Carta a la lectora:
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He escrito este libro pensando en mis dos hijas, que ahora tienen veintipocos años, con la esperanza de otorgarles conocimientos, nuevas perspectivas y mucha confianza en sí mismas. Quiero que entiendan sin lugar a dudas que sus experiencias se tienen en cuenta y son válidas. Y que, al aprender cómo abordar su salud con intención y resiliencia, pueden asegurar las bases de su bienestar y vitalidad en un futuro lejano.
Es lo mismo que quiero para ti.
Porque la verdad es que te mereces mucho más de lo que les ofrecieron a nuestras madres, abuelas y bisabuelas. Te mereces más que respuestas vagas y pasividad ante tus síntomas. Necesitas herramientas para prosperar al máximo en cada etapa de la vida, sobre todo en la perimenopausia y lo que viene después. Necesitas una guía hacia un futuro en el que estés totalmente informada, te sientas apoyada y tengas la seguridad de tomar las riendas de tu salud bajo tus términos. Lo tienes todo aquí, en La nueva perimenopausia.
Este libro es en muchos aspectos una representación de lo mejor que puedo ofrecer. Es una coproducción de mi cerebro de médica, que investiga sin cesar la ciencia capaz de cambiar vidas, y de mi corazón, un órgano que no puede evitar prometer solo lo mejor para mis hijas. También es en muchos sentidos una carta de amor para mi yo más joven. Esta es la guía, repleta de información, que me habría gustado tener antes de llegar a mi propia perimenopausia. La confusión, la frustración y la incertidumbre a menudo ligadas a esta fase de la vida habrían sido mucho más fáciles de gestionar con los conocimientos y el apoyo adecuados. Unos conocimientos que, a pesar de ser ginecóloga, no recibí nunca. Espero que, al compartir esto contigo, no tengas que enfrentarte a las mismas dificultades.
Una de las lecciones más valiosas que he aprendido durante los años en los que me he dedicado como médica especialista al cuidado de las mujeres de mediana edad es que la experiencia de cada mujer con la perimenopausia y la menopausia es única. Cada viaje es válido. Lo que podría ser gestionable para una persona, para otra es abrumador. Cada cuerpo responde de manera distinta y deberíamos honrar, sin juzgar, el camino que transita cada una.
Durante demasiado tiempo, no se ha dado la importancia que merecía a la salud de la mujer. La ciencia nos ha tratado, de hecho, como versiones más pequeñas y más emocionales de los hombres. Este enfoque ha dejado un hueco tremendo tanto en el conocimiento que se tiene sobre nosotras como en la atención que se nos presta, lo que ha dado lugar a que apenas se financien o incluso a que se ignoren problemas de salud femenina como la perimenopausia y la menopausia.
Pero este libro no solo trata de señalar lo que se ha pasado por alto, sino que intenta rellenar esos huecos con las investigaciones, los conocimientos y las herramientas que necesitas para adentrarte en la mediana edad y lo que viene después. Mi objetivo es ayudarte a sentar las bases para envejecer con la mayor salud y energía posible.
Tengo cincuenta y siete años y me siento en el mejor momento de mi vida. Estoy más sana y soy más feliz que nunca, sé poner límites más claros y disfruto de relaciones más satisfactorias. Eso es lo que quiero para todas las que leéis este libro: que entréis en cada fase de la vida con seguridad, claridad y vitalidad. Juntas podemos reescribir la narrativa sobre la salud de la mujer. Podemos exigir una investigación de mayor calidad, una atención más integral y un enfoque informado y compasivo que apoye a las mujeres de cualquier edad. Ha llegado la hora de un cambio que empieza pidiendo lo que merecemos: una atención personalizada y especializada que respete nuestras experiencias particulares. Creemos un futuro donde todas las mujeres se sientan apoyadas, valoradas y plenamente preparadas para avanzar, sin importar en qué etapa del viaje se encuentre cada una.
