La Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó este martes un nuevo informe global sobre la hepatitis en la que, si bien reporta avances, deja claro que estamos lejos de los objetivos.
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“Los países están demostrando que la erradicación de la hepatitis no es una utopía, sino una realidad posible con un compromiso político sostenido y una financiación nacional fiable”, resumió Tedros Adhanom Ghebreyesus, director de la OMS. “Al mismo tiempo, este informe muestra que el progreso es demasiado lento y desigual. Muchas personas siguen sin ser diagnosticadas ni tratadas debido al estigma, la debilidad de los sistemas de salud y el acceso desigual a la atención médica. Si bien contamos con las herramientas para eliminar la hepatitis como amenaza para la salud pública, es necesario ampliar urgentemente la prevención, el diagnóstico y el tratamiento para que el mundo pueda alcanzar los objetivos de 2030”.
La hepatitis viral sigue siendo uno de los problemas de salud pública más importantes en el mundo, aunque muchas veces pase desapercibido. Dos virus, el de la hepatitis B (HBV) y el de la hepatitis C (HCV), son responsables de la gran mayoría de los casos graves. Ambos pueden volverse infecciones crónicas que, con el tiempo, derivan en cirrosis o cáncer de hígado, y cada año causan más de un millón de muertes prematuras. Lo más importante es que no se trata de enfermedades inevitables. En ambos casos existen formas de prevención y tratamiento.
Aun así, el acceso sigue siendo limitado. Hoy, según la OMS, cerca de 287 millones de personas viven con hepatitis B o C en el mundo, lo que equivale a poco más del 3 % de la población global. Y aunque ha habido avances, por ejemplo, una reducción en los casos de hepatitis C gracias a tratamientos más efectivos, el panorama general sigue siendo preocupante.
Los retos hacia adelante
Una de las grandes dificultades es cómo se transmiten estos virus. La hepatitis B, por ejemplo, suele adquirirse en la infancia, muchas veces de madre a hijo al momento del nacimiento o por contacto cercano en los primeros años de vida. También puede transmitirse por contacto con sangre infectada o relaciones sexuales. La hepatitis C, en cambio, está más asociada a prácticas médicas inseguras, transfusiones no controladas o el uso compartido de agujas.
El problema no es solo la cantidad de personas infectadas, sino que muchas no lo saben. En el caso de la hepatitis B, solo una parte de quienes la tienen ha sido diagnosticada, y menos del 5 % recibe tratamiento. Con la hepatitis C, aunque hay medicamentos que pueden curarla en pocas semanas, millones de personas siguen sin acceso a ellos. Como consecuencia de eso, en 2024 se estima que 1,1 millones de personas fallecieron a causa de la hepatitis B y 240 000 a causa de la hepatitis C. La cirrosis hepática y el carcinoma hepatocelular fueron las principales causas de muerte relacionadas con la hepatitis. Una gran proporción de las muertes relacionadas con la hepatitis B se produjeron en las regiones de África y el Pacífico Occidental.
Diez países (Bangladesh, China, Etiopía, Ghana, India, Indonesia, Nigeria, Filipinas, Sudáfrica y Vietnam) concentraron el 69 % de las muertes relacionadas con la hepatitis B en todo el mundo en 2024. Según la OMS, las muertes relacionadas con la hepatitis C están más dispersas geográficamente. En 2024, diez países representaron el 58 % del total mundial: China, India, Indonesia, Japón, Nigeria, Pakistán, la Federación Rusa, Sudáfrica, Estados Unidos y Vietnam.
Hay un camino para enfrentar la enfermedad
A pesar de la magnitud del problema, la hepatitis viral no es una enfermedad imposible de controlar. De hecho, hay evidencia clara de que se puede avanzar, e incluso eliminarla como problema de salud pública, cuando hay decisión política, inversión sostenida y sistemas de salud organizados. Países como Egipto, Georgia, Ruanda o el Reino Unido han logrado avances importantes porque han hecho algo clave: llevar el diagnóstico y el tratamiento a gran escala.
Según la OMS, esto es posible porque, a diferencia de otras enfermedades, la hepatitis ya cuenta con herramientas muy eficaces. La vacuna contra la hepatitis B, por ejemplo, ofrece una protección muy alta y es una de las estrategias más importantes para prevenir nuevos casos, especialmente cuando se aplica desde el nacimiento. En quienes ya tienen hepatitis B crónica, existen tratamientos antivirales que no eliminan completamente el virus, pero sí logran controlarlo y evitar que el daño al hígado progrese. En el caso de la hepatitis C, el panorama es aún más claro: hoy existen medicamentos que pueden curar la infección en pocas semanas.
Estos tratamientos, que suelen durar entre dos y tres meses, tienen tasas de éxito muy altas. El problema es que todavía no llegan a todas las personas que los necesitan, especialmente en países con menos recursos o con sistemas de salud fragmentados. “Los datos demuestran que es posible avanzar, pero también revelan nuestras deficiencias. Cada diagnóstico erróneo y cada infección no tratada por hepatitis viral crónica representan una muerte evitable”, dijo Tereza Kasaeva, directora del departamento de VIH, Tuberculosis, Hepatitis e Infecciones de Transmisión Sexual de la OMS. “Los países deben acelerar la integración de los servicios de hepatitis para las personas con hepatitis B y C en la atención primaria y llegar a las comunidades más afectadas”, agregó la experta.
El informe señala que finalmente que hay acciones muy concretas que pueden acelerar el control de la enfermedad. Entre ellas, ampliar el tratamiento para hepatitis B en regiones donde es más frecuente, mejorar el acceso a los medicamentos para hepatitis C y reforzar la vacunación, especialmente en recién nacidos, para cortar la transmisión desde la madre. También es clave garantizar prácticas médicas seguras, como el uso adecuado de agujas, y fortalecer programas de reducción de daños para personas que se inyectan drogas.
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