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Así, tanto hombres como mujeres llevamos en nuestro espíritu y en nuestra biología la información de ese pasado ancestral. Sin embargo, sólo nosotras tenemos el poder de transmitirlo desde la matriz a nuestros hijos e hijas.
La maternidad nos ofrece la posibilidad de contarle a la piel de nuestros descendientes los valores de sus ancestros, de manera tal que las mujeres que vivan en el respeto y la confianza pueden abrir un camino de cambio y esperanza para la humanidad.
Es urgente superar la costumbre de mirar las relaciones humanas como un escenario donde se decide permanentemente quién manda a quién, es imperativo abandonar esa costumbre autodestructiva para aprender a sentirnos valiosos coexistiendo digna y pacíficamente.
Entonces, al reconocer que la armonía se construye con armonía, el mandato de honrar a padre y madre es mucho más que un deber de los hijos, es asumir que al elegir ser padre el compromiso es también cuidar de que la madre pueda traspasar los valores que dan sentido a la vida y dignifican al ser humano, que le permiten al hijo o la hija sentirse aceptado y libre.
La maternidad respetada es tener la esperanza de que podamos mirar a los ojos a nuestras hijas que aún no han nacido y decirles: tú eres única en el mundo, el amor no es una utopía, llegaste a un lugar seguro para ti donde los hombres ya no son tus depredadores, al contrario son tus compañeros de vida, la sociedad humana es responsable y protegerá tus derechos al sustento, al trabajo y al amor.
Es conectarse con el alma de nuestros hijos, cuando aún están en nuestro vientre, y declarar: el amor existe, habitas en un mundo donde nadie va a obligarte a tomar un fusil para matar a tus enemigos, no vas a ser carne de cañón en ninguna guerra, las mujeres son tus compañeras de vida, las leyes y la sociedad humana amable protegerán tus derechos al sustento, al trabajo y al amor.
En el vientre de la madre podemos repetir o cambiar nuestra historia, abandonemos la tradición patriarcal. Hagamos de nuestra vida un relato que al inscribirse en la piel de nuestros hijos les diga que la tarea de construir un mundo mejor los necesita y que desde ya estamos orgullosos de ellos.
Recordemos, la semillas del camino interior se siembran en el vientre de la madre.