Lo que viene a continuación, La nueva perimenopausia, se divide en cuatro partes. La primera establece un contexto histórico y clínico para el estado actual de la atención perimenopáusica. La segunda expone las vulnerabilidades introducidas por los cambios hormonales que son el sello distintivo de esta etapa de transición. En la tercera parte detallo los cambios fisiológicos y reproductivos que puedes experimentar en las áreas relacionadas con el sexo, el embarazo y la menstruación. Y en la parte final del libro encontrarás todo lo que quieres saber sobre la terapia hormonal en la perimenopausia, los hábitos más importantes para apoyar tu salud, ahora y en el futuro, y cómo sacar el máximo partido a tus citas con los profesionales de la salud.
Introducción
Empecemos:
«Me noto cansada e inquieta todo el tiempo».
«Estoy irritable y menos resiliente».
«Me siento muy desconectada de la persona que era antes».
«No sé qué me está ocurriendo».
«No sé qué hacer».
«¿Qué me pasa?».
Como obstetra y ginecóloga en activo, esas son frases que he escuchado a muchas de mis pacientes de edades comprendidas entre los treinta y cinco y los cincuenta años. Durante mucho tiempo, respondí basándome en mi formación médica, que por aquel entonces me había enseñado tan solo que este conjunto de molestias formaban parte de la experiencia femenina, era un aspecto del envejecimiento que no tenía explicación ni cura y estábamos destinadas a sufrirlas. Me temo que hice poco más que ofrecer mis condolencias: «Lo siento, es parte de la experiencia de ser mujer» o «Lo siento, estás en una edad y en una etapa de mucho estrés».
Semejantes palabras no aportaban consuelo ni soluciones, y ahora me doy cuenta de que tan solo reforzaban la sensación de impotencia de mis pacientes. Veía la decepción en sus caras, pero no tenía herramientas para ofrecerles nada más. Con mis supervisores exigiéndome que viera a otras treinta pacientes al día, a la vez que llevaba a las parturientas en el hospital, atendía a las llamadas nocturnas y hacía frente a las exigencias de mi papel como esposa y madre, no tenía tiempo para llegar a más.
La medicina ha formado durante mucho tiempo a los médicos para que interpreten muchos de los síntomas de las mujeres a través del marco de la somatización, un concepto que atribuye los síntomas físicos al malestar psicológico o emocional. En definitiva, se ha condicionado a los médicos para que diagnostiquen las mujeres con un sesgo implícito que susurra: «Todo está en su cabeza». No es broma.
La mayoría de las pacientes que llegaron a mi clínica describiendo estos síntomas estaban, en muchos aspectos, en el mejor momento de su vida. Experimentaban el estrés habitual que llevaban años gestionando, pero al mismo tiempo las embargaba una perturbación existencial que no sabían identificar. Para algunas, se trataba de una alteración sutil pero perceptible; para otras, era una oleada de cambios y malestar. Las unía el hecho de que tenían que arreglárselas por sí mismas y encontrar formas de superar este estado difuso pero muy real, aunque clínicamente no reconocido o no diagnosticado.
Por suerte, investigaciones recientes empiezan a afirmar que estos cambios emocionales, la sensación de desconexión y los problemas de resiliencia no son imaginarios ni únicamente circunstanciales, sino que son reales y tienen una base fisiológica arraigada en los cambios hormonales. Algunos de los hallazgos más recientes han confirmado que determinados conjuntos de síntomas, que pueden incluir fatiga, una mayor irritabilidad, dificultad para concentrarse y tomar decisiones, la sensación de no poder calmarse por dentro, más ganas de llorar y un aumento de las preocupaciones, son probablemente algunos de los primeros indicadores clave de que tus hormonas están entrando en la perimenopausia.
La primera vez que lo vi publicado en la revista Menopause en mayo de 2024, ya solo el título de la investigación me sacudió como un rayo: «“No sentirse como una misma” en la perimenopausia». Ahí estaba, justo delante de mis ojos. La experiencia vivida por las pacientes recibía el sello académico. Parecía un punto de inflexión en la historia de la salud femenina. ¿Acaso por fin estábamos dejando de atribuir una causa psicológica a algo de naturaleza biológica?
