición estrechamente relacionada con obesidad, resistencia a la insulina y diabetes tipo 2.

Para Cusi, quien fue uno de los invitados internacionales de ENDIMET 2026, el congreso de la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo y uno de los encuentros de endocrinología más importantes del continente, el problema más preocupante es que el hígado graso sigue siendo una enfermedad muy subdiagnosticada, pese a que cada vez afecta a más personas en todo el mundo. Muchas desarrollan daño hepático silencioso incluso con exámenes aparentemente normales y sin síntomas evidentes, lo que hace que el diagnóstico llegue tarde, cuando ya existe fibrosis o cirrosis. “Yo estoy seguro de que la mitad de tus lectores tienen hígado graso y no lo saben”, dice.

En entrevista con El Espectador, Cusi habló sobre por qué esta enfermedad está creciendo sin un diagnóstico claro, el papel de la obesidad y el alcohol en el daño hepático y la necesidad de detectar el problema mucho antes de que aparezca la cirrosis.

¿Por qué podemos sufrir hígado graso?

Es cierto que hay un componente genético. Hay gente delgada que puede tener diabetes tipo 2, pero la mayoría, si aumenta de peso, probablemente va a tener problemas. En general, los factores de riesgo son obesidad, inactividad física, diabetes tipo 2, hipertensión, colesterol alto. Todo lo asociado con obesidad. La dieta inadecuada y la falta de actividad física son fundamentales. Por eso, tratar de bajar de peso no solo es bueno para la diabetes y para prevenir su progresión, sino que también ayuda a que se normalice el hígado.

¿Por qué la obesidad es un problema para el hígado?

La obesidad en todos los estratos y cada vez en personas más jóvenes está causando este problema. La grasa hepática empieza a acumularse cuando una persona tiene obesidad. Para normalizar el metabolismo de la glucosa, el cuerpo necesita secretar más insulina, pero la obesidad disminuye la respuesta del organismo a esa hormona. Eso es lo que llamamos resistencia a la insulina Si uno tiene obesidad, prediabetes o diabetes, hipertensión y triglicéridos elevados, las chances de tener hígado graso son muy altas y si usted es de esos, debería preguntarle a su médico.

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Y más que hígado graso, eso es lo que te hace pensar si uno tiene fibrosis. Para explicar que es la fibrosis, piénselo como una cicatrización del hígado. La grasa en el hígado en sí misma no es el problema. Es la banderita roja que dice: ‘Hay un problema’”.

Es como poner grasa en el baúl de un auto. Llega un momento en que ya no entra más y empieza a invadir el resto del carro. Ahí el núcleo de la célula manda un SOS. Entonces empieza una cadena inflamatoria, algunas células hepáticas mueren y empieza a aparecer una cicatrización. Esa cicatrización crónica es la fibrosis. El hígado graso es solo la punta del iceberg. Está diciendo: ‘Banderita, puede haber un problema’. El médico tiene que usar esa banderita roja para investigar si eso ya llevó a cicatrizaciones anormales crónicas.

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Es como si yo te cortara una vez por semana en el mismo lugar. Se forma un queloide. En el hígado pasa lo mismo. El hígado trata de reparar permanentemente el daño, pero termina teniendo una gran cicatriz, una pelota de fútbol de cicatriz, y muy pocas células funcionando. La cirrosis y falla hepática son ya la etapa final donde el daño es irreversible.

Foto: Cortesía

¿Los médicos están fallando en el diagnostico de hígado graso?

Yo soy tan viejo que me acuerdo cuando los médicos empezaron a medir proteína en orina en pacientes con diabetes, lo que llamamos microalbuminuria. Porque si ya había proteína en orina, los riñones ya tenían cierto daño. Pero cuando eso pasaba, ya había habido bastante daño crónico anterior. Ahora estamos en la misma etapa que hace 40 años. Estamos tratando de educar a los médicos para que empiecen a pensar en el hígado.

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Así como hoy ya es un reflejo para un médico de atención primaria chequear proteína en la orina o hacer un examen de ojos, queremos crear ese mismo reflejo para preguntarse: ‘¿Tendrá problemas en el hígado o no?’”. Uno puede tener daño en el hígado sin diabetes, pero tener diabetes duplica o triplica el riesgo de daño hepático.

Entonces, ¿qué es lo que uno puede hacer que no cueste dinero? Hay un pequeño índice, una fórmula. Uno va al teléfono, pone FIB-4 en un calculador, ingresa la edad, las enzimas hepáticas y las plaquetas, y sale un numerito”. Si ese número da 1.3 o más, hay que hacer otro test. Es un test sencillito, tiene algunos problemas, no es perfecto, pero es bastante rápido y fácil. Si todos los médicos hicieran eso, se diagnosticaría el 60 % de las personas con problemas hepáticos. Ya es un buen comienzo.