Antes de continuar, es importante que vuelva la vista atrás para darte un poco de contexto sobre ese momento. Habían sucedido muchas cosas antes de que yo leyera ese estudio. Había pasado por mi propia menopausia, que puso mi mundo patas arriba y me situó en el lugar de las pacientes que durante tanto tiempo me habían estado contando sus síntomas.
Entendí por fin a qué se referían de una manera completamente nueva.
También comencé a publicar mi experiencia en redes sociales y la respuesta por parte de mis seguidoras fue abrumadora. Sus mensajes y su desesperada necesidad de ayuda me impulsaron a ampliar mis propios conocimientos médicos más allá del programa estándar de obstetricia y ginecología y de la formación médica continuada. Asistí a seminarios sobre el estado de la atención médica a la menopausia y me esforcé por convertirme en una mejor profesional. Me impresionó lo que aprendí, en especial la revelación de que mis propias prácticas terapéuticas se basaban en una de las interpretaciones erróneas de datos científicos más grandes de la historia. Esta mala interpretación surgió a partir del estudio Women’s Health Initiative sobre los riesgos y beneficios de la terapia hormonal de 2002, que, como un tsunami, arrasó con cualquier avance que se hubiera logrado hasta ese instante en el tratamiento de las mujeres en su etapa posreproductiva. Me sentí engañada por mi formación médica y por quienes marcaban las pautas científicas.
Estaba enfadada: estábamos ante un fracaso moral que había dejado a legiones de pacientes abandonadas por el camino; estaban luchando para mantenerse a flote y no se les ofrecía nada más que un «lo siento» para ayudarlas a no hundirse. Me dolió ser consciente de ello, pero también me dio un nuevo propósito: formarme a mí misma y también a los millones de mujeres que, como mis pacientes y muchas de mis seguidoras en redes sociales, se había dejado sin información y se les habían negado opciones de tratamiento, o incluso la posibilidad de hablar sobre las opciones de tratamiento para sus síntomas. El mantra «todo está en tu cabeza» debía desaparecer de una vez por todas. La verdad sobre la implicación del sistema multiorgánico en la transición de la menopausia y el uso de la terapia hormonal debía revelarse de nuevo (otros la habían divulgado antes), pero esta vez desde una plataforma más amplia.
Dediqué toda mi energía, mis emociones y mis recursos intelectuales a investigar para escribir un libro llamado La nueva menopausia. Nada podría haberme preparado para la acogida que tuvo, para la avalancha de gratitud y los miles de mujeres que conocí en persona y que esperaban para tomarse una foto conmigo, abrazarme o simplemente decirme: «Gracias. Me siento comprendida. Me siento validada. Ahora tengo las herramientas que necesito».
En medio de todo aquel entusiasmo, conseguí mantenerme centrada en una misión más amplia, que se volvió más clara a medida que seguía hablando con mujeres de todo el mundo y se ampliaban mis contactos con médicos influyentes y pioneros. Mi objetivo es revolucionar la atención y la formación sobre la menopausia. Quiero ofrecer a las mujeres datos basados en la evidencia y asegurarme de que se sientan informadas, validadas y apoyadas mientras atraviesan esta etapa de transformación en la vida.
En muchos aspectos, estaba claro que el trabajo apenas había comenzado. Mi investigación reveló que la perimenopausia, a la que también me refiero como la fase de caos, requería mucha más atención. Aunque era una etapa que había abordado, en parte, en La nueva menopausia, allí no estaba en primer plano, y era necesario que lo estuviera. Especialmente porque apenas se publicaban investigaciones científicas sobre el tema (hablaré más sobre el escasísimo número de estudios sobre la perimenopausia en el capítulo 1). Lo que descubrí dejaba claro que, para las mujeres premenopáusicas y perimenopáusicas, no había tiempo que perder. Muchas mujeres de la generación X estamos tratando de ponernos al día al mismo tiempo que intentamos ignorar la presión cultural en torno a las dietas para adelgazar; un gran porcentaje de nosotras tenemos más de cincuenta años y, por primera vez en nuestra vida, estamos aprendiendo a priorizar el desarrollo del músculo y la fuerza, las verdaderas claves para la salud y la longevidad, de vital importancia para evitar la fragilidad en la vejez. Nos perdimos nuestros años de máximo desarrollo muscular y fortalecimiento óseo porque estábamos demasiado ocupadas contando calorías, pero tú estás en una situación diferente y tienes la oportunidad única de anticiparte y ganar el juego del envejecimiento.
Es esta oportunidad, tu oportunidad, lo que más me entusiasma de la idea de encontrarme contigo aquí, en La nueva perimenopausia. Sin duda, debería estar preguntándote: «¿Cómo te sientes tú?». Quizá también te sientas entusiasmada por la idea de empaparte del apoyo, de los conocimientos científicos y de las estrategias que encontrarás en las siguientes páginas. O, al igual que muchas de mis pacientes y de los miles de mujeres encuestadas para investigar y entender mejor la cuestión, puede que digas: «No me siento yo misma». A lo que por fin puedo contestar con las palabras a las que ojalá hubiera tenido acceso hace varios años: «Por lo que me cuentas, diría que es muy probable que hayas entrado en la perimenopausia, y hay mucho que podemos hacer juntas a favor de tu salud y bienestar durante esta transición».
Primera parte: Estás aquí
1
La vivencia habitual de la perimenopausia
Amy había vivido toda su vida con un propósito y una determinación claros. A los cuarenta y tres años, compaginaba con éxito los roles de esposa, madre y profesional de carrera. Criaba a sus hijos con dedicación y gestionaba los desafíos cotidianos de la vida con una sensación de logro. Gozaba de una razonable buena salud, sin problemas importantes que destacar. Como muchas otras mujeres, seguía las pautas que marcaba la sociedad para mantenerse sana: años de dieta y ejercicio regular, sobre todo en forma de paseos. No era fácil, pero se las arreglaba. El cardio adicional de su clase de spinning la mantenía feliz y, aunque a veces deseaba un camino más fácil, estaba orgullosa de su capacidad de ser disciplinada.
Pero entonces, de repente, algo cambió. Comenzó a sentirse rara, como si ya no fuera ella misma. Al principio, fue sutil. El peso comenzó a acumularse en la barriga, una zona que para ella nunca había sido un problema. Era frustrante. Todo lo que había hecho hasta entonces para conservar la línea ahora parecía inútil. Redobló sus esfuerzos, redujo las calorías y empezó a hacer más deporte, pero no sirvió de nada. Con el aumento de peso, llegó la irritabilidad; empezó a contestar mal a sus seres queridos por nimiedades. En el trabajo se sentía frustrada constantemente. Lo atribuyó al estrés, pero, en el fondo, sabía que algo no iba bien.
Su primera visita al médico para tratar de llegar al fondo del asunto no le dio una respuesta satisfactoria. «Es algo por lo que pasan todas las mujeres —le dijo—. Haga más ejercicio y coma menos. Podemos recetarle un antidepresivo para su estado de ánimo». Salió sintiéndose ignorada, invisible. Su irritabilidad empeoró y empezaron los problemas para dormir. Se despertaba a las tres de la madrugada y se quedaba mirando el techo, incapaz de volver a conciliar el sueño. La fatiga se convirtió en su constante compañera y el aumento de peso continuó.
Volvió a la consulta del médico y le recetaron somníferos. La doctora anotó un aumento de peso de dos kilos y le recomendó una dieta de 1.200 calorías y más ejercicio. A Amy le entraron ganas de gritar, porque ya comía apenas 1.000 calorías al día y asistía a clases de entrenamiento por intervalos de alta intensidad tres veces por semana. Comenzó a caérsele el pelo y su libido desapareció. En su siguiente revisión ginecológica, mencionó tímidamente la pérdida de deseo sexual. «Tú relájate y tómate un vino —le aconsejó la ginecóloga, mirándola por encima de las gafas, y añadió—: Lo que no se practica, se olvida».