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Usted ha hablado del alcohol. ¿Qué cambió en la evidencia y como afecta al higado?

Acabo de escribir un editorial para una revista europea, The Lancet. Europa tiene un problema muy importante con el alcohol. Si uno mira las estadísticas, es el continente con mayor consumo de alcohol, aunque con diferencias regionales. Entonces están tratando de reeducar a los médicos al respecto. Durante mucho tiempo crecimos con la idea de que un vasito de vino o una bebida por día estaba bien, incluso porque aumentaba el HDL.

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Pero hoy los estudios y las guías son claros, pese a mucha presión de los productores de bebidas alcohólicas: si uno no toma nada, está mejor que si tomara. Ahora, si tomas un vasito dos o tres veces por semana con una buena comida, el riesgo aumenta, pero aumenta menos. Donde empieza la preocupación es cuando se pasa de leve a moderado.

Lo que la gente no dimensiona es que un consumo moderado en realidad es un nivel bastante bajo de consumo. Los límites están puestos en gramos y pocos saben qué significan esos gramos. En general, sabemos que cantidades entre 20 y 50 gramos son muy dañinas para el hígado. Para hacerlo fácil: un vaso de vino, una cerveza, un whisky, una vodka o alguna bebida más concentrada tienen aproximadamente 14 gramos de alcohol.

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El límite es no tomar más de 20 gramos por día. Eso equivale a una bebida y media. Aproximadamente una y media para mujeres y dos para hombres. También hay riesgo cuando una persona toma muchísimo en un solo día. Y hay algo muy importante: existe un efecto sinérgico, no solo aditivo, entre obesidad y alcohol. Aun con cantidades moderadas.

¿A qué se refiere con ese efecto sinérgico entre obesidad y alcohol?

Consumir usualmente más de 50 gramos en mujeres y más de 60 gramos en hombres ya es alcoholismo. Y eso no es tanto. Estamos hablando de más de tres bebidas por día en mujeres y más de cuatro en hombres, de manera constante. Lo que no sabíamos antes es que, entre nada de consumo y ese nivel intermedio, también había daño. Y lo que la sociedad no sabe, y muchos médicos tampoco, es que con obesidad el alcohol es muchísimo más dañino.

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Lo voy a explicar así: tener obesidad para el hígado es como ser un alcohólico moderado. Pero si encima uno agrega alcohol, es como tomar el doble.

Cuando ya hay hígado graso e inflamación, lo que llamamos esteatohepatitis, el alcohol acelera muchísimo más la fibrosis, esa cicatrización crónica del hígado que lleva a la cirrosis, que es cuando el hígado básicamente esta frito ya.

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No hay conciencia del riesgo del alcohol cuando hay obesidad. Ya hay muchos estudios que muestran que, una vez que uno empieza a tener fibrosis moderada, el alcohol acelera el daño sin ninguna duda. Si vos ya tienes fibrosis moderada y tomas alcohol, es como ponerle un acelerador a esa cicatrización. ¿Y por qué ocurre esa cicatrización? Porque la fibrosis es el punto final de una inflamación crónica. Cada vez que uno consume alcohol o una comida que todos sabemos que es mala porque es muy alta en grasas, se genera un pico inflamatorio en el hígado. Después baja. Pero cuando eso ocurre permanentemente, el hígado no tiene respiro.

El hígado es un órgano noble, tiene una enorme capacidad regenerativa, a diferencia del cerebro. Pero con inflamación crónica las células empiezan a morir y son reemplazadas por tejido cicatricial. Es como si uno reemplazara los apartamentos de un edificio con cemento. Con el tiempo quedan menos unidades y más espacio ocupado por cicatriz. Eso es lo que hace la fibrosis.

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¿Qué tanto pueden ayudar los tratamientos?

Hay medicamentos que pueden ayudar un poco al hígado. Salvo que uno tenga enfermedad cardiovascular, porque hay cierto debate sobre si aumentan el riesgo cardiovascular o no, aunque aparentemente no. O cáncer de próstata. Pero la vitamina E, por ejemplo, es un recurso barato y puede ayudar al hígado. Si uno descubre que tiene un problema, por lo menos puede enfatizar la parte nutricional. Eso es muy importante. Evitar el alcohol es muy importante en personas con obesidad y mucho más si uno ya tiene un problema hepático. Lo más importante es: vaya a su médico y pregúntele si puede tener hígado graso.

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