Su frustración se convirtió en desesperación cuando una enfermera la llamó para informarle de que sus niveles de colesterol habían aumentado y ahora era prediabética. Le recetó metformina y una estatina, y le dio el consejo habitual: «Coma alimentos bajos en grasas y continúe esforzándose en perder algo de peso». La niebla mental y un constante agotamiento la disuadieron de solicitar el ascenso por el que había trabajado durante años. Su marido cada vez estaba más frustrado por su falta de interés en las relaciones íntimas, lo que solo agravó la sensación de incompetencia de Amy y su aislamiento.
Poco después, sus periodos se volvieron abundantes e impredecibles, y se despertaba a menudo en mitad de la noche para lidiar con un sangrado excesivo. Su ginecóloga le mandó hacerse dos pruebas: una ecografía y una biopsia, muy dolorosa, en la consulta, pero ninguna de las dos mostró anomalías. Aun así, la solución recomendada fue una histerectomía, aunque le aconsejaron que, debido a su edad, solo se extirpara el útero. Le explicaron que sus ovarios sanos seguirían produciendo hormonas importantes. Anémica y desesperada por encontrar alivio, aceptó operarse.
Después de la operación, el sangrado excesivo cesó, pero surgieron nuevos problemas. Al cabo de unos meses, empezó a experimentar sofocos intensos y sudoración nocturna, además de una sensación de agotamiento cada vez mayor. Se le ocurrió que podría ser la menopausia, pero cuando se lo mencionó a su doctora esta desestimó la idea; al fin y al cabo, seguía teniendo ovarios. «Eres demasiado joven para eso», le dijo, y otra vez le aconsejó que perdiera peso.
La desesperación llevó a Amy a las redes sociales, plagadas de anuncios de «curas para los sofocos» y «potenciadores de la libido». Compró suplementos de hierbas que le prometían alivio, pero ninguno se lo proporcionó. Las relaciones sexuales, cuando lograba mentalizarse para mantenerlas, se le hacían insoportables. Notaba un fuerte dolor, como si le cortaran con cuchillas, y terminaba llorando. Se armó de valor para visitar a otro médico y mencionó el dolor, solo para que le dijeran que podría ser herpes. Mortificada, esperó los resultados de las pruebas, que fueron negativos.
En una de sus noches de insomnio, mientras miraba internet en el móvil a altas horas de la madrugada, vio un anuncio de una empresa de telemedicina especializada en la atención a la menopausia. Escéptica, pero a la vez esperanzada, se puso en contacto con ellos y por primera vez un médico la escuchó de verdad. Después de una evaluación exhaustiva, le diagnosticaron menopausia y síndrome genitourinario de la menopausia (SGM). Hablaron sobre terapia hormonal, sistémica y local, y juntos analizaron los riesgos y los beneficios. Amy por fin se sentía vista, escuchada y validada. Empezó el tratamiento y poco a poco su vida comenzó a cambiar.
La triste verdad es que no es exagerado definir esta historia como habitual; de hecho, apostaría que si no te identificas directamente con algunas partes, solo tienes que preguntar un poco a tu alrededor para encontrar a alguien que sí lo haga.
Estoy aquí para transmitir un mensaje importante: esta no tiene por qué ser tu historia. Juntas podemos reescribir la vivencia habitual de las mujeres en la perimenopausia y crear un movimiento que modifique la trayectoria de la salud femenina. Tu tarea en la lucha por el cambio es sencilla: debes negarte a aceptar el tipo de tratamiento consistente en que un médico u otro profesional de la salud te ofrezca sus condolencias condescendientes. Nuestro movimiento, creado para ti y contigo, se define por todo lo contrario, por la escucha activa y las prácticas proactivas que mejoran la calidad de vida y protegen contra los efectos de la inevitable pérdida hormonal.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.